
Con los ojos bien abiertos y el corazón en un puño, el pequeño pájaro sobrevolaba el bosque tan ráudamente como le permitían sus alas multicolor. Procuraba zigzagear entre las ramas, aproximándose a ellas hasta el punto que no tardó mucho en sentir ligeros arañazos en su plumaje. El dolor en su pecho diminuto se tornó una mancha de fuego que creció por momentos engulléndole, pero no se permitió ningún descanso, ni un piar de dolor siquiera.
Detrás de él, un halcón le cercaba con los ojos clavados en su cuerpo y el afilado pico abriéndose únicamente para lanzar su grito de ataque. El pájaro se internó aún más en el bosque, descendiendo allí donde el cazador no pudiera perseguirle, pero no las tenía todas consigo. Su vuelo llevaba tiempo volviéndose paulatinamente más lento, sintiendo el agotamiento gradual de sus alas y una asfixia que minaban sus fuerzas. El halcón, lo presentía, jamás se cansaría. No así el pájaro, que ya veía su muerte próxima.
Tras descender por un barranco, en una zona de escasa luz, creyó que había ganado ventaja. La gran ave de presa tendría severos problemas para internarse con la facilidad de él, pero, con todo, era mejor pecar de prudente. Situándose sobre una gruesa rama, dio pequeños saltitos para otear a su alrededor. El bosque callaba, permitiéndoles actuar con el salvajismo y crudeza que siempre marcaba la Naturaleza. ¿Estaba a salvo?.
No.
Apareció de inmediato. Una figura oscura manchada con dos llameantes ojos amarillos y una boca engullidora que se precipitó sobre él. Sus afiladas garras pasaron rasante a su costado y el pájaro se arrojó a la nada, más espantado que herido. Aquel grito, tan afilado como sus uñas, le sobrecogió como a todo el bosque mismo.
Serpenteó entre los gruesos troncos de coníferas, yendo de aquí y allá, en un rumbo incierto pero que le concediera algunos minutos más. Su vida estaba…
Perdida.
Volvió a atacar, y ahora con más acierto que antes. Sintió la garra cruzarle el estómago y un líquido caliente salió a borbotones de su estómago herido, cubriendo sus plumas de un color rojizo, pero no abrió el pico siquiera. Con aquella herida, el pájaro no pudo volar y salió precipitado hacia no sabía donde. Un par de ramas se interpusieron en su camino, rompiéndolas y rompiéndose en su caída hasta chocar con el duro suelo. Confuso y malherido, pero consciente, el pobre pájaro se puso en pie, con su mente aguardando el ataque final. ¿Llegaría por aquí, por allá?. ¿Ahora, luego?. Hubiera querido piar llevado por el cruento dolor en su cuerpo, pero no lo hizo. No podía. Trastabilló por el suelo cubierto de un grueso manto de las afiladas y secas hojas de pino y, con toda visión dándole vueltas, alargó las alas para el que iba a ser su último vuelo.
Logró remontarlo, por mal que le pesase. Hubiera querido rendirse, pero era un pájaro y los pájaros no conocen muchas cosas. Sólo que los halcones eran sus cazadores y sólo que su obligación era volar.
En su último vuelo el pájaro sin nombre hizo lo que pudo. Ya había olvidado las mañanas de invierno cuando la nieve cubría el bosque y le costaba grandes esfuerzos encontrar alimento para sí y los suyos; las tardes lluviosas que le empapaban; esos veranos de Sol cálido e intensos olores; las serpientes, los halcones y los cernícalos. Con un volar cansino y torpe, un sube y baja llevado por la desaparición de sus fuerzas, el pájaro recuperó la memoria de la parte del bosque que conocía y pronto encontró su árbol, uno grande, pero no demasiado, hermoso, pero no llamativo. Era su fin y bien que lo sabía. No distinguía mucho las formas, los colores o los olores. Tenía un ojo inservible y dejaba a su paso gotas de sangre que se estrellaban contra el suelo desde las alturas. Y luego, tuvo que superar la altura que llevaba marcando, ascendiendo más y más, aún más arriba, hasta que encontró un amasijo de palitos y ramas, un nido grande donde, más que aterrizar, se dejó caer ya muerto. Su boca, al fin, se abrió y de su menudo pico salieron unas pocas semillas que fueron engullidas por sus dos crías, que seguirían piando mucho más tiempo.
Desde lo alto, vigilante, el halcón volvió a gritar y se precipitó hacia el nido.
2 comentarios:
joderr :( no me digas que alfinal el halcon se comio a las crias y el pajarito aainnsss, muy bunito pero joo real pero cruel.
prefiero llorar por la despedida que por el pajarito ssniif sniifff
Igual que pando... todo el relato con el alma en vilo, pendiente del pajarito y al final queda la pena por las crias (devoradas o huérfanas), pero al tiempo... no sé, me recuerda lo importante de darlo todo cuando sabes que otros están dependiendo de ti. Ole ahí al pajarito, pues no todo el mundo es capaz de luchar cuando todo viene torcido, otros deciden abandonar, o abandonarse. Cuando se tiene un porqué, la vida (y la lucha, la muerte, etc) se ve de otro color.
Saludos Errante.
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