
¿Cuánto tiempo hará que intento escribir esta carta?. Creo que semanas, pero el tiempo se hace muy corto cuando la alternativa supone enfrentarme a este papel en blanco que parece mirarme como los ojos de un pez muerto, riéndose de mí, retándome a ser capaz de escribirte finalmente.
No sé cuándo empezaron a torcerse las cosas, porque en mis recuerdos de estos años juntos, siempre lo veo todo con impecable perfección. Tu sonrisa siempre está ahí, tu mano toma la mía y tu compañía va conmigo incluso cuando faltas. Pero algo debió pasar, algo que desconozco o que no quiero asumir, porque las peleas dejaron de preceder a la reconciliación, el cansancio no fue el motivo de la disputa sino la misma consecuencia, dejé de buscarte y tú dejaste de llamarme. Cuando los días se tornaron más y más agrios, supe que tú eras la culpable y, cuando me miraste con el ceño fruncido, sentí que era mi tributo.
Empezamos la relación como todas empiezan, con la perfección, con el placer, con la sinceridad, con la felicidad completas, pero nos hemos separado hasta el infinito y todas nuestras promesas y deseos no son ya sino palabras enfangadas que tratamos de ensuciar y utilizar para hacernos daño. Te he dicho que te odio, que te desprecio, que te aborrezco y que me arrepiento de conocerte. Me has dicho que me detestas, que te repugna estar conmigo y que ojala me muriese.
En todo este tiempo de separación –ahora física– he buscado algunas respuestas, pero no las tengo. Ni siquiera sé si me vas a leer, porque quizás rompas la carta apenas leas el remite, pero no voy a hacer más. No te pienso llamar porque estás en tu derecho a cumplir tu última promesa, la de no saber nunca más de mí. Las peleas han sido muy amargas y nos han envejecido prematuramente. Mi pelo tiene canas, pero no tantas como hay ahora dentro de mí. Estoy cansado y viejo. No me queda más que este disparo a ciegas para tratar de arreglar las cosas y ahí va. Si me estás leyendo, quizás ganemos algo de tiempo. ¿Para qué, me preguntas?.
Para arreglarlo todo. Quisiera ser un mejor escritor, uno de esos con los que la gente se emociona, que saben escribir de tal forma que te hacen entrar en rincones ocultos hasta hacerte llorar, pero no es así. No tengo más que esto, lo que lees, estas pobres palabras, así que procuraré ser sencillo y claro.
Hacía años que no lloraba, quizás desde que era un crío. Y lo hice porque me he dado cuenta de que no quiero que terminemos así. No sé cuál es el problema entre nosotros, si es aburrimiento o si hay algo que no sé. Puede que haya cambiado y no para bien. Sé que me he vuelto cómodo y áspero, y tengo demasiados defectos como para que los años juntos los hagan llevaderos.
¿Por qué seré tan torpe?. Me quedo con la mente en blanco, buscando otras frases, buscando… buscando la forma de convencerte de que me creas cuando te digo que hay esperanza de arreglar las cosas, que no está todo perdido. En serio, no lo está. Sí, a pesar de todo. Y empezaré yo:
Perdóname. Por todos los insultos, por todo lo que mi boca envilecida soltara sin razón, sólo llevada por el rencor, el miedo y la sinrazón, por no comprenderte lo suficiente, por no merecerte y por tener más defectos que virtudes. Perdóname por haberte devuelto enfados que no te pertenecían, por traer el cansancio a nuestra casa, por no verte cuando estabas delante de mí, por hacerte intangible cuando me pedías una pequeña caricia.
Y si aún estás leyéndome, te diré algo más. Perdóname y déjame intentarlo de nuevo. Sé que a ti te sucede lo mismo, que tu orgullo te impide también aceptar una nueva oportunidad. Quizás, incluso te impide estar leyéndome. Si es así, todo ha terminado. Si esto que escribo no va a ser leído por ti, es el fin definitivo. En silencio, para quien pueda escucharme, pido que no sea así. Que, aún a tu pesar, aún sin querer, aún furiosa incluso, agarrando el papel hasta casi deshacerlo… me leas, suavices tus dedos, relajes tu ceño, bajes tu mirada y… simplemente digas: “Intentémoslo”.
Como te dije, no voy a llamarte más. Dejo en esta carta mi intención y mi deseo de querer solucionar las cosas, así como tu derecho a rechazarlo y a librarte de mí. Ni siquiera comprobaré que te ha llegado la carta. Tan sólo guardaré silencio y esperaré a lo que tenga que venir.
Así terminaré la carta, esperando no haber escrito algo que no debiera ni haberme olvidado de lo que era imprescindible. Lamento todo, te repito. Incluso lamento no saber pedirte perdón como debiera hacerlo.Esperando tu respuesta, tu perdón y tu mano, aquí me tienes.
CONTINUARÁ





