26 junio 2005

CAMINANDO

Así me veo a menudo, caminando sin cesar, sin poderme detener. El mundo gira una y otra vez, quiera o no, me guste o no. Como si fuera una rueda y yo un hamster; como aquel episodio de Ulises 31 donde el protagonista corría sobre una gigantesca cinta de Moebius con el riesgo de morir si se detenía; como la novela de Stephen King “La Larga Marcha” donde aquel que descansaba era ejecutado.
Hoy se ha levantado el Sol, como siempre lo ha hecho y como siempre lo hará. Y aquí estoy yo, de nuevo de pie, mirando por mi ventana sobre qué hacer en este mundo y qué va a hacer el mundo conmigo. Qué puedo hacer. Qué debo hacer.
Y, sobre todo, por qué.
Cada día me levanto con la misma pregunta, aún cuando no sé la respuesta. Mis manos me obligan a incorporarme, mis pies se apoyan en el suelo y camino, hacia delante, sin detenerme, sin poder parar. Siento que me empujan hacia algún lado incierto, que la vida es tan vertiginosa que trata de impedir que piense o reflexione sobre el por qué.
Intento no mirar por encima de mi hombro, procuro no mirar atrás porque, entonces, entonces sí, sé que perdería todas las fuerzas y me rendiría. Recuerdo aquellos sueños que tuve de niño y que, de momento esconderé, de días felices y cómo todos me fueron arrebatados sin entender las razones, sin una justificación. Si me detengo, si lo pienso, me asalta con la fuerza de un huracán sonidos e imágenes, sensaciones dormidas sin extinguirse, muertes etéreas aunque reales que me marcaron en la carne dejándome la piel intacta para aparentar ser uno más y eso es algo que no puedo soportar. Lo que hubiera podido ser y no fue; las maravillas y sueños de la infancia despedazadas por… ¿Qué?. No lo sé. Eso es lo terrible, que hubiera podido ser de otro modo.
Así pues, estoy obligado a caminar, a mover estos pies que me pesan como plomo, a continuar avanzando hacia ninguna parte, obligado a alejarme de mi espalda, ansiando escapar a la carrera, dejar atrás el sonido de mi propia voz que me persigue y me increpa a buscar respuestas que desconozco, que no entiendo.
Y hay momentos en que no consigo refrenar mi impulso y entonces acelero el paso, dando rienda suelta a mis pies y echo a correr, a alejarme de mis recuerdos por más rápidos que sean, a acelerar hasta un punto vertiginoso en el que olvide que estoy vivo aún y que todo lo que vive puede morir, a borrar cuanto me rodea para así fingir que nada es real y que lo que mantengo escondido es el producto de mi imaginación. Pero no soy lo bastante fuerte y cuando noto la garganta arder, los pulmones se me inflaman y cada bocanada de aire resulta un quemazón en mi interior, reconozco mi nuevo fracaso y a menguar mi sed de escapar, a reducir mi marcha, a convertirme en un caminante más en este mundo que sigo sin entender. Aceptando esta derrota, prosigo mi caminar, lento y continuo, aún cuando no ha desaparecido ese susurro que brota en mi oído que me pregunta: “¿Por qué tuvo que ser así?”. Sin llorar, porque no ese momento ya pasó, sin entristecerme, porque ya no se puede entristecerme más, continúo caminando con la música de Chi Mai, de Ennio Morricone de fondo. Es cuanto puedo hacer.
Caminar un poco más.

22 junio 2005

CIUDAD DE GORRIONES

Ayer, al salir del trabajo, en una callejuela peatonal me encontré con un gorrión que trató de remontar el vuelo cuando me vio pasar por su lado. Era un gorrión joven y, por lo que pude ver, sin herida alguna y, precisamente por la primera razón, apenas si conseguía alejarse un par de palmos, manteniéndose casi a ras del suelo.
Mi primera intención fue la de dejarlo, pero al final me decidí a tratar de cogerlo. Me costó unos pocos intentos, pues me era algo difícil anticiparme y atraparlo sin causarle daño. Una vez en mis manos, vi aquellos ojillos oscuros que me miraban con miedo, a merced de un gigantón –para él– que podría aplastarlo sin el menor esfuerzo. Para cualquier animal, urbano o no, cada día es una prueba de supervivencia y para aquel gorrión, quizás era una prueba que había fracasado. Me pregunto si los animales tienen miedo como los humanos, si se dan cuenta de cuándo van a morir y qué sienten en aquellos momentos. Me lo pregunto, pero poco tiempo. Son ideas fúnebres y tristes, y hace demasiado que cargo con ideas tristes sin poderme deshacer de ellas.
Pasé varios minutos pensando qué hacer con el animalito, pero no a solas. A poco de capturarlo, apareció otro gorrión, adulto, macho –lo sé por su mancha oscura al pecho, que los diferencia de los jóvenes y las hembras– que trinaba alarmado. También apareció la hembra, igualmente ¿asustada? ¿temerosa? ¿enfadada?. No sabría decirlo. Estaba claro lo que temían sus padres, que pudiese hacerle daño. Yo no tenía la menor intención, pero ellos no lo sabían ni yo tenía forma de hacérselo entender. Sólo me sorprendió la fuerza y el cariño que parecían profesar a su pequeñuelo, al que no perdían de vista en ningún momento.
Por un lado, me preguntaba si lo mejor no sería dejarlo en algún solar abandonado, confiando en que sobreviviese los suficientes días como para endurecer sus alas y aprender a volar libre. Por otro, me imaginaba que podría ser más seguro para el gorrión llevarlo a casa de mis padres y, en una jaula grande que tengo, de cuando criaba periquitos, criarlo durante unos días, hasta que fuese capaz de volar por propia cuenta y soltarlo.
Las dudas crecían, sin decidirme por ninguna en particular. Veía pros y contra, sin verlo claro por ninguna parte. Y, mientras, los padres, protectores y enfadados, riñéndome desde lo alto de una farola por haber cogido a su pequeñín y azuzándome a dejarlo libre.
Recordé cuando, años atrás, encontré un vencejo herido en la acera y traté de cuidarlo. No lo conseguí. Los vencejos son animales bien distintos a los gorriones y no era tan extraño. Además, su herida –quizás tuviera un ala rota– jugó en su contra. Este hubiera podido ser el destino del gorrión, de ese pequeño animalito que nos acompaña en jardines y parterres, en cualquier punto de la ciudad. Aunque en la mayor parte del tiempo en que mantuve al gorrión en mis manos se mantuvo quieto, probablemente rendido a mi superioridad física, intentó en un par de ocasiones escapar y, en una de tantas, por no dañarlo, acabó saltando de mis manos y, con pequeños saltos, se alejó de mí. Ya no traté de cogerlo una vez más.
Puede que no sobreviviese muchas horas. Puede que sí. Hay muchos peligros en la ciudad, sobre todo para un gorrión joven que aún no podía volar. En todo caso, viviese muchos meses o cayese en las fauces de algún gato callejero en las siguientes horas, lo haría libre. No puedo decir que fuese lo mejor para él. No sé lo que opinaría. Sólo sé lo que pasó.

Y hoy, al mediodía, desde un sillón próximo a un ventanal de la casa de mis padres, observé una pareja de gorriones buscar un nido, según me pareció ver. Era una pareja, sin lugar a dudas que no dejaban de revolotear en el alféizar de la puerta tapiada de un balcón, en una casa abandonada. En la parte superior, en un cajón de madera con algunos agujeros calados a modo de adorno, uno y otro se asomaban por la apertura más grande, sin llegar a entrar. Se mantuvieron allí durante cosa de diez minutos, no sé si preparando el terreno, estudiándolo o lo que fuese, hasta que terminaron por irse.
Valencia es una ciudad de gorriones, que están a nuestro alrededor, pese a que raramente nos demos cuenta de ellos. Afortunados quienes se detienen un minuto para verlos.
Y yo me pregunto, ¿qué sucedería con aquel gorrión joven que encontré ayer?. ¿Y la pareja que buscaba un lugar donde anidar?.
¿Lo lograrían?.
Quisiera creer que sí. Necesito tener esperanzas.

19 junio 2005

BIENVENIDA, SHIARA

“Te conozco. Sé que no lo sabes, pero es así. Créeme. Te conozco muy bien.
“Vienes de un lugar que creías conocer, que suponías que siempre sería así. Un día despertaste de ese sueño que llamabas vida, de ese sopor en que habías convertido la rutina, de esa certeza que calificabas como verdad.
“Ahora estás en otro mundo. No tiene que gustarte todo. A nadie le gusta por completo, pero no debe inquietarte. Pese a su lado oscuro, pese a sus parajes inhóspitos, Isla Cero es una tierra donde la ilusión, la magia, la fantasía, la excitación han sabido encontrar tierra fértil dando jugosos frutos como no has podido soñar. ¿O sí?. Porque, en tu interior, donde nadie más lo sabe, ¿cuánto tiempo llevas cobijando ese vacío que rellenas con el quehacer diario, con la comodidad de una vida sosegada, apacible?. Sabes que no es así como has querido vivir siempre. Lo sabes y a mí no puedes engañarme. ¿Recuerdas tus sueños?. Sí, esos que has sabido a enterrar y esconder, esos que has terminado por rechazar para evitar la desilusión de perderlos una vez más, esos que, no lo puedes negar, están ahí, que siempre han estado ahí.
“Como ves, te conozco muy bien, Shiara.
“¿Oyes mi voz?. Mientras te despides de esa vida quieta y adormecida, de esos días grises brillantes por fuera y vacíos por dentro, escucha mi voz. Vas a aparecer en mis dominios. Como te dije antes, no te agradará todo. Pero, créeme, si te atreves a seguir caminando, si enfilas tus pasos al frente, encontrarás algo que nunca nadie más ha conocido, algo que siempre quisiste obtener.
“Sembré tu vida de pistas para conducirte aquí, pero no soy yo quien debe calzar tus zapatos, ni mis ojos los que deben encontrar estas maravillas. Yo sólo estoy aquí para darte un saludo de bienvenida, para alimentar tu esperanza… y prevenirte sobre todo lo que puedas encontrar. Bueno y malo, hermoso y cruel, único y temible.
“Es la hora de tu elección. Regresa atrás o avanza. Pero si lo quieres, si lo deseas, Isla Cero te aguarda.

17 junio 2005

UN DISTANTE SUEÑO

Hace unos días tuve un sueño que aún recuerdo. El hecho es notable, porque, aunque estoy seguro de que sueño, rara vez me quedan destellos de con qué fue. Pero no sucedió así con el de hace días. Ese, incluso ahora, lo tengo aquí, guardado en las alforjas de viaje donde se guardan todos, a salvo de Yeinus, el ladrón de sueños. ¿Quién es Yeinus?. Eso lo explicaré otro día.
En las primeras imágenes, me veo volando. Es media tarde y estoy en el campo. Creo, aunque podría equivocarme, que se trata de los terrenos donde, años atrás, mis padres tenían una casa de campo con una enorme extensión, que incluía dos bosquecillos de pinos. Si fuese así, o si tan sólo una imagen distorsionada, lo ignoro. Sí recuerdo que estaba en una gran explanada, enorme incluso. Y yo, como dije, volaba. No lo hacía tumbado, como si fuera Superman, sino en una posición erguida, casi como si estuviera sentado en el aire, sintiendo el aire chocar con mi cara y agitar mi ropa.
La sensación era increíble. Es una idea fantástica que siempre me ha sorprendido e ilusionado. Debe ser maravilloso volar así, a pesar de que yo, sensatamente, sienta vértigo a las alturas en ocasiones. Al menos, en mi sueño, el miedo se había desvanecido y quedaba tan sólo la excitante y placentera hermosura de un paisaje veloz a mi alrededor, de una llanura difuminaba bajo mí y una casa que, poco a poco, se hacía más grande.
Llegué hasta allí y me detuve. Los detalles de desvanecen en este punto. Con alguien hablé, no sé quien. Igual un familiar. No lo sé. No entré en la casa, sino que, creo, le pedí un taburete (¿o era una báscula?). No estoy seguro. El caso es que me entregó un taburete, de asiento circular, de madera, con patas metálicas que apoyé en el suelo. Creo que (de ahí mis dudas), que el mismo asiento servía a la vez de báscula, para pesarme. Me subí encima pero, descuidado de mí, tropecé con el marco superior de la puerta, golpeándome en la cabeza, aunque sin mayor trascendencia. Así pues, aparté un poco más el taburete y volví a subirme (¿o pesarme?) encima del taburete.
No tardó mucho en llegar una chica. No sé quien era (en mi consciencia; en mis sueños, parecía conocerla muy bien). Tampoco recuerdo sus facciones, salvo que tenía el pelo oscuro y algo ondulado. Creo haberle preguntado si quería subir encima del taburete conmigo, a lo que ella accedió gratamente, con una sonrisa suya. Me incliné sobre ella, la tomé por la cintura y la aupé hasta que logró apoyar tímidamente sus pies en el estrecho asiento, cosa difícil por el poco espacio que quedaba, pero yo, sin embargo, le dije que podía retirar los pies sin miedo, que yo la sostendría. Cuando me preguntó si me pesaba mucho, yo sonreí y le dije que mirase hacia abajo. Fue entonces cuando lo hizo y se dio cuenta de que ni ella ni yo estábamos ya sobre el taburete, sino levitando, alejándonos más y más del asiento y la casa, flotando, volando hacia el aire, hacia… algún destino que ni siquiera yo recuerdo.
Ese es el sueño, tal como lo recuerdo. Pero a medida que lo he ido describiendo, se me ha ocurrido una bonita interpretación. No soy psicoanalista y tengo poca fe en la interpretación de los sueños, pero no puedo reprimir una faceta tremendamente romántica mía que me induce a pensar o descubrir los aspectos más hermosos e ideales de la vida.
Se me ocurre, pues, que volar es una sensación que puede representar la misma vida, el vivir, el sentirse vivo, disfrutando con lo que uno posee. Se vuela por un terreno vasto, amplio, tanto como es el mismo mundo. Quizás por diversión, quizás con algún sentido, tarde o temprano se llega a algún lugar que te detiene en tu vagar o vivir. Es cuando uno echa un vistazo atrás, solo o por consejo de alguien, que te hace cambiar el punto de vista propio, el subirte a un taburete o “pesar” lo que llevas contigo, cuando valoras lo que tienes o te falta. Y es entonces, al autocalificarte, que descubres que no puedes rellenar ese vacío que siempre has sentido dentro de uno, que volar sin más tiene una fecha de caducidad, que si tiene una finalidad, esa es la de llegar a algún punto clave en tu vida. Y si tienes suerte, aparece alguien, una persona que se deja acoger por tus brazos y tu a los suyos, que acepta, de buen grado, formar parte de ti para así, los dos juntos, unirse en lo que parece un lugar estrecho, incapaz de acoger a dos personas. Pero no importa. Al intentarlo, al poner ese empeño que sólo se logra cuando nace del interior, el espacio pequeño parece no ser sino un fragmento de algo superior, de un lugar infinitamente más grande. Lo que parecía ser una carga, se convierte en el aliento que logra lo impensable: que desde ese instante, la experiencia tan maravillosa como es volar, se haga con las manos unidas a otra persona y así, como la cosa más natural del mundo, despegar del vuelo bajo para ascender a un vuelo hacia lo más alto, hacia la eternidad.
¿Es eso una explicación de un sueño o es sólo la bonita interpretación de uno?.Tú eliges, pero puestos a escoger una alternativa, quédate con lo que te haga sentirte mejor, con lo que más disfrutes. Nadie te puede asegurar que no sea cierto, ¿verdad?.
Lo que sí debería preocuparte es, ¿quién es Yeinus?.

08 junio 2005

TRISTEZA

Es de noche y hoy me siento triste. Me ha llegado como una oleada, profunda e imparable. Nadie lo sabe, ni siquiera cierta persona con quien he hablado hace poco por teléfono. En realidad, creo que me sucedió por hablar con ella. Y no, no es que dijese nada malo, ni hiciese nada que me lo motivase. Creo que, por alguna razón que no acierto a definir, me he puesto especialmente pesimista sobre algunas cosas que, por ahora, me guardaré para mí, sobre esa sensación de pérdida o, quizás, de no alcanzar algo que puedo ver y no tocar; conozco y no puedo disfrutar. De lo que pudo haber sido y ya nunca será.
En mi casa silenciosa, con el calor del verano, con mis apuntes aquí al lado, esparcidos en el sofá donde me acuesto a estudiar, con la mirada puesta en el examen de mañana, con el recuerdo aún caliente del teléfono y todo lo que sin decirme, creí oir; sin ver, pensé descubrir, me siento triste.
Mañana pasará. Será otro día. Y hoy, mi tristeza se convertirá en un recuerdo más que esconderé para mí y una nota en un blog.

SUERTE

Ayer hice un examen. No las tenía todas conmigo, porque había mucha materia y buena parte pues… paso de memorizarlo. No me gusta aprender un listado de cosas sin más. Eso no tiene sentido. En cambio, me gusta comprender las teorías, los mecanismos, las cosas. Eso ya es distinto. Para aprender un conjunto de datos ya están los libros y demás.
Pero en fin, me preparé lo mejor que pude, fui, aún con algo de nervios y todo –soy muy autoexigente y no me gusta fallar en nada– y lo hice como pude.
Fue al llegar a mi casa cuando llegó la sorpresa. Ella –ella ya sabe quién es– me preguntó que si me había dado cuenta de algo. De si había mirado mi estuche. Y bueno, lo hice y no lo hice, porque apenas lo abrí y saqué un bolígrafo, para cerrarlo rápidamente. Ya digo que estaba un poco nervioso. Sin embargo, al hacerlo ahora, con más cuidado, enterrado entre un puñado de rotuladores bastante inútiles (lo que me hace preguntarme por qué los sigo llevando), encontré una nota que decía escuetamente: SUERTE!.
Lo cierto es que lamenté mucho no haberme percatado en su momento, pero así tienen que ser las sorpresas, preparándolas cuidadosamente para que exploten cuando sea el momento. En este caso, la espoleta no funcionó como debió –lo cual, repito, siento mucho; me gusta planear sorpresas (ella lo sabe muy bien) y me encanta que me las den (cosa que casi nunca me pasa, por desgracia).
De todos modos, si la realidad es como es, se puede pensar de igual modo que la realidad puede ser como también queremos que sea. Y en este caso, bien puedo pensar que, en el examen, sin que yo lo supiera, tenía la suerte escondida en el bolsillo.
Quizás eso explique por qué supe responder a todas las preguntas.

LA SONRISA DEL LADRÓN

Sé que lo que hice no está bien. Lo sé. No debía hacerlo y lo hice, pero la tentación siempre fue muy grande y yo, lo juro, no soy de piedra. Por el contrario, soy de carne y hueso, de piel que tiembla en ciertos momentos y de mente inquieta y voraz que se muestra inquieta cuando un deseo, sensual, cálido, hermoso, atraviesa eso que forma mi ser para alimentar las esperanzas de que, al acostarme, la vida me haya ofrecido una pequeña sonrisa.
Ayer obré mal y robé. Ahora ya es un día nuevo, bien temprano. La mañana me reclama y me exige cumplir con mis obligaciones, pero, antes, tengo tiempo para confesar mi pecado y explicarme a quien quiera que me estuviese leyendo.
Y es que ayer, fue un día especial. Quizás, alguno, diría que todos lo son, pero no es cierto. No todos lo son. Hay días monótonos, días tristes y días mejores. Ayer fue de estos últimos.
Shiara estuvo aquí, en mi casa. Llegó tarde, como muchas veces hace, pero llegó, como ha hecho igualmente otras veces –aún pocas–. De nuevo hubo risas –unas cuantas–, y momentos serios que exigían silencio y concentración. Pero no quedó todo ahí. Porque, como amistad –¿seguro?, me pregunta mi conciencia–, como cariño, como deseo, me permití, unas cuantas veces, abrazarla, mientras ella permanecía quieta en su silla, rodeando ese cuello desnudo de joyas con mis brazos y cercándola con mis mejillas las suyas. Su cabellera castaño–rojizo que, para mí, nunca tendrá olor alguno salvo el que me imagine, resultó sedosa al contacto de mi piel. La sensación de estar tan próximos fue tan… tentadora…
Porque en varias ocasiones, demostré –o decidí, vete a saber–, robarle un beso. Sí, ya sé que estuvo mal. Y que no debía. Pero que el fiscal no sea tan estricto porque fueron besos casi angelicales, carentes de malicia y que no albergaban más que una pizca de egoísta deseo. En su hombro una vez, y en su espalda, dos veces, le robé unos pequeños besos que escondí en mis alforjas para, rápidamente, montar a lomos de mi corcel volador y llevarlos donde nadie, ni mi conciencia, pudiesen volverlos a arrebatar. Y no sólo eso. Porque, uno especial, un beso en la frente, tan blanco y sincero como los otros, pero, este, cara a cara, aceptado, me lo regaló ella, que no tardaría en unirse a sus hermanos.
Ahora ya es otro día, otra mañana. Ya he dormido y descansado. ¿Me preguntas que si me arrepiento de mi robo?. ¿Qué si lamento lo que hice por mal que estuviese?. ¿Me recuerdas que no debía hacer algo así?.En mi humildad reconozco que prefiero ser un ladrón que roba y atesora esos besos de Shiara a un asesino que mata y condena un presentimiento sobre nuestro futuro más real que el Sol que se alza en el horizonte.

07 junio 2005

EL ESCONDITE

Cuentan que una vez se reunieron en un lugar de la tierra todos los sentimientos y cualidades de los hombres. Cuando el Aburrimiento había bostezado ya por tercera vez, la locura como siempre tan loca propuso:
-¿Jugamos al escondite?
-La Intriga levantó la ceja intrigada, y la Curiosidad sin poder contenerse, pregunto:
-¿Al escondite?¿Y como es eso?
-Es un juego -explicó la Locura- en el que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millón mientras ustedes se esconden y cuando yo haya terminado de contar, el primero de ustedes que encuentre se pondrá en mi lugar para continuar el juego.
-El Entusiasmo bailó secundado por la Euforia, la Alegría dio tantos saltos que termino por convencer a la Duda e incluso a la Apatía (a la que nunca le interesa nada).
-Pero no todos quisieron participar: la Verdad prefirió no esconderse (¿para qué? Si al final siempre la encuentran).
-Y la Soberbia opinó que era un juego muy tonto (pero lo que en el fondo le molestaba era que la idea no había sido suya), la Cobardía prefirió no arriesgarse.
-Un, dos, tres... comenzó a contar la locura.
La primera en esconderse fue le Pereza que como siempre se dejo caer tras la primera piedra del camino. La Fe subió al cielo y la Envidia se escondió tras la sombra del Triunfo que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol mas alto. La Generosidad no alcanzaba a esconderse, cada sitio le parecía maravilloso para cada uno de sus amigos, que si un lago cristalino ideal para la Belleza, que si una rendija de un árbol perfecto para la Timidez, que si el vuelo de una mariposa lo mejor para la Voluntiosidad, que si una ráfaga de viento ideal para la Libertad, así que terminó por esconderse tras un rayito de sol; el Egoísmo encontró un sitio muy bueno, ventilado y cómodo (pero eso sí, solo para él).La Mentira se escondió detrás del arco iris... ¡mentira! En realidad se escondió en el fondo de los océanos y la Pasión y el Deseo en el centro de los volcanes. El Olvido ¡ay! ¡Se me olvido! Pero eso no es lo importante.
Cuando la Locura contaba 999.999, el Amor aun no había encontrado sitio para esconderse, pues todo estaba ocupado, hasta que diviso un hermoso rosal, y enternecido decidió esconderse entre las flores.
-¡Un millón! –contó la locura, y comenzó a buscar-
La primera en aparecer fue la Pereza, solo a tres pasos de la piedra. Después escucho a la Fe discutiendo con Dios sobre la zoología, y a la Pasión y al Deseo los sintió vibrar en los volcanes. En un descuido encontró a la Envidia y no fue difícil encontrar al Triunfo. Al Egoísmo no tuvo ni que buscarlo, el mismo salió de su escondite, que resultó ser un nido de avispas. De tanto camino sintió sed y al acercarse al lago encontró a la Belleza y con la Duda resulto más fácil todavía: la encontró sentada en una cerca sin saber donde esconderse. Así fue encontrando a todos: el Talento entre la hierba fresca, la Angustia en una cueva oscura, la Mentira detrás del arco iris y hasta el Olvido al que se le había olvidado que estaba jugando al escondite.
Pero solo el Amor, solo el Amor no aparecía por ningún sitio, la Locura busco por detrás de cada árbol bajo de cada arroyo del planeta, en la cima de las montañas, y cuando iba a darse por vencida, diviso un rosal y sus rosas, y tomo una horquilla y comenzó a mover las ramas, cuando de pronta un doloroso grito se escucho; las espinas habían herido los ojos al Amor. La Locura no sabía que hacer para disculparse: lloro, rogó, imploro, pidió perdón y hasta prometió ser su lazarillo. Desde entonces, desde que por primera vez se jugó al escondite en la tierra, el Amor es ciego y la locura siempre, siempre lo acompaña.

Mario Beneditti

06 junio 2005

EL PEQUEÑO RECUERDO

Es mediodía y mi estómago gruñe reclamando comida, pero aquí estoy, regresando tras tanto tiempo, continuando mi viaje, la exploración que nunca termina y descubriendo fragmentos de un puzzle que todavía no sé como encajan unos con otros ni, mucho menos, qué cuadro formarán al final.
Viene a mi mente un pequeño recuerdo, de cierta persona con quien estuve hacía no mucho tiempo. Con quien hablé, con quien reí, con quien estudié. Comimos juntos, un pequeño sándwich cada uno que ella había traído de pavo y queso y también entonces hablamos. Yo, quizás, más que ella, puede que en mi intento por darme a conocer o puede que porque simplemente me surgiera así.
Es raro que permita que el tiempo se detenga y me dedique a rememorar momentos atrás. No me gusta la idea. Supone dormir un presente incierto y real por un pasado consumido y sin emociones, pero, a veces, sucede. Más común es en mí que sustituya estos recuerdos por ensoñaciones de momentos que nunca pasarán.
Pero ahora recuerdo esos momentos de mi pasado, la ropa, el ¿olor? a champú del pelo (sólo lo imagino), los hoyuelos de los que tanto se avergonzaba al reír o el tacto de la espalda cuando le di un pequeño masaje.
Los momentos fueron tenues, cálidos y agradables. Para mí, al menos. Sucedieron y pasaron. Pudo ser mucho mejor. Pudo ser mucho peor. En todo caso, fueron como fueron.
Por ello, más que servirme de complacencia sobre lo que sucedió, prefiero tomarlos como elementos que me sean útiles para lo que, tal vez, llegue a suceder. De momento, dejaré donde toca el atardecer que dio paso al anochecer, las espontáneas risas, las íntimas confesiones, los pensamientos que me callaré para siempre y las preguntas sin respuesta que ella nunca sospechará que una vez albergué.