
El hombre llevaba más de diez minutos de pie sin saber qué decir. Tamborileaba el pie izquierdo y el picor de sus manos era un comezón casi irresistible. No sabía qué hacer con el pequeño ramo de flores que llevaba en sus manos y terminó por desembarazarse del mismo a un costado. Al hablar, lo hizo suavemente para no exteriorizar los nervios que no lograba dominar.
–Hola, Susana –dijo tragando saliva para humedecer su garganta seca–. Hacía tiempo que no nos veíamos, ¿verdad?. Sí, ya lo sé, pero me costaba mucho presentarme ante ti. Yo... Bueno, creo que no hay mejor forma que decírtelo yendo directamente al grano:
“He conocido alguien –continuó con la voz casi quebrada–. Se llama Marta y... y creo que estoy enamorado de ella. No, no lo creo. Estoy seguro.
“No sabes lo difícil que es para mí decirte esto. Yo aún escucho las palabras del sacerdote que nos unió en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad hasta... para siempre.
“Fui muy feliz cuando estuve a tu lado. Y creí que nada cambiaría aquello. Era joven y, como todos, me creía inmortal. Y, al igual que yo, nuestro amor lo debía ser.
“Pero nada fue así. El tiempo te hace madurar y aquello que una vez te pareció inmutable, con el paso de los años las ves de una forma diferente. Yo creía que sólo podría amarte a ti... Pero ahora amo a otra mujer.
“Como te digo, se llama Marta. Es alguien muy especial. Es cariñosa, comprensiva e inteligente. Se te parece en ciertos aspectos. En otros, diferís asombrosamente mucho.
“No sé cómo estarás tomando esto que te digo. Pensé en no decirte nada, pero llevo tanto tiempo confiándote mis problemas y mis inquietudes que me cuesta cambiar de hábitos. Desde que la conocí me estuve preguntando qué pensarías de mí de haberlo sabido. ¿Crees que te traiciono?. ¿Qué estoy rompiendo mis juramentos de amor y fidelidad hacia ti?. Es posible. No lo sé, la verdad. Quisiera oír una respuesta clara por una vez, pero sé que al final, sólo puedo seguir mi corazón. Y mi corazón está ahora en otra persona.
“Una vez leí que había cierta cultura –no sé si la japonesa o la china o cuál–, que aseguraba que sólo se puede amar en la vida a una persona, pues sólo se tiene un corazón para regalar. Después de darlo, no te queda otro de repuesto. ¿Querrá decir que mi relación con Marta está abocada al fracaso?. Porque yo sé que a ti te entregué todo lo que había en mí. Te dediqué mi vida entera desde que nos conocimos en la universidad. Yo me moría de ganas por salir contigo pero nunca me atreví. Y el último día de curso... ¿te acuerdas?, fuiste tú misma la que me lo pidió. Aún recuerdo tu rostro, sonrojado como una amapola. Apenas podías tenerte en pie de los nervios. Y yo.. yo estaba tan asombrado –y maravillado–, que no podía decir nada, lo que casi te hace creer que no me gustabas. Estuviste a punto de marcharte y yo no era capaz de decir una palabra... No podrías olvidarlo aunque quisieras, ¿verdad?. Recuerdo un corte que tenías en tu dedo índice, pero, en cambio, no consigo recordar el color de tu vestido. Es curioso cómo no se olvidan algunas pequeñas cosas y otras, en cambio, aparentemente más importantes, desaparecen.
“Supongo que te preguntarás que desde cuando veo a Marta, ¿no?. Pues la conocí accidentalmente a primeros del mes pasado. Quizás te diste cuenta de aquel día yo estaba muy nervioso y apenas lograba articular una frase completa. Todo sucedió de pura casualidad. Una simple confusión de carros de compra fue lo que empezó todo. Dos días después nos encontramos de nuevo en el mismo sitio y, al verla apurada para cargar unos cuantos paquetes en su coche, me ofrecí a ayudarla. Charlamos sólo un rato antes de separarnos, pero ya en aquel momento me di cuenta de que era alguien de agradable conversación, además de un aspecto muy atractivo, claro. Al día siguiente me presenté en el supermercado con la única intención de verla otra vez. Y así sucedió. A partir de ese momento, todo fue rápido. Quedamos para tomar un café, luego para cenar juntos y no tardé mucho en darme cuenta que a su lado experimentaba algo que hacía mucho tiempo que tenía olvidado. De nuevo me sentía vivo, lleno de ilusión por todo, de ganas de soñar y sonreír sin cesar.
“Era feliz a su lado. Me llenaba de sensaciones y sentimientos que creía perdidos para siempre.
“Yo le expliqué mi situación desde el principio y ella se hace cargo de cómo me encuentro, muchas veces atrapado entre las dos. A veces, sin querer, la llamo por tu nombre, pero ella, lejos de reprimírmelo, me sonríe pacientemente.
“Pero la vida sigue y creo que es el momento de terminar con un capítulo y empezar uno nuevo. Ahora, estará dedicado a otra persona, otro carácter, otra personalidad, otro nombre. Me siento como si perdiese algo muy valioso, pero sé que debo hacerlo. Ella ha aguardado demasiado tiempo y es el momento de ofrecerle todo mi cariño y toda mi atención. Ahora ya no podré acudir a ti para hablar, aunque no tiene porque significar que dejemos de vernos definitivamente. Aún nos reuniremos ocasionalmente, pero espero que entiendas lo incómoda que se sentirá ella.
“Todavía es muy pronto, pero mentiría si no te dijera que ya he pensado en la idea de casarme con Marta. Y presiento que no pasará demasiado. No tiene hijos, como no tuvimos nosotros, así que la decisión será por entero nuestra. Yo... yo quiero casarme con ella, Susana. Estoy muy enamorado. Los dos necesitamos algo más de tiempo, pero la vida transcurre demasiado deprisa y no quiero desperdiciar ni un segundo de lo que me queda.
“Voy a irme ya. No sé cómo estarás aceptando todo esto, pero espero que me entiendas y te hagas cargo de mi situación. Quisiera que me dijeras algo, que me dieses una señal de aprobación, pero mucho me temo que es algo que debo tomar sin ti. Quizás sea la primera de muchas decisiones que tome sin escuchar antes tu consejo. Me siento como si perdiera una parte de mi vida. No lo tomes a mal, pero creo que Marta podrá llenar ese vacío y, además, rellenar otros que hace tiempo que me devoran por dentro.
“Espero que seas feliz y que me desees lo mejor. Volveré a verte, pero quizás tarde un poco.
“Por primera vez desde que te conocí, te diré adiós: Adiós, Susana.
Al terminar de hablar, se levantó y acomodó las flores que había traído consigo en un pequeño recipiente preparado para ello.
Luego se marchó sin volver atrás la vista. No pudo jurar que su corazón hizo lo mismo.
A su espalda, el cementerio parecía más sombrío que nunca.
3 comentarios:
No sé cómo comenzar este comentario cuando son las lágrimas las que me lo impiden. He vivido una situación similar hace un par de años. No estabamos casados pero el dolor ha sido el mismo, yo fui Susana alguna vez..
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