
Seguro que sí, porque no puedes haberlo olvidado, Susana. Llegamos a la casa rural un viernes por la noche cuando la lluvia enfriada por el viento nos calaba hasta los huesos. Nuestros zapatos pronto quedaron cubiertos por una pesada capa de barro pero los dos, siempre sin soltarnos de la mano, abrimos la puerta de madera y prácticamente nos arrojamos a su interior. Riéndonos y temblando, todo a una, buscamos el interruptor de la luz, pero me detuviste a tiempo para besarme amparada en la oscuridad.
Diez minutos después estábamos frente a frente, mirándonos embobados mientras, a nuestro costado, el fuego de la chimenea hacía crepitar los leños. Hubiera querido decirte alguna cosa, pero la emoción me vencía y no lograba moverme. Simplemente dejé que pasara el tiempo, porque aquel momento quería congelarlo en una bola de cristal y guardarlo para siempre. No necesitaba más, porque todo lo tenía. Y todo lo eras tú. ¿Verdad que lo recuerdas?
Diez minutos después estábamos frente a frente, mirándonos embobados mientras, a nuestro costado, el fuego de la chimenea hacía crepitar los leños. Hubiera querido decirte alguna cosa, pero la emoción me vencía y no lograba moverme. Simplemente dejé que pasara el tiempo, porque aquel momento quería congelarlo en una bola de cristal y guardarlo para siempre. No necesitaba más, porque todo lo tenía. Y todo lo eras tú. ¿Verdad que lo recuerdas?
Y si me dices que no, no te apures, Susana. Dame tiempo y haré realidad este recuerdo.





