
Sin hacer el menor ruido, procurando no despertar a Ernesto que yace en la cama a mi lado, aparto las sábanas, me calzo las viejas sandalias y salgo de la habitación. Dudo por un instante, pero son pocos los lugares a donde puedo refugiarme y, abrazándome, y no de frío, me encamino hasta el cuarto de baño. En la tapa del retrete me siento, alzo la mirada que traje arrastrándola por el suelo y espero que empiece a llover sobre mí.
Serán las dos o las tres de la madrugada. No lo sé. Tampoco importa tanto cuando se tiene tanto tiempo que una podría ser rica de venderlo a quien lo necesitase, que no son pocos. Pero a mí me sobra. De lo que ando justa son de ganas de vivir.
Pienso en el ayer, cuando era joven, cuando era feliz. Como si lo tuviese escrito en las punteras gastadas de mis sandalias, rememoro mis años en el instituto, cuando solía reír, cuando la vida era un juego y yo era su Reina. Tenía ilusiones, tenía planes y todos fueron haciéndose realidad. Algo así.
Me falta uno para alcanzar la treintena y mi depresión va abriéndose paso dentro de mí, día a día, vaciándome, mostrándome lo que no soy, lo que no llegué a ser y, sobre todo, lo que ya nunca seré, pues tengo casi treinta años y no sé qué hacer.
La culpa es de Ernesto, quiero creer. Debe ser su culpa porque debería despertarse, descubrir mi ausencia, aparecer aquí, agarrarme por los brazos, decirme que me desea salvajemente, que vamos a ser felices y que tenga cuidado con el fuego que brota de su corazón. Pero no, no pasa eso. Él sigue durmiendo y yo continúo aquí, sentada en el retrete, triste, sola y marchita.
No era así antes. Años atrás, cuando empezamos a salir juntos, éramos muy felices. Lo era yo al menos. Vivíamos pendientes uno del otro, nos llamábamos sin motivo, nos empujábamos en algún portal mal iluminado por las farolas de la calle y nos dejábamos llevar por la pasión del momento y el deseo de cada día. Pero todo ello fue decreciendo, la monotonía nos supo dominar y ahora somos dos novios que viven juntos y no se dan cuenta de cuándo uno falta de su costado mientras duerme.
No quiero que siga así. No quiero. Para mí, al menos, no es suficiente. Puede ser una gran persona, cariñosa y amable, pero así es un hermano, un amigo o un perro, y yo busco, necesito, ansío, algo más. Quiero sentirme guapa, quiero no pensar en que sólo me queda un año para los treinta sino que aún sólo tengo veintinueve. Quiero que me arranque la ropa cuando estemos a punto de salir y quiero que me mire con esa mirada lasciva que perdió años atrás.
Con la manga de mi estúpido pijama me seco las lágrimas que parecen caer del cielo. ¡Un pijama!. ¿Por qué no un camisón, por qué no un picardías sexy, escotado, atrevido, obsceno?. Porque no es cómodo y no vale la pena cuando su única recompensa es una mera sonrisa y, quizás, un polvo aburrido y cómodo el fin de semana. Nuestra relación tiene todo lo deseable en una relación de amigos, todo menos esa sensación de congoja, esa tensión excitante por sentirse enamorada.
Porque a Ernesto le quiero, pero ya no le amo.
Y no sé cómo decírselo.
O si debo.
¿Cómo se le dice a tu novio que no es lo que esperabas, que te gusta, pero no es suficiente para ti?. Algo así siento, viendo pasar ante mis ojos fotografías de un ayer que se las prometía muy felices y comparándolas con mi imagen en el espejo que me enseña las arrugas de una vida imperfecta y tibia, amargándome, haciéndome dudar de si esto ha de ser mi vida, de si es cuanto quiero o cuanto merezco. ¿Hay algo más ahí fuera, lejos de mi mano, al otro lado de la puerta de la calle que en noches como ésta quisiera traspasar con varias maletas en una mano y el eco de un “lo siento” y un “adiós” en la otra?. ¿Lo hay?.
Que alguien me lo diga, por favor, que alguien me diga que existe.
Alzo la cabeza y descubro que la lluvia acrecienta. Es una noche gris que me moja la cara y el estúpido pijama, en que caen truenos y relámpagos sobre mí, en que aseguro que he perdido mi apetito sexual cuando lo que me falta es un motivo para tenerlo, en que lamento mi flaqueza para refugiarme en aquel raquítico rincón de mi casa, en que me enfrento a la puerta de madera de un cuarto trastero en lugar de ser la habitación de los niños, en que pasan los años y no sé si ya es tarde para ser feliz cuando aún no tengo treinta años. Es pronto, pero ¿pronto para qué?. Aún soy joven, pero, ¿joven para qué?.
Con paciencia, espero que deje de llover. Las lágrimas se hacen más pequeñas y pronto desaparecen. No así mi desánimo ni mi pesar. No he arreglado nada ni aquella escapada me ha servido de mucho. Sólo ha sido una noche más. Quizás mañana sea ese día, en que descubra si debo empezar de nuevo…
De nuevo. De cero. Otra vez. Una vez más. Conocer a alguien. Hablarle. Escucharle. Que te escuche. Que te mime. Que te regale un día perfecto. Pasar un fin de semana en Toledo. Nuestra primera noche de sexo juntos. Nuestras primeras promesas alimentadas por el morbo y la pasión. Sentirse endiabladamente enamorada. ¿Algo así?. ¿Es lo que me espera mañana?. Porque ese día sucedió ayer, él se llamaba Ernesto, le tengo dormido en la cama y ahora quisiera dejarle.
Estiro las piernas, me pongo en pie y regreso al dormitorio. Él sigue dormido y yo hago lo mismo. Trato de dormir y, un tiempo después, con el olor de las lágrimas secas sobre mi piel, me duermo.