31 julio 2006

CUATRO CARTAS: 2, LA TORMENTA

(CONTINUACIÓN)
¿Cuánto tiempo hará que intento escribir esta carta?. Creo que semanas, pero el tiempo se hace muy corto cuando la alternativa supone enfrentarme a este papel en blanco que parece mirarme como los ojos de un pez muerto, riéndose de mí, retándome a ser capaz de escribirte finalmente.
No sé cuándo empezaron a torcerse las cosas, porque en mis recuerdos de estos años juntos, siempre lo veo todo con impecable perfección. Tu sonrisa siempre está ahí, tu mano toma la mía y tu compañía va conmigo incluso cuando faltas. Pero algo debió pasar, algo que desconozco o que no quiero asumir, porque las peleas dejaron de preceder a la reconciliación, el cansancio no fue el motivo de la disputa sino la misma consecuencia, dejé de buscarte y tú dejaste de llamarme. Cuando los días se tornaron más y más agrios, supe que tú eras la culpable y, cuando me miraste con el ceño fruncido, sentí que era mi tributo.
Empezamos la relación como todas empiezan, con la perfección, con el placer, con la sinceridad, con la felicidad completas, pero nos hemos separado hasta el infinito y todas nuestras promesas y deseos no son ya sino palabras enfangadas que tratamos de ensuciar y utilizar para hacernos daño. Te he dicho que te odio, que te desprecio, que te aborrezco y que me arrepiento de conocerte. Me has dicho que me detestas, que te repugna estar conmigo y que ojala me muriese.
En todo este tiempo de separación –ahora física– he buscado algunas respuestas, pero no las tengo. Ni siquiera sé si me vas a leer, porque quizás rompas la carta apenas leas el remite, pero no voy a hacer más. No te pienso llamar porque estás en tu derecho a cumplir tu última promesa, la de no saber nunca más de mí. Las peleas han sido muy amargas y nos han envejecido prematuramente. Mi pelo tiene canas, pero no tantas como hay ahora dentro de mí. Estoy cansado y viejo. No me queda más que este disparo a ciegas para tratar de arreglar las cosas y ahí va. Si me estás leyendo, quizás ganemos algo de tiempo. ¿Para qué, me preguntas?.
Para arreglarlo todo. Quisiera ser un mejor escritor, uno de esos con los que la gente se emociona, que saben escribir de tal forma que te hacen entrar en rincones ocultos hasta hacerte llorar, pero no es así. No tengo más que esto, lo que lees, estas pobres palabras, así que procuraré ser sencillo y claro.
Hacía años que no lloraba, quizás desde que era un crío. Y lo hice porque me he dado cuenta de que no quiero que terminemos así. No sé cuál es el problema entre nosotros, si es aburrimiento o si hay algo que no sé. Puede que haya cambiado y no para bien. Sé que me he vuelto cómodo y áspero, y tengo demasiados defectos como para que los años juntos los hagan llevaderos.
¿Por qué seré tan torpe?. Me quedo con la mente en blanco, buscando otras frases, buscando… buscando la forma de convencerte de que me creas cuando te digo que hay esperanza de arreglar las cosas, que no está todo perdido. En serio, no lo está. Sí, a pesar de todo. Y empezaré yo:
Perdóname. Por todos los insultos, por todo lo que mi boca envilecida soltara sin razón, sólo llevada por el rencor, el miedo y la sinrazón, por no comprenderte lo suficiente, por no merecerte y por tener más defectos que virtudes. Perdóname por haberte devuelto enfados que no te pertenecían, por traer el cansancio a nuestra casa, por no verte cuando estabas delante de mí, por hacerte intangible cuando me pedías una pequeña caricia.
Y si aún estás leyéndome, te diré algo más. Perdóname y déjame intentarlo de nuevo. Sé que a ti te sucede lo mismo, que tu orgullo te impide también aceptar una nueva oportunidad. Quizás, incluso te impide estar leyéndome. Si es así, todo ha terminado. Si esto que escribo no va a ser leído por ti, es el fin definitivo. En silencio, para quien pueda escucharme, pido que no sea así. Que, aún a tu pesar, aún sin querer, aún furiosa incluso, agarrando el papel hasta casi deshacerlo… me leas, suavices tus dedos, relajes tu ceño, bajes tu mirada y… simplemente digas: “Intentémoslo”.
Como te dije, no voy a llamarte más. Dejo en esta carta mi intención y mi deseo de querer solucionar las cosas, así como tu derecho a rechazarlo y a librarte de mí. Ni siquiera comprobaré que te ha llegado la carta. Tan sólo guardaré silencio y esperaré a lo que tenga que venir.
Así terminaré la carta, esperando no haber escrito algo que no debiera ni haberme olvidado de lo que era imprescindible. Lamento todo, te repito. Incluso lamento no saber pedirte perdón como debiera hacerlo.Esperando tu respuesta, tu perdón y tu mano, aquí me tienes.
CONTINUARÁ

26 julio 2006

UNA MUERTE INSIGNIFICANTE



En un pequeño rincón de mi casa, protegido de la luz directa y corrientes de aire, tengo un acuario de 60 litros. Es de un tamaño mediano, con un magnífico tronco retorcido en el interior, algunas plantas (una de las cuales crece sorprendentemente rápido) y, naturalmente, algunos peces. En su día tuve incluso tres gambitas que se refugiaban en un falso tronco de arcilla o entre las rocas.
Los peces, de agua dulce y tropical, son de varias especies, pero de tanto en tanto sucede lo peor. Hay veces en que, de repente, encuentro los restos de un pez que, aparentemente, en el día anterior, parecía gozar de buena salud. Otras veces desaparece sin dejar el menor rastro, evaporado por completo. Y a veces…
Hoy encontré uno de ellos, el último guppy que me quedaba, un estilizado pez de cola naranja que se posaba en el gran tronco y en las grandes y jugosas hojas de una de las plantas acuáticas, conducta muy anormal en este pez buen nadador. Sólo con verlo, me temí lo peor y, poco después, al pasar por el lado, me lo encontré de nuevo, revolcándose sobre la arenisca del fondo, como buscando un lugar tranquilo donde morir. Me preguto si los animales se dan cuenta de que va a pasar. Algunos, como sucede con los elefantes, es seguro que sí pero, ¿y los peces?. No ha sido la primera vez que soy testigo de este triste acontecimiento al otro lado del cristal, con un pez luchando por sobrevivir un poco más, y siempre terminando de la misma manera, echado en una esquina y devorado por sus compañeros.
¿Por qué el mundo tendrá tal cantidad de agua y siempre miramos hacia el espacio, como si presintiésemos que alguien nos observa desde el otro lado de las estrellas?.

24 julio 2006

CUATRO CARTAS: 1, LA VIDA


Hoy debió ser un día vulgar, monótono, pero algo, real o no, me hizo presentir que sería distinto. Fue una idea fugaz que cruzó mi cabeza conforme cruzaba el puente de piedra y me acercaba a paso lento al centro, a ver una película por perder el tiempo, por escapar de la celda en que se había convertido mi propia casa.
Tuve la mala suerte de que todos mis amigos estaban fuera o desganados de acompañarme, así que mi triste elección entre permanecer en casa y salir tuvo un desenlace tan rápido como predecible.
Y así fue como te conocí. En la cola, una larga cola frente la cabina acristalada, una rolliza mujer pareció tener serios problemas para encontrar su monedero. Al otro lado del grueso cristal, la dependienta, una muchacha de pocos años menos que yo, me dirigió una mirada y una sonrisa pidiéndome apoyo y consuelo por aquella desquiciosa espera, a lo que te respondí con un gesto idiota de sorpresa y una forzada sonrisa de confusión. El mal trago pasó y la rechoncha mujer, con excusas brotándole contínuamente de sus labios, me cedió el sitio y al fin me encontré cara a cara contigo.
Así fue como nos conocimos. O más bien, como yo te conocí. Me sorprendió la sincera mirada de tus ojos castaños, el movimiento suave de tus cabellos ondulados y la simpatía que emanaba tu voz. Lo imaginase o no, algo saltó y cruzó aquel cristal que no fueron las monedas o el tícket de la película. Algo que me atravesó y me hizo caminar con pies cansados hasta el interior del multicine para ver una película soporífera y eternamente larga. Porque mientras la protagonista daba imposibles saltos y ridículas cabriolas, yo te veía a ti, con tu uniforme cuidadosamente planchado, con tus ojos fijos en mí, con tus manos donde lucías un anillo en tu índice y otro en el corazón de la otra mano. Te colaste en la película y le robaste todos los planos a sus protagonistas, ganándote tu nombre, aún desconocido, en cada crédito final.
Ya al salir, estuve tentado en irme. ¿O era tentado a quedarme?. No lo sabía. Mi corazón estaba acelerado, porque no quería regresar a mi casa sin antes hablar de nuevo contigo, dándole la oportunidad al Fatal Destino de devolverme a la realidad, de que Desilusión me arrancase de mi sueño y que Realidad tuviera de apellidos Sin Ti.
Por eso regresé a las taquillas y, a la primera ocasión en que estuviste sin atender a nadie, te llamé, con un gesto torpe para que te acercaras a un rincón. Te pregunté si querías quedar conmigo para tomar algo, me respondiste que no podías, te pedí tu teléfono y me pediste el mío, diciéndome –¿asegurándome, jurandome?– que me llamarías.
Así volví mi casa, pensando, preguntándome, soñando con una llamada; un timbre como tantos otros que no tenía nada que ver con los anteriores; un suspiro en la noche haciéndome sonreír por recordar, una vez más, tu sonrisa y tu voz; una mirada cómplice al cristal de la ventana que me mostraba una ciudad oscura y el reflejo de un hombre que sonreía y esperaba.
CONTINUARÁ

22 julio 2006

RECUERDOS


Recuerdo un día que dejó de merecer ser llamado reciente, en un lugar de luz difuminada y dispersa, donde dos parejas charlaban, hablaban abrazando de tanto en tanto una copa, con la música de Maná de fondo.
Fue un viernes, o puede que un sábado. Las imágenes se vuelven borrosas, los sonidos se mezclan con lo que hubiéramos querido decir o quizás simplemente pensamos.
Mi mente salta a otra época, otro pub en un pueblo que cobijaba un dragón, donde un grupito de jóvenes, chicos y chicas bailaban a coro siguiendo unos pasos famosos en aquella época y bajo una canción que jamás supe su título. Me sentí desplazado, como si no perteneciese a aquel lugar. Y puede que así fuese, pero no estaba solo aquella noche así que, si quizás nadie me había invitado a aquel sitio, si tenía cabida y sí era más que bienvenido en otro sitio, más importante, más cálido.
Recuerdo una piscina, y un vaso lleno de zumo de varias frutas exóticas. Largos paseos. Una chocolatina que me gustaba. Y un viaje a un lugar que el hombre perdió durante siglos y recuperó siglos después.
Como extraídos de un baúl, con cada recuerdo desembalado, arrancando el papel envuelto en el tiempo y la distancia, descubro otros más. Reconozco que no es adecuado hacerlo y que estoy siendo muy temerario, porque ando por un camino que me conduce a la mirada triste y la cabeza caída.
A veces llegan. No lo puedo evitar. Para mis adentros, me repito algo:
“Son sólo recuerdos”.

21 julio 2006

LO MÁS ALTO


Te sientas en el mismo borde, dejando colgar tus piernas que sobrevuelan el vacío, un abismo capaz de engullirse el mundo entero. Desde allí arriba, en el mismo pico de la montaña más alta de la región, descubres que el mundo no es tan grande como siempre te habían contado, puesto que parece desplegarse a tu alrededor, al alcance de la mano.
Alzas la cabeza y vislumbras el Sol, elevado sobre el cielo azulado, apenas roto por algunos jirones de nubes esparcidas aquí y allá. Cierras los ojos y dejas que la calidez que desprende el astro rey te acaricie tus mejillas blanquecinas. Descubres sonidos cercanos cuando te creíste solo, y presencias de vida allí donde tú llegaste, que quizás te miran y te sonrién por tu proeza cuando ellos, diminutos insectos, meticulosas arañas y brillantes pajarillos, alcanzaron la cima sin tanto esfuerzo ni tanto orgullo.
Un cri–cri en lo alto de un pino, a tu derecha. Y un pájaro –¿un jilguero? más allá. La vida te rodea así que si intentabas escapar de ella fracasaste.
Al abrir los ojos parpadeas, pues la luminosidad lo cubre todo y te sientes cegado. Y no solamente por la luz, sino también por la maravillosa vista a la que has accedido tras un largo paseo, una buena caminata ascendiendo por la ladera y unas manos arañadas por el roce cortante de piedras afiladas, espinas en arbustos y corteza áspera de árboles.
Ves una sierra, con montañas que suben y bajan, fundiéndose a modo de siamesas cada una con la siguiente, de tonalidades azuladas y verdosas, parcheadas de tanto en tanto por algún bosquecillo. Más abajo, mucho más abajo, divisas una explanada donde un grupo de domingueros han establecido su campamento, instalando sus coloridas tiendas y las cavavanas a lo largo de un riachuelo del que, a diferencia de ti, desconocen su origen. No hace ni media hora descubriste el punto del que brotaba un fuerte chorro de agua fría y cristalina con el que te remojaste la cara.
La Naturaleza te rodea y te sientes vivo. No de esa clase de viveza que buscan algunos en las experiencias fuertes, íntimas, sino en la tranquilidad y paz que desprende el encontrarse en el mejor lugar del mundo, con un valle como paredes, el agua de manantial como grifos, el Sol como lámpara y el cielo como techo. Te costó llegar hasta allí, piensas, pero valió la pena. Muchos mostraron su intención de hacer lo mismo, pero la dureza de la ascendió terminó por reducir el grupo inicial hasta la unidad, apagando su orgullo y ensanchando el tuyo. Fuiste el único en lograrlo.
Cuando miras a lo alto, descubres una pareja de pequeños halcones que recorren tu techo a mucha más altura de donde te encuentras tú, y a mucha más altura de lo que tú jamás llegarás. Aceptas tu ración de humildad y te echas hacia atrás, cerrando los ojos, aún con los pies colgando del vacío.Para ti, puesto que nadie más te ve, sonries.

16 julio 2006

HERIDAS


Hay heridas que permanecen con nosotros para siempre. Pueden pasar años y, a pesar de todo, ahí siguen, te acompañan, agarrándose a tu misma esencia de un modo que crees imposible que otra persona pueda entenderlo.
Suelo preguntarme si pudo ser evitado, si fue culpa mía, si las cosas hubieran sido mejores de no haber sucedido lo que sucedió. Son preguntas que jamás veré respondidas y que, por lo general, ni siquiera me planteo. Las heridas suelen estar bien escondidas y, con el trajín de cada día, son apagadas o, cuanto menos, ignoradas con frecuencia.
Pero hay noches, o tardes, como ésta misma, una calurosa tarde, abrigado por el sopor del verano húmedo y el silencio apenas roto por el tintinear del agua de un acuario próximo, en que afloran ciertos pensamientos. Me siento viejo, cansado, agotado y mi fuerza se desvanece, dando la tregua suficiente a mi incosciencia para que me asalten las ideas, las imágenes de lo que fue y pudo ser, del pasado que siempre arrincono en un cuarto oscuro de mis entrañas con la vaga esperanza de que se canse de permanecer ahí y se marche para siempre.
No tengo tanta suerte. Y así las heridas regresan y me acompañan. Aún tengo suerte, pues hay veces en que cabalgan a lomos de un corcel encabritado que me sobrepasa con un ímpetu que envidiaría un tornado o un maremoto. Me yergo imponente y lo veo crecer, ascender hasta lo alto y lanzarse hacia mí, aplastándome con sus incontables preguntas sin respuesta.
Cuanto menos, he aprendido a resistir, a levantarme de nuevo, a guardar y silenciar las emociones. Y no tener muchas esperanzas.
Noto la herida que me cosquillea dentro de mí, pero hoy no será uno de esos dias temibles que podrían asolarme. Dejaré que se mueva un poco y, con el paso de las horas, me acostumbraré –una vez más– y así será acallada.

DESAPARICIÓN

Lamento mi desaparición, pero, a diferenciar de otras ocasiones, esta vez no fue culpa mía. Un problema con mi proveedor de internet me dejó sin conexión durante un tiempo, pero, como ya se ve, todo problema fue solucionado y, al fin, dispongo nuevamente de línea. Esperemos que, desde ahora, las desapariciones sean cosa del pasado. También aprovecho para disculparme por todos aquellos que dejaron algún mensaje (muchos me pasan desapercibidos y no me doy cuanta hasta pasado mucho tiempo), incluyendo a quien, muy amablemente me saludó y felicitó en mi libro de visitas.

02 julio 2006

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Ya está empezando...
En la Isla, llega una nueva época, un nuevo amanecer.