20 agosto 2006

TIEMPO



¿Cuánto tiempo hace que no caminas descalza por la casa, oyendo el crujir de un suelo de madera, rozando con las yemas de tus dedos el cristal de una ventana sonrojada por la luz de un atardecer?.
¿Cuánto hace que no te paseas una tarde de otoño, con el crepitar majestuoso de esa lluvia que golpetea tu paraguas y pinta tus botas de goma del color de la tierra latiente?.
¿Cuánto hace que no buscas el Sol que se esconde juguetón bajo un manto de ramas altas de árboles inmensos cubiertos de hojas perennes y pájaros cantarines?.
¿Cuánto hace que no te alejas del ruido de la ciudad para contar las estrellas del cielo entre sorbo y sorbo de un café aún caliente en su termo mientras te echas sobre el capó de tu coche?.
¿Cuánto hace que no te dejas mecer por el vaivén suave y dulce de un tren, que traquetea enfurruñado al cruzar un puente, que te muestra pueblos de nombre desconocidos, campos de cultivo y montañas lejanas en un viaje tomado en un arranque repentino de deseo?.
¿Cuánto hace que no agarras con fuerza al marco de una ventana mientras una tormenta grita furiosa y escupe relámpagos que agrietan el cielo e iluminan la noche?.
¿Cuánto hace que no sientes la vida inundarte con su fuerza y te absorbe hasta llenar cada célula de tu cuerpo?.


¿Tanto hace que olvidaste que sigues viva?.

Una canción: NORTHERN SKY, de Nick Drake


I never felt magic crazy as this
I never saw moons knew the meaning of the sea
I never held emotion in the palm of my hand
Or felt sweet breezes in the top of a tree
But now you're here
Brighten my northern sky.
I've been a long time that I'm waiting
Been a long that I'm blown
I've been a long time that I've wandered
Through the people I have known
Oh, if you would and you could
Straighten my new mind's eye.
Would you love me for my money?
Would you love me for my head?
Would you love me through the winter?
Would you love me 'til I'm dead?
Oh, if you would and you could
Come blow your horn on high.
I never felt magic crazy as this
I never saw moons knew the meaning of the sea
I never held emotion in the palm of my hand
Or felt sweet breezes in the top of a tree
But now you're here
Brighten my northern sky.

17 agosto 2006

EL PÁJARO


Con los ojos bien abiertos y el corazón en un puño, el pequeño pájaro sobrevolaba el bosque tan ráudamente como le permitían sus alas multicolor. Procuraba zigzagear entre las ramas, aproximándose a ellas hasta el punto que no tardó mucho en sentir ligeros arañazos en su plumaje. El dolor en su pecho diminuto se tornó una mancha de fuego que creció por momentos engulléndole, pero no se permitió ningún descanso, ni un piar de dolor siquiera.
Detrás de él, un halcón le cercaba con los ojos clavados en su cuerpo y el afilado pico abriéndose únicamente para lanzar su grito de ataque. El pájaro se internó aún más en el bosque, descendiendo allí donde el cazador no pudiera perseguirle, pero no las tenía todas consigo. Su vuelo llevaba tiempo volviéndose paulatinamente más lento, sintiendo el agotamiento gradual de sus alas y una asfixia que minaban sus fuerzas. El halcón, lo presentía, jamás se cansaría. No así el pájaro, que ya veía su muerte próxima.
Tras descender por un barranco, en una zona de escasa luz, creyó que había ganado ventaja. La gran ave de presa tendría severos problemas para internarse con la facilidad de él, pero, con todo, era mejor pecar de prudente. Situándose sobre una gruesa rama, dio pequeños saltitos para otear a su alrededor. El bosque callaba, permitiéndoles actuar con el salvajismo y crudeza que siempre marcaba la Naturaleza. ¿Estaba a salvo?.
No.
Apareció de inmediato. Una figura oscura manchada con dos llameantes ojos amarillos y una boca engullidora que se precipitó sobre él. Sus afiladas garras pasaron rasante a su costado y el pájaro se arrojó a la nada, más espantado que herido. Aquel grito, tan afilado como sus uñas, le sobrecogió como a todo el bosque mismo.
Serpenteó entre los gruesos troncos de coníferas, yendo de aquí y allá, en un rumbo incierto pero que le concediera algunos minutos más. Su vida estaba…
Perdida.
Volvió a atacar, y ahora con más acierto que antes. Sintió la garra cruzarle el estómago y un líquido caliente salió a borbotones de su estómago herido, cubriendo sus plumas de un color rojizo, pero no abrió el pico siquiera. Con aquella herida, el pájaro no pudo volar y salió precipitado hacia no sabía donde. Un par de ramas se interpusieron en su camino, rompiéndolas y rompiéndose en su caída hasta chocar con el duro suelo. Confuso y malherido, pero consciente, el pobre pájaro se puso en pie, con su mente aguardando el ataque final. ¿Llegaría por aquí, por allá?. ¿Ahora, luego?. Hubiera querido piar llevado por el cruento dolor en su cuerpo, pero no lo hizo. No podía. Trastabilló por el suelo cubierto de un grueso manto de las afiladas y secas hojas de pino y, con toda visión dándole vueltas, alargó las alas para el que iba a ser su último vuelo.
Logró remontarlo, por mal que le pesase. Hubiera querido rendirse, pero era un pájaro y los pájaros no conocen muchas cosas. Sólo que los halcones eran sus cazadores y sólo que su obligación era volar.
En su último vuelo el pájaro sin nombre hizo lo que pudo. Ya había olvidado las mañanas de invierno cuando la nieve cubría el bosque y le costaba grandes esfuerzos encontrar alimento para sí y los suyos; las tardes lluviosas que le empapaban; esos veranos de Sol cálido e intensos olores; las serpientes, los halcones y los cernícalos. Con un volar cansino y torpe, un sube y baja llevado por la desaparición de sus fuerzas, el pájaro recuperó la memoria de la parte del bosque que conocía y pronto encontró su árbol, uno grande, pero no demasiado, hermoso, pero no llamativo. Era su fin y bien que lo sabía. No distinguía mucho las formas, los colores o los olores. Tenía un ojo inservible y dejaba a su paso gotas de sangre que se estrellaban contra el suelo desde las alturas. Y luego, tuvo que superar la altura que llevaba marcando, ascendiendo más y más, aún más arriba, hasta que encontró un amasijo de palitos y ramas, un nido grande donde, más que aterrizar, se dejó caer ya muerto. Su boca, al fin, se abrió y de su menudo pico salieron unas pocas semillas que fueron engullidas por sus dos crías, que seguirían piando mucho más tiempo.
Desde lo alto, vigilante, el halcón volvió a gritar y se precipitó hacia el nido.

15 agosto 2006

LA CITA CON OLGA


Casi era el momento de mi cita con Olga y me encontraba muy nervioso. Y, precisamente, el reconocer que lo estaba, hizo que aún se acentuara más.
Mentalmente repasé que todo estuviera en orden: me había vestido, duchado, puesto desodorante, cerrada mi casa con llave y afeitado. Y sí, en ese orden porque mis nervios no hacían sino convertirme en un muñeco torpe y angustiado, temeroso de meter la pata, obligándome a malgastar minutos de mi vida repitiendo lo mismo para lograr que algo que deseaba con ardiente deseo saliese mínimamente bien.
Cuando comprobé por undécima vez lo lejos que estaba de representar adecuadamente el papel de hombre cabal y seguro de sí mismo, salí de mi casa.
El paseo resultó extrañamente apaciguador. Crucé el puente de piedra, pasé bajo los árboles de un pequeño parque que sofocaron el calor veraniego y me dirigí al punto acordado.
No pude sino rememorar las circunstancias que me llevaron a descubrirla, a romper una barrera de timidez y terror, a entablar una conversación con ella, a pedirle una cita, a asumir que, tras mucha lucha –ríete de cualquiera de los doce trabajos de Hércules–, había aceptado. Y también, como no, cruzó por mi mente todo lo que podía salir mal. Y, en serio, muchas cosas podían salir mal: podría derramar la copa encima de ella; podría soltar algún comentario que se malinterpretase; podría parecer demasiado callado o demasiado hablador; demasiado retraído o demasiado lanzado; demasiado intelectual o demasiado descarado.
Demasiados “demasiados”.
Tardé bastante en llegar al punto de encuentro: unos cuatro años, según mi reloj interno, pues la caminata en aquella tarde se ralentizaba hasta el hastío. Pero llegué. Al fin, tras tantas dudas y preocupaciones, estaba ahí. Me pregunté cómo se las apañarían los demás para mostrarse tan calmados y confiados en sí mismos, o cómo lograba James Bond mostrar una sonrisa y que todas mujeres, heroínas y villanas, cayeran rendidas a sus pies. Claro que era un montaje y claro que, para burla del famoso agente, ninguna relación le duraba más de hora y media. Yo, secretamente, aspiraba a mucho más.
–¡Hola!. ¿Llevabas mucho rato esperando?.
Salté como un felino –un felino asustado– y me giré hacia Olga, que había aparecido a mis espaldas sorprendiéndome. ¡Buen agente secreto sería yo!. Procuré forzar mi sonrisa, intentando no asustarla por la mueca, y respondí lo más tranquilo posible.
–No, que va. Acababa de llegar.
Ahí estaba ella. Sonriente, preciosa, una mujer de indudable atractivo, con ese algo que me había empujado a romper el sentido del ridículo hasta lograr una cita con ella. Olga… La miré a los ojos hasta que descubrí que podía verme y entonces reaccioné:
–¿Vamos a alguna terraza?.
–Claro.
Caminamos juntos, en silencio por un incómodo rato. Quería decirle algo, pero no sabía qué preguntarle sin parecer un tópico tembloroso. Algo dijo ella y algo respondí yo: en mi caso, llamarlo “algo” resultaba representativo, porque mi lengua se había hinchado y sólo acertaba a farfullar cosas sin mucho sentido. Me habría callado, pero antes tenía que arreglar el desaguisado…
Olga apoyó su mano sobre la mía y bajé la mirada hacia ese punto, siendo testigo de que mi mano, ajena a mi voluntad, tomaba la suya con profundo cariño y calma, con los dedos cerrándose en torno a los suyos y los suyos en torno a los míos. Al levantar de nuevo la cabeza, la vi sonriéndome. Estaba muy guapa. Era maravillosa.
Encontramos una pequeña mesa libre en una terraza, rodeados de mesas ocupadas por personas invisibles para mí y un camarero que iba y venía y en quien tampoco reparé. Pedimos algo para tomar que nunca recordaría, porque mi atención estaba fija en ella, en sus ojos claros, en su mano rozando la mía, en su voz comentándome algo de su trabajo como enfermera, en las películas que le gustaban…
Pronto me vi ahí sentado, sin miedo alguno, sin nervios, sin temor. La tarde era perfecta, la compañía inolvidable. De pronto había dejado de ser un patán torpe y tartamudo para convertirme en quien era realmente. Pasamos varias horas hablando con la calma de quien no necesita nada más, simplemente hablando y conociéndonos, alejando de nosotros los fantasmas que siempre nos acechaban, dejándonos conocer y descubriendo a alguien que merecía la pena descubrir. Así transcurrió el tiempo, fluyendo en una suave tarde sin agobios ni nervios, con algunos momentos de silencio que se rellenaron con una mirada brillante y una sonrisa sincera, con una mano apoyada en la otra para sentir el mutuo calor de quien te escucha y le gusta escucharte, sabiendo que esa tarde iba a terminar pronto pero asumiéndolo con inusitada calma. Me contó anécdotas de sus hermanos y yo renegué de los míos; le conté un viaje que hice hace tiempo de ensoñador inicio y triste final y ella me contó su deseo de viajar a donde hubieran grandes montañas y frondosos bosques; le hablé de mis gustos cinéfilos y acordamos que veríamos juntos algunas de las películas clásicas que tenía en DVD. Así se derritió el hielo de nuestras bebidas y la frialdad de las máscaras que siempre empleamos para protegernos de los demás, quedando tan sólo dos personas que congeniaban y que disfrutaban de una tarde de charla sin tener en mente ningún punto de destino. No había prisa.
Lo que fuera a llegar, llegaría. Por el momento, lo único que quería de ella era que al fin me contara eso que le había pasado cuando tenía diez años que tanto sonrojo le causaba y la historia que rodeaba a un anillo plateado que llevaba en su dedo índice. Seguro que serían grandes historias y yo ansiaba escucharlas de su propia voz.
¿Qué pasó a continuación?. Preguntádselo a Olga, porque yo sé guardar muy bien los secretos.

13 agosto 2006

LA DESPEDIDA


El hombre llevaba más de diez minutos de pie sin saber qué decir. Tamborileaba el pie izquierdo y el picor de sus manos era un comezón casi irresistible. No sabía qué hacer con el pequeño ramo de flores que llevaba en sus manos y terminó por desembarazarse del mismo a un costado. Al hablar, lo hizo suavemente para no exteriorizar los nervios que no lograba dominar.
–Hola, Susana –dijo tragando saliva para humedecer su garganta seca–. Hacía tiempo que no nos veíamos, ¿verdad?. Sí, ya lo sé, pero me costaba mucho presentarme ante ti. Yo... Bueno, creo que no hay mejor forma que decírtelo yendo directamente al grano:
“He conocido alguien –continuó con la voz casi quebrada–. Se llama Marta y... y creo que estoy enamorado de ella. No, no lo creo. Estoy seguro.
“No sabes lo difícil que es para mí decirte esto. Yo aún escucho las palabras del sacerdote que nos unió en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad hasta... para siempre.
“Fui muy feliz cuando estuve a tu lado. Y creí que nada cambiaría aquello. Era joven y, como todos, me creía inmortal. Y, al igual que yo, nuestro amor lo debía ser.
“Pero nada fue así. El tiempo te hace madurar y aquello que una vez te pareció inmutable, con el paso de los años las ves de una forma diferente. Yo creía que sólo podría amarte a ti... Pero ahora amo a otra mujer.
“Como te digo, se llama Marta. Es alguien muy especial. Es cariñosa, comprensiva e inteligente. Se te parece en ciertos aspectos. En otros, diferís asombrosamente mucho.
“No sé cómo estarás tomando esto que te digo. Pensé en no decirte nada, pero llevo tanto tiempo confiándote mis problemas y mis inquietudes que me cuesta cambiar de hábitos. Desde que la conocí me estuve preguntando qué pensarías de mí de haberlo sabido. ¿Crees que te traiciono?. ¿Qué estoy rompiendo mis juramentos de amor y fidelidad hacia ti?. Es posible. No lo sé, la verdad. Quisiera oír una respuesta clara por una vez, pero sé que al final, sólo puedo seguir mi corazón. Y mi corazón está ahora en otra persona.
“Una vez leí que había cierta cultura –no sé si la japonesa o la china o cuál–, que aseguraba que sólo se puede amar en la vida a una persona, pues sólo se tiene un corazón para regalar. Después de darlo, no te queda otro de repuesto. ¿Querrá decir que mi relación con Marta está abocada al fracaso?. Porque yo sé que a ti te entregué todo lo que había en mí. Te dediqué mi vida entera desde que nos conocimos en la universidad. Yo me moría de ganas por salir contigo pero nunca me atreví. Y el último día de curso... ¿te acuerdas?, fuiste tú misma la que me lo pidió. Aún recuerdo tu rostro, sonrojado como una amapola. Apenas podías tenerte en pie de los nervios. Y yo.. yo estaba tan asombrado –y maravillado–, que no podía decir nada, lo que casi te hace creer que no me gustabas. Estuviste a punto de marcharte y yo no era capaz de decir una palabra... No podrías olvidarlo aunque quisieras, ¿verdad?. Recuerdo un corte que tenías en tu dedo índice, pero, en cambio, no consigo recordar el color de tu vestido. Es curioso cómo no se olvidan algunas pequeñas cosas y otras, en cambio, aparentemente más importantes, desaparecen.
“Supongo que te preguntarás que desde cuando veo a Marta, ¿no?. Pues la conocí accidentalmente a primeros del mes pasado. Quizás te diste cuenta de aquel día yo estaba muy nervioso y apenas lograba articular una frase completa. Todo sucedió de pura casualidad. Una simple confusión de carros de compra fue lo que empezó todo. Dos días después nos encontramos de nuevo en el mismo sitio y, al verla apurada para cargar unos cuantos paquetes en su coche, me ofrecí a ayudarla. Charlamos sólo un rato antes de separarnos, pero ya en aquel momento me di cuenta de que era alguien de agradable conversación, además de un aspecto muy atractivo, claro. Al día siguiente me presenté en el supermercado con la única intención de verla otra vez. Y así sucedió. A partir de ese momento, todo fue rápido. Quedamos para tomar un café, luego para cenar juntos y no tardé mucho en darme cuenta que a su lado experimentaba algo que hacía mucho tiempo que tenía olvidado. De nuevo me sentía vivo, lleno de ilusión por todo, de ganas de soñar y sonreír sin cesar.
“Era feliz a su lado. Me llenaba de sensaciones y sentimientos que creía perdidos para siempre.
“Yo le expliqué mi situación desde el principio y ella se hace cargo de cómo me encuentro, muchas veces atrapado entre las dos. A veces, sin querer, la llamo por tu nombre, pero ella, lejos de reprimírmelo, me sonríe pacientemente.
“Pero la vida sigue y creo que es el momento de terminar con un capítulo y empezar uno nuevo. Ahora, estará dedicado a otra persona, otro carácter, otra personalidad, otro nombre. Me siento como si perdiese algo muy valioso, pero sé que debo hacerlo. Ella ha aguardado demasiado tiempo y es el momento de ofrecerle todo mi cariño y toda mi atención. Ahora ya no podré acudir a ti para hablar, aunque no tiene porque significar que dejemos de vernos definitivamente. Aún nos reuniremos ocasionalmente, pero espero que entiendas lo incómoda que se sentirá ella.
“Todavía es muy pronto, pero mentiría si no te dijera que ya he pensado en la idea de casarme con Marta. Y presiento que no pasará demasiado. No tiene hijos, como no tuvimos nosotros, así que la decisión será por entero nuestra. Yo... yo quiero casarme con ella, Susana. Estoy muy enamorado. Los dos necesitamos algo más de tiempo, pero la vida transcurre demasiado deprisa y no quiero desperdiciar ni un segundo de lo que me queda.
“Voy a irme ya. No sé cómo estarás aceptando todo esto, pero espero que me entiendas y te hagas cargo de mi situación. Quisiera que me dijeras algo, que me dieses una señal de aprobación, pero mucho me temo que es algo que debo tomar sin ti. Quizás sea la primera de muchas decisiones que tome sin escuchar antes tu consejo. Me siento como si perdiera una parte de mi vida. No lo tomes a mal, pero creo que Marta podrá llenar ese vacío y, además, rellenar otros que hace tiempo que me devoran por dentro.
“Espero que seas feliz y que me desees lo mejor. Volveré a verte, pero quizás tarde un poco.
“Por primera vez desde que te conocí, te diré adiós: Adiós, Susana.
Al terminar de hablar, se levantó y acomodó las flores que había traído consigo en un pequeño recipiente preparado para ello.
Luego se marchó sin volver atrás la vista. No pudo jurar que su corazón hizo lo mismo.
A su espalda, el cementerio parecía más sombrío que nunca.

HAS MUERTO


Imagínate que hoy, ahora mismo, te mueres.
No importa que no te apetezca, que no lo esperes, que estés a mitad del desayuno, que hayas quedado a la tarde o apenas haga un mes que lograste un ascenso. Has muerto. En contra de tu opinión, de tu seguridad y las garantías que te hayan dado tus seres queridos, no eres inmortal, no vas a vivir para siempre y, es posible, que ni siquiera llegues a envejecer. En tu caso, precisamente, ni siquiera verás un nuevo amanecer.
Quizás te digas que eso es difícil que suceda, que no es justo. Pero la muerte no tiene nada que ver con lo fácil o difícil, con la justicia o injusticia. Te puede alcanzar como le sucede a docenas de personas en cada momento y tú, perdona que te lo diga, no eres mejor que las demás ni mereces más la vida que ellos.
¿De verdad puedes imaginarlo?. ¿En serio?. ¿Cuántos planes dejarías a medias?. Esa lista de compra del supermercado que nunca sería revisada; las facturas de la luz o el agua que quedarían impagadas; esos amigos que nunca más sabrían de ti; aquel viaje por el que siempre dedicaste horas de ilusión y sonrisa a escondidas en tus sueños; la película que tanto ansiabas ver; esa persona que tanto te quiere y que te despediste con un “hasta mañana”. La muerte puede llegar en cualquier momento, al instante, sólo por que sí.
Siéntelo. Mira a tu alrededor y descúbrela acechándote, vislumbrando su mirada tras la esquina, vigilando tus pasos hasta encontrar ése que te arrastra fuera de este plano hacia donde quiera que esté el Mundo de los Muertos.
¿Lo oyes?. Es el sonido de los gusanos que ya saborean tu carne, el zumbar de los insectos que revolotean en torno a tu cuerpo putrefacto, el lamento de familiares y amigos, la oscuridad total y ese ataúd que te envuelve como un capullo, encerrándote en las profundades de la tierra. Es tu final, y no sólo de tu cuerpo, sino de tus sueños, de tus esfuerzos, de tus planes. Todos han quedado en suspenso. Con tu vida, la guadaña del Ángel de la Muerte ha segado ese hilo conductor que te ataba a la Humanidad, a tus proyectos y esperanzas, al mañana mismo. Al morir, todo lo que ahora sientes, ves, imaginas y planeas, se ha cortado. ¿Cuáles eran?. ¿Puedes enumerarlos?. Si ahora murieses, ¿qué más moriría contigo?.
Quizás no hayas muerto y quizás no mueras en los próximos días, pero eso no te salva. Ahí está la Muerte, esperándote. Mira atrás y reza para que esa visión sea de complacencia y satisfacción, porque podría ser lo único que tengas. Al morir, muere tu cuerpo, fallece tu futuro y, desde luego, se pudre toda posibilidad de rectificar ese fallido pasado.
Hoy, ahora, empieza el resto de tu vida. La cuenta atrás ha empezado.