–A ver, ¿por dónde empiezo? –el hombre, que superaba ampliamente los sesenta años, con aún notable pelo pero claramente desapareciendo (afortunada genética), rostro arrugado y ojillos inquisitivos, continuó–: Quizás por el principio de todo, por mi nombre: Ángel García Marcián. Nací en el 36, un año muy significativo para todos los españoles. ¿Que qué pasó en el 36?. Pues además de mi nacimiento, algo ya importante para mí –se ríe por lo bajo–, fue el año en que todo se puso patas arriba. “El año de la guerra” –ratifica pomposamente, y luego repite más despacio, como queriendo paladear aquellas palabras–. El año de la guerra. Mis padres me contaron que fue un año de cuervos y buitres, como solían decir los abuelos. Un año de mal agüero. Mis padres vivían en Ciudad Real, nombre que ya tiene cojones en esas fechas de tanta revolución, repúblicas y batallas. Pero no lo elegí yo, así que así consta en mi partida de nacimiento. En realidad, más que en la propia Ciudad Real, vivíamos en las afueras, en lo que se llamaba una casa de campo, de paredes gruesas que te mantenían caliente en invierno y fresco en verano. No como los chalets de hoy en día, donde las paredes son como de papel y parece que uno viva bajo unos cartones, por el relente que hace siempre. Mis padres, que apenas tenían estudios, más que lo poco que les había mal enseñado el párroco, pero que mucho sabían del campo y criar animales, vivían como quien dice en un tiempo cero, o sea, que tanto daba igual lo que pasase fuera de los lindes de su casa, ya que para ellos, todos los días eran iguales. Todos los días tenían que dar de comer los animales o ir a la era a sembrar o regar. El tiempo como quien dice, pasaba, pero pasaba poco.
“Eso hasta que llegué yo. O la guerra. Que a veces a ambos se nos confunden –vuelve a reírse–. Con la guerra, la afamada “Guerra Civil Española”, que más que guerra de película siempre me contaron que fue una batalla por sobrevivir, donde los que más y los que menos se morían de hambre y sólo se quería que los otros (porque la culpa estaba claro que era de los otros) se rindiesen. En fin, que mis padres se encontraron con dos cosas, a saber: una, un niño recién llegado que no paraba de berrear. Perdona si no digo que daba guerra, que se me podría acusar de algo. Y la segunda cosa, con que el tiempo que nunca pasaba, empezó a pasar de verdad. Y con esto quiero decir que empezaron a haber tiros por la cercanía, que empezó a sentirse el hambre que retorcía las tripas y no se sabía qué se comería al día siguiente y se empezó a sentir miedo. Miedo de verdad, del que te obliga a cambiarte los pantalones, si es que te queda un par limpio.
“La guerra terminó, por suerte para unos y para desgracia de muchos, con más preguntas que respuestas, con más muertos que gente con ganas de vivir y con hambre, que el hambre seguía sin terminarse. Era el inicio de otra época gloriosa para los abuelos que les gusta contar batallitas: “Los años de la posguerra”, que no era sino una forma breve de resumir sentimientos de odio de unos contra otros, miedo por lo que iba a venir, casas derruidas, represión y, sobre todo, hambre. Y eso que la Guerra Civil Española no duró más que 3 años, que si no… Claro que al poco enlazaríamos con la Segunda Guerra Mundial, que esa sí fue bien gorda, pero sobre todo para los que fueron allí. La verdad es que nosotros, como no disparásemos balas atadas con un cordoncito para recuperarlas, como decía Gila, no sé que podríamos hacer. Pero algo hicimos, no te creas. Algo hicimos. Poco, pero algo.
“A lo que iba, mi madre murió cuando yo tenía unos doce años. La pobre se fue consumiendo y apagándose hasta que un día dijo: aquí me apeo yo. Y se murió. Mi padre, que siempre fue un hombre callado y bastante serio, muy trabajador pero poco dado a paternalismos, lo sintió en el fondo más que nadie. En la casa donde habíamos vivido desde siempre no nos habíamos tenido más que nosotros tres, porque por no sé qué, si una infección cuando yo nací o en fin, por lo que fuese, no tuve hermanos, cosa que siempre lamenté, pero en aquellos tiempos no teníamos confianza para preguntar de ciertas cosas, no fuera que te soltaran un sopapo y te enviaran sin cenar. El sopapo lo llevábamos bien, pero lo que era quedarse sin cenar… Mala cosa.
“Por lo que yo más lo lamentaba era porque al vivir en las afueras, no tenía muchos compañeros con quien jugar, sobre todo de niño. Nos veíamos en la escuela y a la salida un rato, pero parecía que nos contaban los minutos porque si nos retrasábamos mucho para jugar a la pelota… ya sabes, sopapo y sin cenar. Y con las cosas de comer nadie jugaba. Siempre teníamos mucho que trabajar y mi padre nunca entendía que pudiésemos querer jugar un rato. Pero al hacerme mayor, ahorrando un poco con lo que me ganaba en un taller donde trabajaba los sábados montando abanicos para las abuelas, me compré una bicicleta, con lo que ganaba algo de tiempo y movilidad. Claro que mi padre, que era muy avispado, me decía que, ya que tenía bicicleta, ahora no tendría excusas para no llegar aún más pronto que antes.
“Eso se solucionaba saliendo por las noches, a escondidas. No había nada de botellón, pero no nos faltaban motivos para salir de juerga.
“Yo, con algunos balas perdidas como uno, nos escapábamos al atardecer, cuando ya se iba casi todo el mundo a dormir porque, sin luz, no había forma de trabajar, para ir a un local que estaba abierto –clandestinamente abierto– para bailar con las chicas o tomar unas copas. Era lo que se hacía, aunque, en comparación con lo de ahora, sería prácticamente infantil. Pero eran otros tiempos. Yo tendría unos diecisiete o dieciocho años y teníamos dos cosas en la cabeza: una, ligarnos a alguna chica; dos, irnos bien lejos. Cuanto más lejos, mejor.
“Recuerdo que una vez acordamos reunirnos el Chino, Quique, Matías y yo junto al puente del río para darnos un largo paseo nocturno hasta un pueblo muy próximo, donde las abuelas hablaban muy mal de alguien. Por lo que teníamos entendido, se habían montado un burdel a donde se escapaban la mitad de los hombres para alboroto y escándalo de las mujeres. Nosotros, por supuesto, solíamos exclamar que todo aquello era horrible y que nos parecía una vergüenza, pero, por dentro, tomamos buena nota de por dónde quedaba aquel rincón del pecado.
“A bordo del viejo motocarro del padre del Chino, que se dedicaba a recoger chatarra por todos lados –y que meses después, un día la chatarra que encontró medio enterrada le explotó y le arrancó una pierna de cuajo–, nos marchamos rumbo a la aventura. Quique había birlado media botella de coñac a su padre y yo hacía una semana que escondí una botella de vino para ponernos a tono para lo que íbamos a hacer. No sé ni cómo los guardias civiles no nos detuvieron apenas pusimos un pie en el camino rural que unía ambos pueblos, pero por lo que fuera, llegamos.
“Aquello fue algo así como una operación de comando. Cuando teníamos unos céntimos, a veces nos comprábamos unos tebeos como el de Hazañas Bélicas, que eran historias de soldados americanos –siempre eran los buenos, claro–, contra los alemanes. Pues así nos sentíamos en cuanto nos bajamos del motocarro, caminando despacio, a hurtadillas, pegando un grito cada vez que creíamos escuchar un sonido. Lo habíamos dejado en un lugar discreto, para evitar armar mucho jaleo, porque el motocarro tenía poca potencia, pero lo que es petardazos… ni un tanque Panzer.
“Nos perdimos como media docena de veces y discutimos no se cuantas más hasta que encontramos el sitio. No estábamos seguros, porque por fuera, no parecía gran cosa, pero había luces y Matías, que era un chico pequeño y más fantasioso, juró y requetejuró que había visto a una mujer desnuda en una ventana. Nosotros le miramos como quien ha dicho que ha visto un marciano, pero como habíamos llegado hasta allí, pues decidimos dar un paso más.
“Fuimos para allá, llamamos a la puerta y nos la abre una mujer, entrada en carnes, pero vistiendo un conjunto que se lo dejaba ver todo. Inmediatamente se nos subió el ánimo a todo y el Chino, que era el más grande de los cuatro y el más atrevido, quiso decir algo, pero de pronto, se oye un vozarrón de ogro de dentro que grita:
–“¡Elvira, donde cojones están mis calcetines!”.
El Chino se pone pálido y murmura:
–Mi padre.
–¿Qué? –le preguntamos los otros sin comprender.
–¡Qué es mi padre! –repite gritando mientras sale corriendo. La señora nos mira sin comprender nada, creo que trata de cogerle del brazo a Matías para preguntarle alguna cosa, pero éste se asusta y sale pitando. Quique y yo, nos miramos un segundo, y salimos también por piernas, temiendo que el padre del Chino nos descubra y se vaya con el cuento a nuestros respectivos –se pone a reír a mandíbula abierta y continúa llevado por la emoción de aquella anécdota–. El caso es que nos las vemos y deseamos para encontrar el maldito motocarro. Nos vemos montados al Chino, a Quique y a mí, pero no aparecía Matías por ninguna parte, de modo que nos ponemos aún más nerviosos, dudamos entre qué hacer y el Chino, con tal miedo que no le llega la camisa al cuerpo y que cree que su padre, que era un tipo el doble de grande que él y una auténtica bestia con un carácter de lo peor que te puedes echar, decide arrancar el motocarro y sale echando chispas. El tío sigue, se pierde, tenemos que dar una vuelta enorme hasta encontrar el camino de vuelta y al fin, vuelve a equivocarse y resulta que cuando apenas quedaba un kilómetro, se mete en un bache y se le queda clavado el motocarro. A empujones logramos sacarlo, pero al final, no arrancó. Entre discusiones sobre qué hacer, buscando una excusa plausible y demás, cada uno decide irse a su casa a pie.
“Ya estaba en mi casa, cuando descubro sin querer que hay una luz encendida. Me asomé por la ventana y me encuentro a mi padre, que parecía tener mal la tripa o lo que fuese y estaba desvelado. Yo me quedé de piedra, porque no podía entrar, por no hablar de que era noche cerrada aún y estaba cansado, con hambre y, sobre todo, muerto de frío.
“Dudé sobre qué hacer y al fin me decido a acercarme a la casa de mis vecinos, que vivían a unos 200 metros más o menos. En un lateral, adecuadamente apartados de sus tíos, tenía la habitación Dolores, una chica regordeta, algo feucha, pero muy amable siempre y que sabía que yo le gustaba. Le lancé unas piedrecitas a su ventana para despertarla y, cuando lo conseguí, me dejó pasar adentro. Sus tíos, dos viejos huraños y tacaños, dormían en la otra punta de la casa, así que no había mucho peligro de despertarlos. Le conté lo que había pasado, en una versión previamente censurada –a tono con esa época– y no le importó que me quedase un par de horas allí, hasta que empezase a aclarar el día. Luego podría decir a mi padre que me había levantado antes de tiempo. Estábamos hablando en su habitación tranquilamente, a oscuras, cuando noté que me estaba cogiendo de la mano, y no era por accidente. Yo me quedé clavado, no estando seguro de qué quería, pero no tardé mucho en que me despejase toda duda. Y tras la previa frustración en el burdel, los buenos tragos que nos habíamos metido en el cuerpo y el frío y la oscuridad, pues pasó lo que tenía que pasar.
“Pero, ¡ay”, el problema fue ya más por la mañana, cuando la frustración se me había pasado, el alcohol había desaparecido y ni tenía frío ni era ya plena noche. Pasaron ante mí todo tipo de imágenes, con sus tíos apuntándome con la escopeta y casándome con ella a la fuerza y… y no necesité ni motocarro ni avión para salir volando de allá.
“Mi padre me pilló. ¡Ya lo creo que me pilló!. Era mucho más tarde de lo que debía ser y me dijo de todo, con más de un tortazo de propina. Yo, que a esas alturas estaba más que crecido, terminé diciéndole también de todo y terminamos de muy mala manera, tanto así, que aquel día decidí que si el punto uno, ligar con una chica había salido mal, me quedaba el punto dos, que era salir de allí.
“Y eso hice. Durante un tiempo me callé y aguanté todo lo que tenía que aguantar, pero aprovechando que tenía ya los dieciocho años, me llamaron a filas y sin pensarlo dos veces, me vi con un macuto con lo poco que podía llevarme rumbo a Valencia, donde me enviaron.
“La mili fue…, pues eso, la mili. Lo que tocaba pasar a casi todos una vez en la vida. Pero yo me estaba espabilando a base de tortazos y no tardé en mirar hacia delante, para ver qué futuro me esperaba. No me quedaba otra salida, porque si no encontraba algo que hacer allí, me tocaría volver a casa de mi padre, cosa que no quería por nada del mundo. No es que estuviese enfadado con él. Nos habíamos escrito unas cuantas veces, pero yo tenía muy claro que si regresaba allí, terminaría sin poder salir, convirtiéndome en alguien como mi padre, que no conocía más que su campo, su casa y su pueblo. Fuesen por los tebeos del Guerrero del Antifaz, Hazañas Bélicas y compañía, fuese porque los años cambiaban y cada vez teníamos más lejos la Guerra Civil Española y su posguerra o fuese por lo que fuese, yo no quería estar allí.
“El mismo día que me licenciaron de la mili, me incorporé a una empresa donde construían ballestas de coches. Yo tuve suerte, porque en esa época –estoy hablando del 55–, unos dos millones de españoles se tuvieron que marchar a Alemania y Francia porque aquí no encontraron trabajo. También yo estuve a punto de marcharme, pero por suerte, no me hizo falta. Y fue una suerte porque se habló muchísimo del superprogreso en Alemania y los salarios, pero de eso nada. Quizás unos pocos sí, pero la mayoría ganaba algo… que ya era mucho en comparación con estar en el paro.
“Seguí trabajando en esa empresa unos cinco años, hasta que me casé. Ella era una valenciana de pelo negro y ojos marrones de lo más guapa llamada Verónica y estuvimos saliendo juntos como era la costumbre hasta que al final, nos casamos, apenas tuvimos lo justo para pagarnos un sitio donde vivir. No podíamos elegir gran cosa, de modo que nuestro primer piso fue una casucha pequeña, pero para nosotros, era casi la gloria.
“A los dos años, en el 57, fue cuando nació Jorge. ¡Lo que te cambia ser padre!. ¡Ni te imaginas cuanto!. Y no es por los pañales y demás, sino por lo que uno siente, que ya tienes entre tus manos la siguiente generación, que en nada habría alguien que te llamaría “papá”, lo cual no hace sino que uno piense en su propia infancia y qué pudo ir mal y tuvo arreglo con su propio padre.
“Bueno, Jorge fue creciendo hasta que en el 61 asomó la cabecita José Luís, nombre en honor a mi suegro, que se había muerto aquel mismo año. Yo hubiera preferido otro nombre, pero tampoco iba a poner quejas dadas las circunstancias.
“El trabajo en la fábrica de ballestas se terminó –concretamente, hubo recortes de plantilla y yo quedé fuera– y me quedé en el paro. Fueron tiempos duros, casi de desesperación. Mis suegros tenían una pastelería –por la calle Jesús– y Verónica trabajaba allí también, donde podía echar un vistazo a los nanos si no los cuidaba sus abuelos, pero yo ya no tenía hueco. No daba para tantos y tampoco era aconsejable que los sueldos vinieran del mismo sitio. Yo lo pasé bastante mal. Ganábamos lo justo para vivir, pero pasando muchos apuros. No éramos los únicos, ni mucho menos, y estuvimos tentados de emigrar –al menos yo– al extranjero, por si así teníamos mas suerte. Al final tampoco me hizo mucha falta, porque después de pasar por varios trabajos temporales, me colocaron en una fábrica de azulejos, donde tenía que dar pequeñas pinceladas a cada azulejo para darles un toque de color. Tenia más bien poco de artístico, porque la cadena de preparación y secado no se terminaba nunca ni se detenía, pero no me quejé ni mucho menos.
“Ocho años más tarde, el 4 de agosto del 64, sucedió lo que fijo que es el peor día de mi vida, y fijo que lo peor que le puede pasar a casi nadie.
“Habíamos salido de paseo, mi mujer y mis hijos, cuando, en uno de esos instantes en que te distraes, Jorge se soltó de la mano que asía a Verónica, yo no me di cuenta de nada, y el niño, queriendo volver a ver unos juguetes de un escaparate, cruzó la calle sin mirar. Un coche, que iba a toda leche, le vio demasiado tarde, trató de frenar pero ya era demasiado tarde y le envistió.
“Fue… Es lo peor que le puede pasar a cualquier padre. Vero nunca se lo perdonaría, tanto así, que ni pudo ir al funeral, porque se creía la culpable de su muerte. Tardó casi un mes en tener el valor suficiente para ir al cementerio. Yo, por mi parte… –suspira mirando el techo, como tratando de ganar algo de tiempo que borre un brillo creciente en sus ojos húmedos–, bueno, lo superé antes, si es que algo así se puede superar.
“Aquello sí estuvo a punto de rompernos como familia. Mi hijo mayor fallecido en un accidente, mi mujer sintiéndose culpable y casi sin vida, el pequeño que no entendía nada ni le podíamos explicar porqué su hermanito no volvería nunca más y yo tratando de fingir la fuerza que en el fondo no tenía. Un día, cuando comprendí que aquello me superaba, cogí a Vero y se lo dije claramente, que no podía más y que si no me ayudaba, yo lo tiraría todo por la borda, porque la necesitaba también a ella, tanto como ella a mí. Se calló, se limpió los ojos y no dijo nada, pero desde el día siguiente, las cosas empezaron, no a ir mejor, porque eso parece casi imposible, pero sí a no verse con tanto dolor y a no permitir que la muerte de nuestro hijo supusiese la muerte de todos los demás.
“Comparado con todo aquello, lo demás casi es pura anécdota, salvo que José Luís se hizo mayor, encontré un nuevo trabajo, éste aún mejor, compramos nuestra primera tele, el niño se casó y, hace ocho años, Vero se cansó de aguantarme y se me murió.
“Ahora tengo 68 años y hace 3 que estoy jubilado, así que paso el tiempo dando paseos, leyendo cuando mis ojos me dejan y visitando a mi hijo, mi nuera y mis tres nietos. Por cierto, el mayor, Jorge, acaba de cumplir los 15 años y no sabes lo mucho que me recuerda a su tío.
“Pues bien, así, en pocas palabras –o muchas, según se mire– ha sido mi vida, pero como dicen, el tiempo pasado fue maravilloso, pero lo mejor está por llegar.
“¿O no?.