21 julio 2006

LO MÁS ALTO


Te sientas en el mismo borde, dejando colgar tus piernas que sobrevuelan el vacío, un abismo capaz de engullirse el mundo entero. Desde allí arriba, en el mismo pico de la montaña más alta de la región, descubres que el mundo no es tan grande como siempre te habían contado, puesto que parece desplegarse a tu alrededor, al alcance de la mano.
Alzas la cabeza y vislumbras el Sol, elevado sobre el cielo azulado, apenas roto por algunos jirones de nubes esparcidas aquí y allá. Cierras los ojos y dejas que la calidez que desprende el astro rey te acaricie tus mejillas blanquecinas. Descubres sonidos cercanos cuando te creíste solo, y presencias de vida allí donde tú llegaste, que quizás te miran y te sonrién por tu proeza cuando ellos, diminutos insectos, meticulosas arañas y brillantes pajarillos, alcanzaron la cima sin tanto esfuerzo ni tanto orgullo.
Un cri–cri en lo alto de un pino, a tu derecha. Y un pájaro –¿un jilguero? más allá. La vida te rodea así que si intentabas escapar de ella fracasaste.
Al abrir los ojos parpadeas, pues la luminosidad lo cubre todo y te sientes cegado. Y no solamente por la luz, sino también por la maravillosa vista a la que has accedido tras un largo paseo, una buena caminata ascendiendo por la ladera y unas manos arañadas por el roce cortante de piedras afiladas, espinas en arbustos y corteza áspera de árboles.
Ves una sierra, con montañas que suben y bajan, fundiéndose a modo de siamesas cada una con la siguiente, de tonalidades azuladas y verdosas, parcheadas de tanto en tanto por algún bosquecillo. Más abajo, mucho más abajo, divisas una explanada donde un grupo de domingueros han establecido su campamento, instalando sus coloridas tiendas y las cavavanas a lo largo de un riachuelo del que, a diferencia de ti, desconocen su origen. No hace ni media hora descubriste el punto del que brotaba un fuerte chorro de agua fría y cristalina con el que te remojaste la cara.
La Naturaleza te rodea y te sientes vivo. No de esa clase de viveza que buscan algunos en las experiencias fuertes, íntimas, sino en la tranquilidad y paz que desprende el encontrarse en el mejor lugar del mundo, con un valle como paredes, el agua de manantial como grifos, el Sol como lámpara y el cielo como techo. Te costó llegar hasta allí, piensas, pero valió la pena. Muchos mostraron su intención de hacer lo mismo, pero la dureza de la ascendió terminó por reducir el grupo inicial hasta la unidad, apagando su orgullo y ensanchando el tuyo. Fuiste el único en lograrlo.
Cuando miras a lo alto, descubres una pareja de pequeños halcones que recorren tu techo a mucha más altura de donde te encuentras tú, y a mucha más altura de lo que tú jamás llegarás. Aceptas tu ración de humildad y te echas hacia atrás, cerrando los ojos, aún con los pies colgando del vacío.Para ti, puesto que nadie más te ve, sonries.

3 comentarios:

laura dijo...

La verdad, un paseo hasta lo alto de una montaña deja el alma esponjada... Se aprende tanto de la vida, de uno mismo al caminar, al contemplar la naturaleza y dejarse sorprender... Sí, la vida es un camino, y a veces llegamos solos a contemplar esa cima, a veces necesitamos esos tiempos de soledad. Otras veces, compartimos camino, nos ayudamos a superar dificultades: una mirada, una sonrisa, una mano tendida a tiempo, o simplemente esperar a que el otro avance...
Ainssss, Errante, gracias, sigue escribiendo. Me encanta leerte, dejarme envolver por tus palabras...

Anónimo dijo...

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