27 agosto 2005

ESPERANDO


Recojo mis piernas y me acomodo en la gran roca. A pocos metros, el mar embravecido se abalanza con violencia contra las piedras fragmentándose en mil gotas de brillante cristal y depositando la espuma burbujeante sobre su superficie, que no tarda en disolverse. Hace fresco pero no me importa mucho. A mi derecha, el Sol pugna contra las nubes en una lucha sin piedad. Hay zonas donde la luz parece vencer a las manchas grisáceas del cielo y columnas de pálida e impoluta claridad se anteponen a las sombras tristes y trágicas que presagian los oscuros nubarrones.
El aire es salado, pero lo soporto sin importarme mucho. Me queda mucho por esperar todavía y no es el momento de rendirme o decaer en la depresión. Las olas van y vienen, una y otra vez. El rugir resulta, en su brutal forma, relajante. Cierro los ojos y continúo aguardando.
Han pasado años y, al día de hoy, todo sigue igual.
Aún espero.

COMO UNO

Es la noche más hermosa que puedas imaginar. Ni siquiera la Luna se ha atrevido a dejarse ver para ocultar con su pálida luz el espectro celestial de millones de estrellas que centellean en lo alto del cielo, suave e hipnotizadoramente dividida por la Vía Láctea, un torrente de esplendor y maravillas ante la cual, las Artes del Hombre no tienen nada que hacer.
Mis pies desnudos hienden la arena con cada paso. La brisa es suave, como un paño de seda que besa mi cuerpo desnudo. El sonido susurrante de las olas lame la playa como sinuosos besos a la que envidio hasta que me aproximo lo suficiente como para sentir el agua tibia que humedece mis pies.
Respiro hondo y prosigo en mi caminar. El corazón se une a mi respiración acelerada y me fuerzan a calmar mis nervios, destrozados tras tantos días de espera.
Continúo despacio, dejándome besar los pies, las rodillas y mi cintura. Aproximo las manos y acaricio la superficie espumosa del mar, que se muestra tímida y expectante a cada movimiento mío. No tardo en sentirme flotar en ella, creciendo mis ansias de sumergirme en el agua para desparecer de la vista del Universo mismo. Paso tras paso, nuestras manos buscan el contacto del otro. Las mías bucean sin mayor tardanza en aquel ente líquido; las suaves olas azuzadas por la brisa veraniega me cubren y abrazan con el deseo de un amante jamás olvidado.
Cierro los ojos y me rindo, descubriendo que mis pies ya no tocan fondo y mi cabeza está lejos del aire puro. Extendiendo los brazos silencio mi corazón, apago mis pulmones y me mezo en el mar dejándome llevar a donde quiera conducirme, incapaz de resistirme por más tiempo a aquel deseo. Nos hemos fundido en uno sólo. Nos amamos y ya es imposible que nadie nos separe nunca más.¿Una muerte terrible dices?. Lo sería si aquel hombre fuese otro y si aquel mar amante no fueses tú, sumando nuestros cuerpos mientras hacemos el amor en la más hermosa noche de agosto.

BAILE DE ILUSIÓN

El mismo aire, antes cálido, húmedo, asfixiante, cargado con vapores de tabaco y alcohol, se tornó música.
Sucedió lentamente, con una dulzura y tibieza que no resultó amenazador para nadie, ni siquiera para Concha. En medio de la pista, bailando al compás frenético de la música, mezclada en un torbellino de cuerpos que danzaban a su aire, sintió como la música penetraba por sus oídos para inundarla de su belleza y su poderío. Se transmitió por sus venas y arterias hasta que sólo su frágil piel la retuvo en su interior, un saco de carne a punto de explotar de permitirlo ella.
Ni siquiera su pareja se dio cuenta de nada, entendió pronto. Para él, Concha era una muñeca que cerraba los ojos, alzaba los brazos y se dejaba mecer por los compases de la música, contoneando el cuerpo fundiéndose con el ambiente. Para él, Concha estaba a su lado.
La realidad era bien distinta.
Excavando en los recovecos de su alma, la sorpresa hubiera sido mayúscula. Como si fuera un mensaje cifrado, sólo audible para ella, sus ágiles pies marcaron un ritual oculto a la Humanidad hallando la clave que hizo que todo aquello que no fuera importante se desvaneciera. Tras tanto tiempo soportando el peso de la vida en sus ojos y sus manos, era el momento de liberarse, de arrancar la pesada carga que suponían las máscaras, las marionetas, las ilusiones y quedarse con lo único que de verdad le importaban en aquellos momentos. Concha sonrió a su acompañante buscando su complicidad y le miró para decirle: “No te preocupes. Estoy contigo”. Él devolvió su sonrisa y le dijo algo, pero no lo entendió.
El techo se desintegró de cuajo, arrancado por una mano gigantesca como quien destapa la lata de conservas en que se había convertido el pub, con hombres y mujeres apretados e inmersos en una salmuera en forma de música, alcohol y baile. Nadie pareció darse cuenta y Concha no se preocupó más, ni siquiera cuando las paredes que conformaban el local se despedazaron llevadas por la fiereza de un huracán aparecido de pronto.
Concha volvió a sonreír a su acompañante. Le tendió una mano y se apretujó contra él. Así, los dos solos estarían mejor. A salvo de la vida misma. Y, en torno a ellos, cada persona, hombre o mujer, se volvieron invisibles e inaudibles, menguaron, empequeñecieron, se evaporaron. Todo era lo mismo, figuras carentes de sentido, de importancia en la vida de Concha. Bien lo sabía ella. Al apartarlos de sus ojos, pronto no quedaría ante ella más que lo que siempre buscó con afán. Su pasión, el fuego intenso, la luz azul y blanca que mantuvo reducida a ascuas pronto resurgiría. Se vio obligada, culpa de las desilusiones, de la tristeza, del pesar… de la muerte en vida, a esconderla en algún rincón de su alma para evitar perder su sangre. Como una llama Olímpica, ahora no quedaba más que un punto de luz roja en un océano de brea oscura y viscosa, densa, asfixiante. Pronto, se dijo, pronto regresaría. Lo primeo era apartar las ilusiones, esos engaños que la realidad colocaba delante de ella para engañarla y confundirla, para esconder la pureza de la pasión que andaba buscando.
Y así, primero el local, luego las personas; al final incluso el suelo mismo los apartó de sus ojos para quedarse únicamente con su acompañante, que constituía lo… no… ¿tampoco él?. Porque aún cuando le estaba sonriendo; aún cuando mantuviese sus brazos en torno a su cintura; aún cuando sus ojos oscuros se posaran en ella… Aún con todo, también su cuerpo se tornó traslúcida. Su voz se apagó. Su presencia se hizo un mero recuerdo.
Concha, en mitad de la nada, en mitad de aquel océano oscuro, eterno y mortecino, volvió a quedarse a solas.
Para indiferencia de los demás y desconcierto de su acompañante, Concha se detuvo. También él era una ilusión. No era quien buscaba.
–¿Qué sucede? –le preguntó confuso.
Con la mirada puesta en el abismo, Concha respondió:
–Debo seguir buscándole.
Sin ver ni oír nada más, se marchó para encontrar ese alguien cuyo corazón era pólvora y cuyas miradas chispas.

09 agosto 2005

TOMÁS

Recostado en su cama, vigilado estrechamente por unos y con disimulo por otros, Tomás aguarda nervioso y asustado.
Soportando sus noventa y tres años, apenas le quedan las fuerzas para girar la cabeza y encontrarse con los ojos llorosos de Adela, su nuera, que, sentada en una silla junto al lecho, parece incapaz de articular una palabra sin romper a llorar. Junto a ella, de pie, huyendo su mirada y apretando los dientes para endurecer su tosco semblante, su hijo Adolfo soporta la ansiedad como le es posible. Su ánimo alienta sus pies para huir; su coraje se los clava en el suelo. Tomás lo lamenta por él, por toda su familia por hacerles sufrir así.
Con un ligero temblor, quizás para sofocar esos nervios lacerantes que aún empeoran el ánimo, mira más allá de la puerta de su dormitorio y encuentra las siluetas de su primogénito, José Luís, la de su buen amigo Ricardo y las de Maria José y alguien más que ya no logra determinar. El esfuerzo de fijar la vista tan lejos le agota y Tomás cierra los ojos procurando descansar.
Le es imposible. A su cabeza le llega un rumor lejano y distorsionado. Son las voces mezcladas y retorcidas de sus parientes, todo ello confundido con la de su propia respiración, ronca y profunda, que presiona sus costillas con cada respiración. Apenas si puede continuar. Ni para respirar le quedan ya fuerzas, él que siempre fue un hombre robusto, capaz de trabajar en el campo de Sol a Sol sin descanso. Pero ahora, con la piel y el alma gastada por los años, parece un muñeco frágil y ligero al que no le queda carne para soportar el peso de su espíritu que pugna por escapar.
También tiene miedo. Son sus últimos minutos –¡no días, sino minutos!– y la muerte le aterroriza. No soporta aquella lejanía a la misma vida, la sensación apremiante de que es el fin, de que todo termina para él. Quiere creer que las religiones siempre han llevado razón y que hay algo más después, pero el miedo se ceba con Tomás sin tregua. La angustia crece y cuando una gota de saliva entra por el cauce que no le corresponde, salta de la cama tosiendo de un modo ensordecedor, exudando algo que araña su pecho y garganta como finas e incontables cuchillas. No pasan ni dos segundos hasta que sus hijos se lanzan sobre él, con los rostros desencajados por el horror gritando todos a la vez –¡Padre, padre!. ¿Qué te pasa?. ¡Llamad al médico!–, pero Tomás apenas entiende nada, demasiado asustado convencido de que le ha llegado su último aliento. Pero su piel roja granate en el rostro, el espasmo que ha dejado una grave secuela en su espalda desaparecen y pronto sólo queda su lento respirar y, aún de fondo, el retumbar de ese viejo corazón que de pronto se ha acelerado innecesariamente.
Un cuarto de hora después casi ha regresado la normalidad, salvo que ahora ya nadie permanece más allá de la puerta, Adela está siendo calmada por Maria José y Adolfo, y sigue lo suficiente vivo como para comprender lo mucho que le asusta morir. Por un momento… Por un momento creyó que le había llegado la hora. Lo trágico, lo horroroso, lo insoportable es que aquella falsa alarma no es sino el aviso de lo que está a punto de suceder. No tardará mucho en morir y eso a Tomás le da un pavor insoportable.
Incluso su visión se empequeñece. Será que es ya media tarde o no será eso, pero teme aquel atardecer. Le parece, incluso, que ya nadie habla. Quizás sólo sean capaces de guardar un respetuoso silencio, pero desearía oírles ahora que aún está a tiempo.
La pesadez de su cuerpo crece. Ni siquiera tiemblan ya sus manos. O no se da cuenta de si es así. Su respiración se relaja ligeramente. Apenas siente dolor, gracias a los calmantes que atenúan y le arrancan toda sensación en sus viejos músculos. Los párpados le pesan tanto…
En cuanto los baja, presiente cómo todos le rodean alarmados. Tomás se esfuerza en sonreírles un poco, pero su boca sin dientes y cortada por las arrugas es torpe en responder. Lamenta tanto hacerles pasar por aquel mal trago… Cada pensamiento suyo es como melaza resbalando en su cabeza, un algo pesado y denso que lo ocupa todo. Ya ni sabe si siguen ahí todos o si le han abandonado. Pero se le desvanecen las ideas, los pensamientos…
El respirar se torna rítmico y mudo. La melaza rellena su boca y sus pulmones. No sabe si le cogen la mano.
No siente ya nada. Sólo hay pesadez. Lejanía. Soledad.
Y, pronto, ni eso…
Ha muerto.

06 agosto 2005

LLUVIA DENTRO DE CASA


Sin hacer el menor ruido, procurando no despertar a Ernesto que yace en la cama a mi lado, aparto las sábanas, me calzo las viejas sandalias y salgo de la habitación. Dudo por un instante, pero son pocos los lugares a donde puedo refugiarme y, abrazándome, y no de frío, me encamino hasta el cuarto de baño. En la tapa del retrete me siento, alzo la mirada que traje arrastrándola por el suelo y espero que empiece a llover sobre mí.
Serán las dos o las tres de la madrugada. No lo sé. Tampoco importa tanto cuando se tiene tanto tiempo que una podría ser rica de venderlo a quien lo necesitase, que no son pocos. Pero a mí me sobra. De lo que ando justa son de ganas de vivir.
Pienso en el ayer, cuando era joven, cuando era feliz. Como si lo tuviese escrito en las punteras gastadas de mis sandalias, rememoro mis años en el instituto, cuando solía reír, cuando la vida era un juego y yo era su Reina. Tenía ilusiones, tenía planes y todos fueron haciéndose realidad. Algo así.
Me falta uno para alcanzar la treintena y mi depresión va abriéndose paso dentro de mí, día a día, vaciándome, mostrándome lo que no soy, lo que no llegué a ser y, sobre todo, lo que ya nunca seré, pues tengo casi treinta años y no sé qué hacer.
La culpa es de Ernesto, quiero creer. Debe ser su culpa porque debería despertarse, descubrir mi ausencia, aparecer aquí, agarrarme por los brazos, decirme que me desea salvajemente, que vamos a ser felices y que tenga cuidado con el fuego que brota de su corazón. Pero no, no pasa eso. Él sigue durmiendo y yo continúo aquí, sentada en el retrete, triste, sola y marchita.
No era así antes. Años atrás, cuando empezamos a salir juntos, éramos muy felices. Lo era yo al menos. Vivíamos pendientes uno del otro, nos llamábamos sin motivo, nos empujábamos en algún portal mal iluminado por las farolas de la calle y nos dejábamos llevar por la pasión del momento y el deseo de cada día. Pero todo ello fue decreciendo, la monotonía nos supo dominar y ahora somos dos novios que viven juntos y no se dan cuenta de cuándo uno falta de su costado mientras duerme.
No quiero que siga así. No quiero. Para mí, al menos, no es suficiente. Puede ser una gran persona, cariñosa y amable, pero así es un hermano, un amigo o un perro, y yo busco, necesito, ansío, algo más. Quiero sentirme guapa, quiero no pensar en que sólo me queda un año para los treinta sino que aún sólo tengo veintinueve. Quiero que me arranque la ropa cuando estemos a punto de salir y quiero que me mire con esa mirada lasciva que perdió años atrás.
Con la manga de mi estúpido pijama me seco las lágrimas que parecen caer del cielo. ¡Un pijama!. ¿Por qué no un camisón, por qué no un picardías sexy, escotado, atrevido, obsceno?. Porque no es cómodo y no vale la pena cuando su única recompensa es una mera sonrisa y, quizás, un polvo aburrido y cómodo el fin de semana. Nuestra relación tiene todo lo deseable en una relación de amigos, todo menos esa sensación de congoja, esa tensión excitante por sentirse enamorada.
Porque a Ernesto le quiero, pero ya no le amo.
Y no sé cómo decírselo.
O si debo.
¿Cómo se le dice a tu novio que no es lo que esperabas, que te gusta, pero no es suficiente para ti?. Algo así siento, viendo pasar ante mis ojos fotografías de un ayer que se las prometía muy felices y comparándolas con mi imagen en el espejo que me enseña las arrugas de una vida imperfecta y tibia, amargándome, haciéndome dudar de si esto ha de ser mi vida, de si es cuanto quiero o cuanto merezco. ¿Hay algo más ahí fuera, lejos de mi mano, al otro lado de la puerta de la calle que en noches como ésta quisiera traspasar con varias maletas en una mano y el eco de un “lo siento” y un “adiós” en la otra?. ¿Lo hay?.
Que alguien me lo diga, por favor, que alguien me diga que existe.
Alzo la cabeza y descubro que la lluvia acrecienta. Es una noche gris que me moja la cara y el estúpido pijama, en que caen truenos y relámpagos sobre mí, en que aseguro que he perdido mi apetito sexual cuando lo que me falta es un motivo para tenerlo, en que lamento mi flaqueza para refugiarme en aquel raquítico rincón de mi casa, en que me enfrento a la puerta de madera de un cuarto trastero en lugar de ser la habitación de los niños, en que pasan los años y no sé si ya es tarde para ser feliz cuando aún no tengo treinta años. Es pronto, pero ¿pronto para qué?. Aún soy joven, pero, ¿joven para qué?.
Con paciencia, espero que deje de llover. Las lágrimas se hacen más pequeñas y pronto desaparecen. No así mi desánimo ni mi pesar. No he arreglado nada ni aquella escapada me ha servido de mucho. Sólo ha sido una noche más. Quizás mañana sea ese día, en que descubra si debo empezar de nuevo…
De nuevo. De cero. Otra vez. Una vez más. Conocer a alguien. Hablarle. Escucharle. Que te escuche. Que te mime. Que te regale un día perfecto. Pasar un fin de semana en Toledo. Nuestra primera noche de sexo juntos. Nuestras primeras promesas alimentadas por el morbo y la pasión. Sentirse endiabladamente enamorada. ¿Algo así?. ¿Es lo que me espera mañana?. Porque ese día sucedió ayer, él se llamaba Ernesto, le tengo dormido en la cama y ahora quisiera dejarle.
Estiro las piernas, me pongo en pie y regreso al dormitorio. Él sigue dormido y yo hago lo mismo. Trato de dormir y, un tiempo después, con el olor de las lágrimas secas sobre mi piel, me duermo.