21 julio 2005

REFUGIO

Malherido mortalmente, alcancé mi casa y sólo el sonido de la puerta cerrándose a mi espalda me concedió un instante de tranquilidad. Aún con la mano sobre la cerradura, temiendo que se abriera para enfrentarme con el rostro de la Luz Muerta, hice acopio de fuerzas para no llorar, de cansancio, de tristeza, de pesar, de desilusión. Cuanto menos, lo había intentado. Pude caminar bajo la luz del Sol, respirar el aire libre, encontrarme con rostros que creí amigos y sentir cómo la Vida me rodeaba.
Hasta que, repentinamente, sin más, sin razón, apareció la Luz Muerta y todo me lo arrancó. Apenas logré sobrevivir y sólo un milagro que no necesitaba ni quería me permitió llegar hasta allí, a salvo de todos salvo de mí mismo.
Ni en el vestíbulo me sentí bien. Aún no era suficiente. Arrastré mis lágrimas por el pasillo para internarme en mi habitación, acurrucándome al pie de una ventana cerrada, con la persiana bajada casi del todo. Sólo un resquicio de luz, como una línea blanca, me cruzaba el rostro, matándome lentamente y haciéndome recordar.
Que más allá de las paredes de mi escondrijo aún no era de noche, que aún no habían muerto todos los sueños y que yo siempre sería un maldito y un paria del mundo.

05 julio 2005

ALGUIEN TE ECHA DE MENOS

No diré quien, pero alguien hay.
Que te echa de menos.
Que se acuerda de ti.
Que quisiera hablar contigo.
Que se conforma escribiendo en sueños sobre ti a falta de tener a la real.
Que tiene ganas de llamarte por teléfono y hablar contigo.
O que le llames.
O verte.
O ir a algún sitio.
O ver una película.
O mirarte hasta ponerte nerviosa... o complacida.
Hasta que le conozcas.
Hasta que te conozca.
Hasta que muera el día y muera la noche, y resucite el día y resucite la noche.
Alguien que quisiera olvidar lo que es decirte adiós.
Alguien que ya no tiene nombre pues en sus recuerdos sólo tiene cabida para la imagen de
Tu rostro.
Tu sonrisa.
Tu mirada esquiva
Tus manos lejanas.
Tu figura recortada a lo lejos.
Sencillamente tú, como eres, como no eres, como fuiste y como serás.
Shiara, alguien te echa mucho de menos.

CARTA DE AMOR SIN DESTINO

“Mi amor:
“Quizás lleve años deseando escribir esta carta, pero sólo ahora la he empezado y puede que no la termine. Porque no sé si ni siquiera existes.
“Son ya varias las personas que me han asegurado que estoy “enamorado del amor”. Y puede serlo. Desde siempre, desde niño, mi atracción hacia los libros, las historias, las fantasías me llevaron por caminos espléndidos y rutas lejanas a las más transitadas. Las historias son idealizaciones de la vida, son aventuras, pasiones, desenlaces. Y el amor no es sino una historia más, puede que la más deseada, por todo. ¿Cuántas canciones hay que tengan como tema el amor, el desamor, las rupturas, la soledad, los encuentros…?. Casi todas. Los cantantes de hoy son los poetas de ayer, pero, unos y otros, siguen alimentándose del mismo recurrente tema: el amor.
“Y ahí llego yo, a disfrutar y desear el amor en esa forma especial, única. Y ahí entras tú, porque tú, y sólo tú, eres la persona con quien puedo volver a enamorarme.
“No sé cómo te llamas. Ni cómo es tu cara. Aún desconozco si me gusta más tu sonrisa o ese brillo de tus ojos cuando me miras creyendo que no me doy cuenta. Sin saber tanto de ti, en realidad, te conozco como nadie más puede llegar a conocerte.
“Hay días en que me reprocho a mí mismo por pensar en estas tonterías. Son días tristes, de nubes espesas sobre mi ánimo y frío en mis huesos. Son días sin esperanza. De insípido realismo, quizás. La lógica, la probabilidad y el análisis se abren paso para golpear mi corazón y hacerme entender que la vida ni tiene que ser justa ni ha de terminar con un final feliz. La vida es eso, la vida; buena y mala según te toque y, justo por eso nos gusta tanto soñar, porque podemos resarcirnos de algo que no es real.
“Luego hay otros días, los menos. Son días donde surge la otra voz, tenue casi siempre, estrangulada por el Yo realista, que, escurriéndose entre los corpachones del raciocinio, busca un sitio apartado para gritar que él sigue estando ahí, que aún no ha muerto. Asesinarlo es, quizás, uno de los mayores deseos, pero, también causa miedo. Matarlo es matar la ilusión y la desilusión, la esperanza y la tristeza. Es la pasión y el desengaño. Es amar y morir.
“Pero aunque debilitada, aunque ronca, aunque apartada, sigue resistiendo. Y esa voz repite, una y otra vez, que tú existes. Que sin voz ni rostro, que sin cuerpo ni pasado, existes. Y cuando el día no es tan oscuro y la noche no tan fría, se me acerca y me muestra el futuro, en su bola mágica, me señala y me recuerda lo que sé que va a suceder. Y así es como llegué a conocerte.
“Existas o no, esta carta es para ti.
“Veo… veo infinidad de momentos, juntos, en compañía. Y, quizás, tú, en tu cabeza, en tu corazón o donde quiera que lo hayas enterrado, tengas tu propio Pepito Grillo que te repite lo mismo. ¿Lo recuerdas?.
“Como aquel día en que te esperaré a la salida de tu trabajo, donde te vendaré los ojos y te llevaré hasta la orilla de la playa. Será media tarde y habrá un poquito de brisa, pero cálida. Veremos el atardecer, nos cogeremos de la mano y no diremos nada más.
“Y ese otro día, ahora que futuro y pasado se funden como haciendo el amor, acuérdate también, de ese día en el que estabas especialmente irritada. Y yo también. No sabíamos por qué, pero lo estábamos. Y nos mirábamos con malas caras, nos mordíamos los labios, clavábamos las uñas en las palmas de la mano. El caminar ligero, rápido, a zancadas como latigazos nos hizo llegar a nuestra casa más pronto que de costumbre. El golpe de la puerta al cerrarse nos sobresaltó, nos agitó, nos empujó uno con el otro, clavando manos con cuerpo, apartándonos la blasfema ropa que nos cubría, haciendo el amor allí mismo, de pie, junto a la puerta. Con cierta rabia, con fuerza, sofocando la tensión acumulada en el frenesí que nos encendía por dentro. Nunca sabríamos porqué todo eso, pero sucedió. Sucederá. Lo sabes, ¿no?.
“Y aún hay más, infinitamente más, enloquecedoramente más. Porque lo llevo dentro, lo cargo sobre mis hombros a cada instante, en cada momento.
“Como cuando veíamos –veremos– la tele juntos, tu echada sobre el sofá, riéndote despreocupadamente; yo detrás de ti, donde no me podías ver, pero yo sí a ti... porque es a ti para quien no tendría ojos.
“O en ese viaje secreto que te organicé sin confesar el destino, en el que nos fuimos lejos de nuestras vidas para hacer el amor en un hotel distante, para comer en un restaurante al que nunca volveríamos, para pasear por calles que pronto olvidaríamos.
“O como cuando tratamos de hacer una tarta entre los dos y se nos quemó… o cuando cayó una tormenta tremenda sobre la ciudad y tú me abrazaste por miedo –¿o, acaso, sólo lo fingiste?–… o como cuando me quedaba mirándote fijamente y tú me replicabas un “¿qué pasa?” y yo te decía nada, pero sin apartar la vista de ti… o como cuando al llegar a casa descubrí que me habías preparado una cena romántica, encantadora, plácida e inolvidable…, o como cuando entramos en un sex–shop para comprar eso que ya sabes –y si no, mejor, porque volverá a ser tan sorprendente y excitante como la primera vez– y al llegar a casa nos fundimos entre risas, sonrojos y excitación.
“Cuantos recuerdos tengo de ti. Podría seguir durante hojas y hojas, hasta que el día se rindiese y cediese el testigo a la noche. Porque te recuerdo tan bien… En mis sueños, alguna vez, te has dejado vislumbrar por el rabillo del ojo, de ese modo tan esquivo como sois las hadas. Aún creo notar la sensación de tu mano en la mía, el cálido contacto que nunca se desvanecerá del todo, tu risa reverbera en mis oídos, tus labios, blanditos, suaves, vibrantes siguen cercando los míos, como retándolos a separarme de ti y sé que tengo que descubrirte porque, de lo contrario, no entendería cómo es que sigo con viviendo.
“Sé que estás ahí, aunque no me oigas, aunque no me leas, aunque no me sientas. En algún lado, perdida, porque tienes que notar ese vacío frío que lo engulle todo dentro de ti al notar mi falta, como yo siento la tuya.
“Esta carta, que no sé muy bien como terminarla, la llevo escrita durante años. Quiero entregártela, quiero abrir la ventana, gritar tu nombre y liberar la carta para que vuele hasta tus manos, pero no sé qué remite poner. Te tengo ahí, en ese lado de la vida que no se puede ver ni alcanzar, como la Luna, como la nostalgia, como el recuerdo. Te conozco y me he enamorado de ti.
“Incluso, por tu felicidad, por tu auténtica felicidad, podría renunciar a estar a tu lado. Podrían decir que eso equivale a morir, pero yo creo que es mucho más. Despedirse de ti, para siempre, de forma irrevocable es ir más lejos que la muerte: es desintegrarse, es ver explotar tus moléculas y es perder vaciar tu alma para que desaparezca en el aire como si nunca la hubieras cobijado. Si amar es darlo todo, renunciar a ti, debe ser perderlo todo.
“De pronto mi ánimo ha cambiado. De pronto veo el cielo gris, con pesadas capas de nubes que se empecinan en cubrir mi corazón.
“De pronto me siento triste. Por perderte cuando no te he encontrado. Por renunciar cuando aún no me has conocido. Por reconocer que sigo sin saber tu nombre o donde vives.
“O porque esta carta marca el final de otro día sin tenerte a tu lado.
“Pero si te llega esta carta, si acaso, por un milagro la recibes no lo dudes un segundo. Rápido, tan rápido como te sea posible, escríbeme, llámame, ven a mí. Y dame tu nombre, y tu dirección, y entrégame esa carta que escribiste para mí pero que tuviste que quedártela por no conocerme.
“Con amor, esperándote desde que nací,
“El Errante.