13 abril 2005

EL VIAJE

El viento helado de la cordillera congelaba las manos, pies y rostro del hombre, pero nada se podía comparaba a lo que sentía por dentro desde hacía décadas. Juan, así se llamaba, prosiguió su camino, paso tras paso, y cada vez que su bota aplastaba la nieve recién aparecida tras la última tormenta, rememoraba el largo camino que le trajo, inexorablemente, hasta allí.
Todo empezó cuando era niño, con su padre. Él fue un magnífico escalador, pero un mejor padre. Le crió casi sin ayuda de nadie, educándole y enseñándole a ser un hombre.
Ahora, el hombre era él, y el escalador en que se había convertido en un objetivo que le calentaba y empujaba sus pies chafando la nieve incapaz de parar.
Su padre, al que recordaba cada día, le enseñó a no ceder, a no rendirse. A continuar. Supo estar ahí, porque, a veces, simplemente eso era justo lo que un niño de diez años necesitaba cuando no se tenía madre, ni hermanos, ni un hueco en el mundo al que llamar hogar.
Ahora, las viejas ruinas de lo que fue antaño un orgulloso monasterio quedaban a la vista. Su padre hubiera querido descubrirlas por sí mismo, pero no lo logró. Perdió primero la vista; luego, la alegría de vivir. Finalmente, la vida misma.
Juan, dejando atrás tanto la pérdida irreparable de una existencia obsesionada con el recuerdo de un buen hombre, pero fallecido, estaba a punto de cumplir su última promesa. Dejando atrás las suaves colinas blancas, las empinadas montañas y los riscos de borde afilado y traicionero, seguía la voz ausente de su padre: “no rendirse”.
Cuando por fin tocase las piedras que un día formaron muros y columnas, se daría la vuelta, miraría atrás por última vez y gritaría. Esta vez sí, arrojaría al abismo tantas ideas, tantas imágenes que le acosaban desde el cementerio en que dejó allí el cuerpo de un padre muerto y la vida de un hijo vivo.
Pronto, desde el viejo monasterio, enterraría la obsesión por un padre muerto y resucitaría la alegría por la vida de un hijo vivo.

11 abril 2005

SUEÑO CÁLIDO

Hacía cinco años que desapareció el Sol y seguía siendo de noche. Diana se alborotaba sobre el colchón, odiando al Sol por cobarde y a la Luna por ser su amante encubridora.
Debían pasar las cuatro de la mañana, pero Diana aún no había logrado pegar una cabezada. Preocupaciones, sentimientos, imágenes… todo a la vez y todo al mismo tiempo. Cerraba los ojos, pero ahí estaba él. Sí, él.
Apenas si le vio una vez durante un segundo, justo cuando el autobús arrancaba, llevándosele lejos, fuera de su lado, de sus ojos, pero su cabello castaño, algo largo, la mirada serena, firme, los finos labios cerrados en silenciosa reflexión y, ante todo, los ojos azules que inundaban como pequeños lagos puros y sinceros su rostro, no se marcharon sin dejarle marcada huella. Él no correspondió a su mirada; no desvió la cabeza ni musitó una palabra. Ignoraba que ella existía y que esa noche él la estaba visitando en su propia habitación, aunque no fuera sino en una mera fantasía.
Diana deambulaba en el difuso borde que separaba ambos mundos, el real y el ficticio, no acertando a distinguir si soñaba lo que deseaba o si era al revés. Bajo las sábanas, su larga camiseta arañaba continuamente la piel y, como una serpiente que se desprende de su muda, no tardó en arrancárselo y tirarlo lejos de su alcance. Bajo las sábanas, era su cuerpo desnudo el que recibía el cosquilleo de las sábanas rozándole, besándole con fina ternura y, lo reconoció, se sintió cohibida y excitada.
No le bastó. La incomodidad se acrecentaba, aún suspirando por su rostro perfecto, su cuerpo escondido, su alma lejana. Le veía y le imaginaba volviéndose de repente, observándola, descendiendo del autobús, cogiendo su mano…
Visitándola aquella noche.
Antes incluso de percatarse de ello, sus dedos pulgares deslizaban la goma elástica de sus braguitas para quitárselas, figurándose que eran manos fuertes las que lo hacían. Al sacar ambos brazos por encima de las sábanas, aún con la sedosa prenda en las mismas, observó –o soñó; o, ¿quién podía distinguir lo cierto de lo falso?– cómo a su costado se elevaban las sábanas, acogiendo un cuerpo masculino de rostro conocido que elevaba un brazo para retener las manos de Diana con la firmeza de quien lo puede todo, retorciendo la prenda íntima en torno a sus muñecas hasta convertir la seda en acero y un saliente de la cabecera de madera de la cama en una argolla a la que atarla. Buscando esos ojos que durante horas la habían cautivado, Diana se bañó en una mirada tan serena como poderosa que penetraban en su corazón hasta electrificar el vello de su nuca. La tensión que la asfixiaba con aquella incómoda postura la obligó a hacer palanca con sus pies para incorporarse un poco, consiguiendo, inesperadamente, que los pechos quedasen al desnudo y que los pezones erectos confesasen sus oscuros deseos.
La mano del hombre sin voz ni identidad resultó tan suave como supuso. Era cálida, tenue y de tacto fino, que dejó a su paso por su mejilla un ligero rubor oculto por la oscuridad y minúsculas gotas de sudor en la piel que se hermanaban para marcar en su deslizar las curvas de su cuerpo. Los pechos apenas si llegaron a conocer su beso y el vientre quizás ni le viera pasar, pero, lo que sí sucedió fue un temblor acelerado en la garganta cuando rozó el contorno de su sexo.
Fue cauteloso cuando ella quería que fuese atrevido, y silencioso cuando deseaba oír su voz, e inquisitivo cuando eso la avergonzó. Los dedos supieron dónde y cómo buscar, siempre por fuera, siempre sin tocar ningún punto sensible. Él, sin nombre, aproximó sus labios a su mejilla ardiente, como si el beso siguiente fuese un cubo de agua que se creyese capaz de apagar un incendio. Y, más abajo, los dedos acertaban y erraban, pero, juró Diana, que incluso los fallos estaban premeditados.
En el instante, sin avisar, en que presionó el clítoris, un escalofrío se abrió paso desde dentro hasta aflorar en brazos y piernas. Fue el corte de una cuchilla de afeitar; así de crudo, así de intenso. Aún apreciaba y saboreaba la fricción cuando descubrió que llevaba tiempo sin siquiera acercarse, y no se había repuesto cuando volvió a masturbarla, más fuerte, más rápido, más adentro.
Diana era una muñeca muda, un pequeño saco de chispas eléctricas que brincaban bajo su piel. La tensión se acrecentaba, se le imponía la necesidad de descansar, pero, maniatada por sus recuerdos distorsionados, el aire era un regalo que dependía de su amante de ojos azules, y una mentira que la humillaba, pues también ella lo rechazaba. Era la noche de astros traicioneros, visitantes ficticios y sedosas cadenas que la ataban a una cama, la seducían y arrancaban emociones contenidas en toda su crudeza, gemidos que brotaban desde lo más profundo para así liberarse de esa pesada carga que había azotado su ser desde que dos ojos azules y un rostro anónimo se cruzaron con su vida en una parada de autobús en lo que dura un parpadeo.
Cuando Diana se levantó de la cama, el sudor empapaba su cuerpo. Sentía calor y aún tardaría algunos minutos en recuperar el resuello. Le temblaban las piernas y por ello salió de la habitación con paso lento y prudente. Hubiera deseado seguir por más tiempo pero ya estaba exhausta. Era el momento de una buena ducha y aprovechar las pocas horas que restaban para descansar un poco. Sin embargo, aún con todo, conforme recorría el pasillo para meterse en el cuarto de baño, una sonrisa pícara recuperó la irracionalidad perdida. Una ducha, sí, se dijo. Pero acompañado por él.
Cuando abrió el grifo, ya sentía sus manos en su cintura. Su primer beso fue maravilloso, pero sin parangón con el que vino después.

09 abril 2005

CUANDO ME OLVIDARON

En mis manos sostengo un periódico de ayer. Son un puñado de hojas blancas ensuciadas por el encabezamiento de su titular que dice:
NOS VAMOS
Lo releo por largo tiempo, sentado en el borde de la escalinata en la Plaza de la Virgen, donde ya no hay feligreses en la Catedral, donde ya no se acercan pandillas de adolescentes a tomar algo en las heladerías, donde ya no vienen madres para ver jugar a sus niños espantando a las palomas. Estoy solo y, desde que me desperté esta mañana, no he visto a nadie más. Ni siquiera palomas.
He recorrido la ciudad, alcanzado el corazón de los edificios, la misma Plaza del Ayuntamiento, rebuscado por docenas de callejuelas, y en cada esquina he descubierto lo mismo que en la anterior: ausencia.
Hace horas que perdí la esperanza. No sé qué ha pasado o dónde se han metido todos.
Aunque sea media tarde y no haya probado bocado desde esta mañana, me sería imposible comer, lleno hasta abombar mi piel con la hierente pregunta que se me repite:
–¿Por qué nadie se acordó de mí?.
Así, sin más, la gente se ha marchado y me olvidaron.
Reconozco, una vez abandoné la idea de quedar afónico de tanto gritar, que quizás debí darme cuenta antes, años atrás, cuando las personas empezaron a tornarse traslúcidas y las voces menguaban al acercarme a ellas sin apresurarme por evitarlo. O cuando a mi teléfono se le estropeó el timbre y no llegué a darme cuenta. Ignoré estas pequeñas pistas y ahora es tarde. Las personas se han desvanecido finalmente. Yo, estúpido de mí, siempre creí que estaría a tiempo de cogerlas del brazo y recuperar mi pequeño hueco entre la Humanidad.
El silencio me hace daño. Por mucho que me empeñe, no se escucha sonido alguno, salvo el suave crujir de aquel periódico de páginas blancas. Aquel día ni siquiera el golpear del agua en la Fuente del Gigante me quiere acompañar, como el justo castigo al que se creyó dueño del tiempo y la oportunidad.
La brisa que se levanta reconforta al escuchar algo más que mi propia alma consumirse. Separo cada hoja del periódico, la arrugo y la libero, que salta de mis manos recorriendo en espirales encadenadas la Plaza, simulando con las otras hojas una pequeña postal que ya nunca veré realidad.Allí estoy solo, para siempre, con mis palomas de papel, mi falta de hambre y el día que concluye, ennegreciendo el cielo, apagando cada fachada iluminada y recordándome que más me vale alimentar mis fantasmas, puesto que nada más me acompañará en lo que resista hasta quitarme la vida.

06 abril 2005

HISTORIA DE UNA VIDA

–A ver, ¿por dónde empiezo? –el hombre, que superaba ampliamente los sesenta años, con aún notable pelo pero claramente desapareciendo (afortunada genética), rostro arrugado y ojillos inquisitivos, continuó–: Quizás por el principio de todo, por mi nombre: Ángel García Marcián. Nací en el 36, un año muy significativo para todos los españoles. ¿Que qué pasó en el 36?. Pues además de mi nacimiento, algo ya importante para mí –se ríe por lo bajo–, fue el año en que todo se puso patas arriba. “El año de la guerra” –ratifica pomposamente, y luego repite más despacio, como queriendo paladear aquellas palabras–. El año de la guerra. Mis padres me contaron que fue un año de cuervos y buitres, como solían decir los abuelos. Un año de mal agüero. Mis padres vivían en Ciudad Real, nombre que ya tiene cojones en esas fechas de tanta revolución, repúblicas y batallas. Pero no lo elegí yo, así que así consta en mi partida de nacimiento. En realidad, más que en la propia Ciudad Real, vivíamos en las afueras, en lo que se llamaba una casa de campo, de paredes gruesas que te mantenían caliente en invierno y fresco en verano. No como los chalets de hoy en día, donde las paredes son como de papel y parece que uno viva bajo unos cartones, por el relente que hace siempre. Mis padres, que apenas tenían estudios, más que lo poco que les había mal enseñado el párroco, pero que mucho sabían del campo y criar animales, vivían como quien dice en un tiempo cero, o sea, que tanto daba igual lo que pasase fuera de los lindes de su casa, ya que para ellos, todos los días eran iguales. Todos los días tenían que dar de comer los animales o ir a la era a sembrar o regar. El tiempo como quien dice, pasaba, pero pasaba poco.
“Eso hasta que llegué yo. O la guerra. Que a veces a ambos se nos confunden –vuelve a reírse–. Con la guerra, la afamada “Guerra Civil Española”, que más que guerra de película siempre me contaron que fue una batalla por sobrevivir, donde los que más y los que menos se morían de hambre y sólo se quería que los otros (porque la culpa estaba claro que era de los otros) se rindiesen. En fin, que mis padres se encontraron con dos cosas, a saber: una, un niño recién llegado que no paraba de berrear. Perdona si no digo que daba guerra, que se me podría acusar de algo. Y la segunda cosa, con que el tiempo que nunca pasaba, empezó a pasar de verdad. Y con esto quiero decir que empezaron a haber tiros por la cercanía, que empezó a sentirse el hambre que retorcía las tripas y no se sabía qué se comería al día siguiente y se empezó a sentir miedo. Miedo de verdad, del que te obliga a cambiarte los pantalones, si es que te queda un par limpio.
“La guerra terminó, por suerte para unos y para desgracia de muchos, con más preguntas que respuestas, con más muertos que gente con ganas de vivir y con hambre, que el hambre seguía sin terminarse. Era el inicio de otra época gloriosa para los abuelos que les gusta contar batallitas: “Los años de la posguerra”, que no era sino una forma breve de resumir sentimientos de odio de unos contra otros, miedo por lo que iba a venir, casas derruidas, represión y, sobre todo, hambre. Y eso que la Guerra Civil Española no duró más que 3 años, que si no… Claro que al poco enlazaríamos con la Segunda Guerra Mundial, que esa sí fue bien gorda, pero sobre todo para los que fueron allí. La verdad es que nosotros, como no disparásemos balas atadas con un cordoncito para recuperarlas, como decía Gila, no sé que podríamos hacer. Pero algo hicimos, no te creas. Algo hicimos. Poco, pero algo.
“A lo que iba, mi madre murió cuando yo tenía unos doce años. La pobre se fue consumiendo y apagándose hasta que un día dijo: aquí me apeo yo. Y se murió. Mi padre, que siempre fue un hombre callado y bastante serio, muy trabajador pero poco dado a paternalismos, lo sintió en el fondo más que nadie. En la casa donde habíamos vivido desde siempre no nos habíamos tenido más que nosotros tres, porque por no sé qué, si una infección cuando yo nací o en fin, por lo que fuese, no tuve hermanos, cosa que siempre lamenté, pero en aquellos tiempos no teníamos confianza para preguntar de ciertas cosas, no fuera que te soltaran un sopapo y te enviaran sin cenar. El sopapo lo llevábamos bien, pero lo que era quedarse sin cenar… Mala cosa.
“Por lo que yo más lo lamentaba era porque al vivir en las afueras, no tenía muchos compañeros con quien jugar, sobre todo de niño. Nos veíamos en la escuela y a la salida un rato, pero parecía que nos contaban los minutos porque si nos retrasábamos mucho para jugar a la pelota… ya sabes, sopapo y sin cenar. Y con las cosas de comer nadie jugaba. Siempre teníamos mucho que trabajar y mi padre nunca entendía que pudiésemos querer jugar un rato. Pero al hacerme mayor, ahorrando un poco con lo que me ganaba en un taller donde trabajaba los sábados montando abanicos para las abuelas, me compré una bicicleta, con lo que ganaba algo de tiempo y movilidad. Claro que mi padre, que era muy avispado, me decía que, ya que tenía bicicleta, ahora no tendría excusas para no llegar aún más pronto que antes.
“Eso se solucionaba saliendo por las noches, a escondidas. No había nada de botellón, pero no nos faltaban motivos para salir de juerga.
“Yo, con algunos balas perdidas como uno, nos escapábamos al atardecer, cuando ya se iba casi todo el mundo a dormir porque, sin luz, no había forma de trabajar, para ir a un local que estaba abierto –clandestinamente abierto– para bailar con las chicas o tomar unas copas. Era lo que se hacía, aunque, en comparación con lo de ahora, sería prácticamente infantil. Pero eran otros tiempos. Yo tendría unos diecisiete o dieciocho años y teníamos dos cosas en la cabeza: una, ligarnos a alguna chica; dos, irnos bien lejos. Cuanto más lejos, mejor.
“Recuerdo que una vez acordamos reunirnos el Chino, Quique, Matías y yo junto al puente del río para darnos un largo paseo nocturno hasta un pueblo muy próximo, donde las abuelas hablaban muy mal de alguien. Por lo que teníamos entendido, se habían montado un burdel a donde se escapaban la mitad de los hombres para alboroto y escándalo de las mujeres. Nosotros, por supuesto, solíamos exclamar que todo aquello era horrible y que nos parecía una vergüenza, pero, por dentro, tomamos buena nota de por dónde quedaba aquel rincón del pecado.
“A bordo del viejo motocarro del padre del Chino, que se dedicaba a recoger chatarra por todos lados –y que meses después, un día la chatarra que encontró medio enterrada le explotó y le arrancó una pierna de cuajo–, nos marchamos rumbo a la aventura. Quique había birlado media botella de coñac a su padre y yo hacía una semana que escondí una botella de vino para ponernos a tono para lo que íbamos a hacer. No sé ni cómo los guardias civiles no nos detuvieron apenas pusimos un pie en el camino rural que unía ambos pueblos, pero por lo que fuera, llegamos.
“Aquello fue algo así como una operación de comando. Cuando teníamos unos céntimos, a veces nos comprábamos unos tebeos como el de Hazañas Bélicas, que eran historias de soldados americanos –siempre eran los buenos, claro–, contra los alemanes. Pues así nos sentíamos en cuanto nos bajamos del motocarro, caminando despacio, a hurtadillas, pegando un grito cada vez que creíamos escuchar un sonido. Lo habíamos dejado en un lugar discreto, para evitar armar mucho jaleo, porque el motocarro tenía poca potencia, pero lo que es petardazos… ni un tanque Panzer.
“Nos perdimos como media docena de veces y discutimos no se cuantas más hasta que encontramos el sitio. No estábamos seguros, porque por fuera, no parecía gran cosa, pero había luces y Matías, que era un chico pequeño y más fantasioso, juró y requetejuró que había visto a una mujer desnuda en una ventana. Nosotros le miramos como quien ha dicho que ha visto un marciano, pero como habíamos llegado hasta allí, pues decidimos dar un paso más.
“Fuimos para allá, llamamos a la puerta y nos la abre una mujer, entrada en carnes, pero vistiendo un conjunto que se lo dejaba ver todo. Inmediatamente se nos subió el ánimo a todo y el Chino, que era el más grande de los cuatro y el más atrevido, quiso decir algo, pero de pronto, se oye un vozarrón de ogro de dentro que grita:
–“¡Elvira, donde cojones están mis calcetines!”.
El Chino se pone pálido y murmura:
–Mi padre.
–¿Qué? –le preguntamos los otros sin comprender.
–¡Qué es mi padre! –repite gritando mientras sale corriendo. La señora nos mira sin comprender nada, creo que trata de cogerle del brazo a Matías para preguntarle alguna cosa, pero éste se asusta y sale pitando. Quique y yo, nos miramos un segundo, y salimos también por piernas, temiendo que el padre del Chino nos descubra y se vaya con el cuento a nuestros respectivos –se pone a reír a mandíbula abierta y continúa llevado por la emoción de aquella anécdota–. El caso es que nos las vemos y deseamos para encontrar el maldito motocarro. Nos vemos montados al Chino, a Quique y a mí, pero no aparecía Matías por ninguna parte, de modo que nos ponemos aún más nerviosos, dudamos entre qué hacer y el Chino, con tal miedo que no le llega la camisa al cuerpo y que cree que su padre, que era un tipo el doble de grande que él y una auténtica bestia con un carácter de lo peor que te puedes echar, decide arrancar el motocarro y sale echando chispas. El tío sigue, se pierde, tenemos que dar una vuelta enorme hasta encontrar el camino de vuelta y al fin, vuelve a equivocarse y resulta que cuando apenas quedaba un kilómetro, se mete en un bache y se le queda clavado el motocarro. A empujones logramos sacarlo, pero al final, no arrancó. Entre discusiones sobre qué hacer, buscando una excusa plausible y demás, cada uno decide irse a su casa a pie.
“Ya estaba en mi casa, cuando descubro sin querer que hay una luz encendida. Me asomé por la ventana y me encuentro a mi padre, que parecía tener mal la tripa o lo que fuese y estaba desvelado. Yo me quedé de piedra, porque no podía entrar, por no hablar de que era noche cerrada aún y estaba cansado, con hambre y, sobre todo, muerto de frío.
“Dudé sobre qué hacer y al fin me decido a acercarme a la casa de mis vecinos, que vivían a unos 200 metros más o menos. En un lateral, adecuadamente apartados de sus tíos, tenía la habitación Dolores, una chica regordeta, algo feucha, pero muy amable siempre y que sabía que yo le gustaba. Le lancé unas piedrecitas a su ventana para despertarla y, cuando lo conseguí, me dejó pasar adentro. Sus tíos, dos viejos huraños y tacaños, dormían en la otra punta de la casa, así que no había mucho peligro de despertarlos. Le conté lo que había pasado, en una versión previamente censurada –a tono con esa época– y no le importó que me quedase un par de horas allí, hasta que empezase a aclarar el día. Luego podría decir a mi padre que me había levantado antes de tiempo. Estábamos hablando en su habitación tranquilamente, a oscuras, cuando noté que me estaba cogiendo de la mano, y no era por accidente. Yo me quedé clavado, no estando seguro de qué quería, pero no tardé mucho en que me despejase toda duda. Y tras la previa frustración en el burdel, los buenos tragos que nos habíamos metido en el cuerpo y el frío y la oscuridad, pues pasó lo que tenía que pasar.
“Pero, ¡ay”, el problema fue ya más por la mañana, cuando la frustración se me había pasado, el alcohol había desaparecido y ni tenía frío ni era ya plena noche. Pasaron ante mí todo tipo de imágenes, con sus tíos apuntándome con la escopeta y casándome con ella a la fuerza y… y no necesité ni motocarro ni avión para salir volando de allá.
“Mi padre me pilló. ¡Ya lo creo que me pilló!. Era mucho más tarde de lo que debía ser y me dijo de todo, con más de un tortazo de propina. Yo, que a esas alturas estaba más que crecido, terminé diciéndole también de todo y terminamos de muy mala manera, tanto así, que aquel día decidí que si el punto uno, ligar con una chica había salido mal, me quedaba el punto dos, que era salir de allí.
“Y eso hice. Durante un tiempo me callé y aguanté todo lo que tenía que aguantar, pero aprovechando que tenía ya los dieciocho años, me llamaron a filas y sin pensarlo dos veces, me vi con un macuto con lo poco que podía llevarme rumbo a Valencia, donde me enviaron.
“La mili fue…, pues eso, la mili. Lo que tocaba pasar a casi todos una vez en la vida. Pero yo me estaba espabilando a base de tortazos y no tardé en mirar hacia delante, para ver qué futuro me esperaba. No me quedaba otra salida, porque si no encontraba algo que hacer allí, me tocaría volver a casa de mi padre, cosa que no quería por nada del mundo. No es que estuviese enfadado con él. Nos habíamos escrito unas cuantas veces, pero yo tenía muy claro que si regresaba allí, terminaría sin poder salir, convirtiéndome en alguien como mi padre, que no conocía más que su campo, su casa y su pueblo. Fuesen por los tebeos del Guerrero del Antifaz, Hazañas Bélicas y compañía, fuese porque los años cambiaban y cada vez teníamos más lejos la Guerra Civil Española y su posguerra o fuese por lo que fuese, yo no quería estar allí.
“El mismo día que me licenciaron de la mili, me incorporé a una empresa donde construían ballestas de coches. Yo tuve suerte, porque en esa época –estoy hablando del 55–, unos dos millones de españoles se tuvieron que marchar a Alemania y Francia porque aquí no encontraron trabajo. También yo estuve a punto de marcharme, pero por suerte, no me hizo falta. Y fue una suerte porque se habló muchísimo del superprogreso en Alemania y los salarios, pero de eso nada. Quizás unos pocos sí, pero la mayoría ganaba algo… que ya era mucho en comparación con estar en el paro.
“Seguí trabajando en esa empresa unos cinco años, hasta que me casé. Ella era una valenciana de pelo negro y ojos marrones de lo más guapa llamada Verónica y estuvimos saliendo juntos como era la costumbre hasta que al final, nos casamos, apenas tuvimos lo justo para pagarnos un sitio donde vivir. No podíamos elegir gran cosa, de modo que nuestro primer piso fue una casucha pequeña, pero para nosotros, era casi la gloria.
“A los dos años, en el 57, fue cuando nació Jorge. ¡Lo que te cambia ser padre!. ¡Ni te imaginas cuanto!. Y no es por los pañales y demás, sino por lo que uno siente, que ya tienes entre tus manos la siguiente generación, que en nada habría alguien que te llamaría “papá”, lo cual no hace sino que uno piense en su propia infancia y qué pudo ir mal y tuvo arreglo con su propio padre.
“Bueno, Jorge fue creciendo hasta que en el 61 asomó la cabecita José Luís, nombre en honor a mi suegro, que se había muerto aquel mismo año. Yo hubiera preferido otro nombre, pero tampoco iba a poner quejas dadas las circunstancias.
“El trabajo en la fábrica de ballestas se terminó –concretamente, hubo recortes de plantilla y yo quedé fuera– y me quedé en el paro. Fueron tiempos duros, casi de desesperación. Mis suegros tenían una pastelería –por la calle Jesús– y Verónica trabajaba allí también, donde podía echar un vistazo a los nanos si no los cuidaba sus abuelos, pero yo ya no tenía hueco. No daba para tantos y tampoco era aconsejable que los sueldos vinieran del mismo sitio. Yo lo pasé bastante mal. Ganábamos lo justo para vivir, pero pasando muchos apuros. No éramos los únicos, ni mucho menos, y estuvimos tentados de emigrar –al menos yo– al extranjero, por si así teníamos mas suerte. Al final tampoco me hizo mucha falta, porque después de pasar por varios trabajos temporales, me colocaron en una fábrica de azulejos, donde tenía que dar pequeñas pinceladas a cada azulejo para darles un toque de color. Tenia más bien poco de artístico, porque la cadena de preparación y secado no se terminaba nunca ni se detenía, pero no me quejé ni mucho menos.
“Ocho años más tarde, el 4 de agosto del 64, sucedió lo que fijo que es el peor día de mi vida, y fijo que lo peor que le puede pasar a casi nadie.
“Habíamos salido de paseo, mi mujer y mis hijos, cuando, en uno de esos instantes en que te distraes, Jorge se soltó de la mano que asía a Verónica, yo no me di cuenta de nada, y el niño, queriendo volver a ver unos juguetes de un escaparate, cruzó la calle sin mirar. Un coche, que iba a toda leche, le vio demasiado tarde, trató de frenar pero ya era demasiado tarde y le envistió.
“Fue… Es lo peor que le puede pasar a cualquier padre. Vero nunca se lo perdonaría, tanto así, que ni pudo ir al funeral, porque se creía la culpable de su muerte. Tardó casi un mes en tener el valor suficiente para ir al cementerio. Yo, por mi parte… –suspira mirando el techo, como tratando de ganar algo de tiempo que borre un brillo creciente en sus ojos húmedos–, bueno, lo superé antes, si es que algo así se puede superar.
“Aquello sí estuvo a punto de rompernos como familia. Mi hijo mayor fallecido en un accidente, mi mujer sintiéndose culpable y casi sin vida, el pequeño que no entendía nada ni le podíamos explicar porqué su hermanito no volvería nunca más y yo tratando de fingir la fuerza que en el fondo no tenía. Un día, cuando comprendí que aquello me superaba, cogí a Vero y se lo dije claramente, que no podía más y que si no me ayudaba, yo lo tiraría todo por la borda, porque la necesitaba también a ella, tanto como ella a mí. Se calló, se limpió los ojos y no dijo nada, pero desde el día siguiente, las cosas empezaron, no a ir mejor, porque eso parece casi imposible, pero sí a no verse con tanto dolor y a no permitir que la muerte de nuestro hijo supusiese la muerte de todos los demás.
“Comparado con todo aquello, lo demás casi es pura anécdota, salvo que José Luís se hizo mayor, encontré un nuevo trabajo, éste aún mejor, compramos nuestra primera tele, el niño se casó y, hace ocho años, Vero se cansó de aguantarme y se me murió.
“Ahora tengo 68 años y hace 3 que estoy jubilado, así que paso el tiempo dando paseos, leyendo cuando mis ojos me dejan y visitando a mi hijo, mi nuera y mis tres nietos. Por cierto, el mayor, Jorge, acaba de cumplir los 15 años y no sabes lo mucho que me recuerda a su tío.
“Pues bien, así, en pocas palabras –o muchas, según se mire– ha sido mi vida, pero como dicen, el tiempo pasado fue maravilloso, pero lo mejor está por llegar.
“¿O no?.

04 abril 2005

MELANCOLIA

Es en tardes como ésta cuando, apoyada en el frío cristal de la ventana donde lagrimea el cielo, me pongo a recordar.
En aquellos lejanos días en que chapoteaba con mis nuevas botas al salir del colegio.
Y en los verdes ojos de Juan, que llegaron a ser míos.
Y el huracán de palomas sobresaltadas por el niño que quería ser un avión.
Y en los paseos descalzos en la playa bajo el amparo de las gaviotas chillonas.
Será porque es otoño que me pongo nostálgica.
Será porque recuerdo que mis niños ya son niños casados.
Y porque mi marido despierta con huesos cansados y suave sonrisa.
Y porque mis manos parecen empequeñecer ante la llegada del frío.
Será porque es otoño que los árboles parecen morir un poquito.
Y el cielo no es tan azul.
Y el Sol no tan brillante.
Será por todo eso que llevo media hora mirando la calle que desfila a mis pies, calle gris de una ciudad aún más gris.
Y el aire huele a ropa recién sacada del armario, a libros nuevos, a rostros familiares que hacía meses que no se veían.
Será porque estamos en el otoño.
El otoño de mi vida.

REGRESO

Regresé angustiado a mi calle; que era más gris y estrecha de lo que recordaba.
Abrí el oxidado cerrojo del portal; cuyo chirrido me reprendió por mi larga ausencia sin excusa.
Subí las gastadas escaleras peldaño a peldaño; adentrándome en el corazón de mi infancia amargada.
Crucé el umbral de mi casa; y la madera magullada me recordó los innumerables portazos con los que me despedía.
Me arrastré por el largo pasillo; por el que apenas cabía mi ánimo.
Empujé, temblándome piernas y manos, la puerta del dormitorio de mis padres; llorándoles porque ya no estaban para reprenderme una vez más.

02 abril 2005

ÁNGELA

Ángela permanecía sentada en su silla. El monitor parpadeaba reclamándo su atención, pero ella desviaba la vista hacia la derecha, hacia la ventana. El cielo encapotado parecía adivinar su humor, gris, triste, meditabundo. Recordaba y pensaba; reflexionaba y olvidaba. Una vida corta, donde muchas vivencias habían apretado su alma hasta tornarse densa. Y pesada.
El Amor... esa palabra que tanto implicaba, que tanto obligaba la había dejado sobre un estante, junto con esas otras que, en su momento, significaron tanto. Pero era mejor no cargar con ella. Ya llevaba mucho peso y el Amor escondía muchas veces un sabor amargo que se pegaba a la piel y ya no se iba. Amor... no, mejor apartarlo, mejor dejarlo donde estaba, quieto y olvidado y apagado, porque el Amor tenía ojos de fuego que a veces quemaba y lengua áspera que podía arañar. Hubo una vez donde fue su aliado, su amigo, su más fiel acompañante. Fue cuando los días siempre eran soleados por más nubes que asomasen por la ventana. Pero eso fue ayer y hoy, el cielo de la ventana era gris, el Amor estaba quieto en el estante y Ángela seguía si mirar el monitor de su PC.

UN CUENTO

Si estás triste, no sigas. Si no quieres estar triste, no sigas.
Si te apetece leer una bonita historia, acércate:

Jimmy, de nueve años, en la terraza, oteaba el cielo ensimismado cuando descubre una estrella fugaz. Apretando la mano de su madre, pide un deseo.
Ahora tiene nueve años, pero cuando nació, su padre, Dan, no estaba. Era piloto, y sus continuos y prolongados viajes le arrastraban lejos de su hogar y su familia. Dan los quería, pero no podía arrancar ese hechizo que la negrura y las estrellas ejercían sobre él. Le hipnotizaba, le atraía. Por eso aceptó aquel viaje a Marte que no le devolvió a su casa hasta que Jimmy había nacido ya. Quiso prometer a su esposa que no se marcharía, pero fue una promesa rota y cuando su hijo cumplió un año, volvió a presentarse voluntario para otro viaje. Dos años más de ausencia y regresó con una nueva promesa, de que no se marcharía. Pero lo hizo. Al volver se sentía distinto. Se entregó a su mujer y a su hijo, al que colmó de atenciones y cuidados, contándole mil historias en el espacio, convirtiéndose en su héroe. Y volvió a irse y volver. Cada ausencia era una despedida amarga para unos y otros, pero Dan tenía que irse. No lo podía evitar. Debía hacerlo. Aquella noche, en la terraza, Dan estaba de camino a casa. Su mujer y su hijo miraban el cielo, como dándole ánimos a la nave para insuflarle fuerza y que acelerara en su destino junto a ellos. Lejos de su vista, sin embargo, la situación fue crítica. Hubo un accidente y la nave que transportaba a Dan explotó. Él, milagrosamente, no sufrió daños, pero quedó en el vacío, protegido tan sólo por su traje espacial. Casi al alcance de la mano, vio su planeta y, en algún invisible punto, lo que debería ser su hogar. La gravedad sobre él le empujó y le precipitó contra el planeta, calentando su traje poco a poco, hasta que Dan se convirtió en una diminuta bola de fuego cuando friccionó con la atmósfera del planeta.
En la Tierra, desde la terraza, Jimmy descubre una estrella fugaz. Apretando la mano de su madre, pide un deseo: que su padre regrese pronto y no vuelva a marcharse nunca jamás.

Es una historia triste, pero también bonita. La leí hace dos días, publicada como un comic corto titulado ¡De vuelta a casa!, en 1952 por los comics de la editorial EC. Actualmente, están reeditados por Planeta DeAgostini bajo el título de “Clásicos de la Ciencia–ficción”.

EL RECIÉN LLEGADO

Mis zapatillas aplastan la arena de la playa en la que me dejaron. Apenas he insuflado mis pulmones con el aire puro cuando escucho detrás de mí como el bote que me trajo ya pone rumbo al velero. Fue mi casa durante días -¿semanas?- y ya lo estoy olvidando sin el menor reparo.
-¡He llegado! -suspiro con satisfacción. Y miedo. Porque no vislumbro a nadie más salvo mi sombra que nunca dejó de acompañarme desde que nací.
La playa se extiende a derecha e izquierda. Por delante descubro una tregua entre la vegetación exhuberante que se interpone entre las montañas del fondo y mi curiosidad. Más allá hay... y al otro lado también veo... y seguro que...
La isla es grande y, pese no haberla visto nunca, me es conocida. Algo en ella me es familiar. Hay algo ahí que sonríe, como un viejo conocido.
Inspiro y levanto el pie. Estoy a punto de empezar.
Camino.