Así me veo a menudo, caminando sin cesar, sin poderme detener. El mundo gira una y otra vez, quiera o no, me guste o no. Como si fuera una rueda y yo un hamster; como aquel episodio de Ulises 31 donde el protagonista corría sobre una gigantesca cinta de Moebius con el riesgo de morir si se detenía; como la novela de Stephen King “La Larga Marcha” donde aquel que descansaba era ejecutado.
Hoy se ha levantado el Sol, como siempre lo ha hecho y como siempre lo hará. Y aquí estoy yo, de nuevo de pie, mirando por mi ventana sobre qué hacer en este mundo y qué va a hacer el mundo conmigo. Qué puedo hacer. Qué debo hacer.
Y, sobre todo, por qué.
Cada día me levanto con la misma pregunta, aún cuando no sé la respuesta. Mis manos me obligan a incorporarme, mis pies se apoyan en el suelo y camino, hacia delante, sin detenerme, sin poder parar. Siento que me empujan hacia algún lado incierto, que la vida es tan vertiginosa que trata de impedir que piense o reflexione sobre el por qué.
Intento no mirar por encima de mi hombro, procuro no mirar atrás porque, entonces, entonces sí, sé que perdería todas las fuerzas y me rendiría. Recuerdo aquellos sueños que tuve de niño y que, de momento esconderé, de días felices y cómo todos me fueron arrebatados sin entender las razones, sin una justificación. Si me detengo, si lo pienso, me asalta con la fuerza de un huracán sonidos e imágenes, sensaciones dormidas sin extinguirse, muertes etéreas aunque reales que me marcaron en la carne dejándome la piel intacta para aparentar ser uno más y eso es algo que no puedo soportar. Lo que hubiera podido ser y no fue; las maravillas y sueños de la infancia despedazadas por… ¿Qué?. No lo sé. Eso es lo terrible, que hubiera podido ser de otro modo.
Así pues, estoy obligado a caminar, a mover estos pies que me pesan como plomo, a continuar avanzando hacia ninguna parte, obligado a alejarme de mi espalda, ansiando escapar a la carrera, dejar atrás el sonido de mi propia voz que me persigue y me increpa a buscar respuestas que desconozco, que no entiendo.
Y hay momentos en que no consigo refrenar mi impulso y entonces acelero el paso, dando rienda suelta a mis pies y echo a correr, a alejarme de mis recuerdos por más rápidos que sean, a acelerar hasta un punto vertiginoso en el que olvide que estoy vivo aún y que todo lo que vive puede morir, a borrar cuanto me rodea para así fingir que nada es real y que lo que mantengo escondido es el producto de mi imaginación. Pero no soy lo bastante fuerte y cuando noto la garganta arder, los pulmones se me inflaman y cada bocanada de aire resulta un quemazón en mi interior, reconozco mi nuevo fracaso y a menguar mi sed de escapar, a reducir mi marcha, a convertirme en un caminante más en este mundo que sigo sin entender. Aceptando esta derrota, prosigo mi caminar, lento y continuo, aún cuando no ha desaparecido ese susurro que brota en mi oído que me pregunta: “¿Por qué tuvo que ser así?”. Sin llorar, porque no ese momento ya pasó, sin entristecerme, porque ya no se puede entristecerme más, continúo caminando con la música de Chi Mai, de Ennio Morricone de fondo. Es cuanto puedo hacer.
Caminar un poco más.
Tarde de martes rara...
Hace 1 día