28 noviembre 2006

ESPERANDO EL SOL


La angustiosa noche se les hizo interminable. Recogidos en torno a la larga hilera de hogueras, pequeños grupos de soldados intentaban apaciguar sus nervios y descansar en la medida que ello fuera posible. Algunos, los más afortunados, habían conseguido encontrar la suficiente calma dentro de sí y de una vieja manta como para conciliar un ligero sueño. De tanto en tanto se escuchaban sollozos de alguien que, en sueños, llamaba a su madre.
Eran las vísperas del invierno y en aquella noche sin Luna el Ejército aguardaba el lento paso de las horas a la espera del amanecer en el que tendría lugar aquella primera y última batalla. Con sólo desviar la mirada hacia la derecha, donde se adivinaban las siluetas casi invisibles de unas colinas, el corazón se aceleraba y una inquietud creciente sellaba los labios y derretía los músculos de las piernas. La noche podía ser eterna, pero, para ellos, para todos y cada uno de los soldados, la eternidad era un rápido pestañeo.
La Infantería sería la primera línea de ataque. Formaban las cuentas de un collar de lado a lado, con cada pequeño grupo aproximando las palmas de las manos al fuego o abrazando una taza con sopa caliente que era engullida a cortos sorbos. Casi nadie se atrevía a hablar si no era estrictamente necesario.
Detrás de ellos los corrales improvisados guardaban los caballos que se convertirían en valiosos aliados en el terreno de combate. Guiados por sus hábiles jinetes, los rápidos e impredecibles movimientos de las monturas pronto abrirían brechas en las líneas de defensa de sus enemigos. Uno de los soldados, sin nombre, como no lo tenía ninguno de los allí presentes, dirigió su mirada hacia la gran explanada que se extendía más allá de la pequeña elevación de terreno sobre la cual habían asentado su campamento. Aunque no lo podía ver, no dudaba que allá a lo lejos el Enemigo se encontraba en su misma situación, a la espera, temiéndole a él y los suyos. Aquel pensamiento, tenue y quizás ingenuo, bastó para reconfortarle tibiamente.
Ellos no estaban indefensos. Tenían poderosas torres de ataque, auténticos castillos rodantes construidos con los tablones de madera de los árboles más robustos y gruesos. Bajo dichas fortificaciones el enemigo quedaría sorprendido primero y asustado después. Incluso él se sobrecogió la primera vez que las vio. Desde sus incontables resquicios, los arqueros pertrechados en su interior nublarían el cielo con millares de flechas que diezmarían a sus oponentes antes de tener tiempo de reaccionar.
Por la razón que fuera, pese la seguridad en sus convicciones, el anónimo soldado se refugió aún más en la manta que le cubría el cuerpo y se aproximó cuanto pudo hacia la hoguera. Una oleada de frío, como la mano de la Muerte, había pasado muy cerca de él y, para su vergüenza, comprendió que lo que tenía era miedo. Puro y simple miedo. A que el Sol se asomase; a sostener la pesada espada; a correr hacia el frente; a matar.
A morir.
Detrás de él, refugiados en una gran carpa central, el Rey y su esposa, la Dama real recibirían los sabios consejos del cuerpo eclesiástico y los ministros de la guerra. Conocían docenas, cientos de tácticas y estratagemas que servirían para burlar las defensas del enemigo, para anticiparse y vencer sin perder más que un reducido número de hombres. Las pesadas telas que formaban las paredes de la tienda estaban iluminadas por las teas situadas en el interior y que, de tanto en tanto, mostraba una silueta difusa que caminaba con determinación y prestanza.
Pronto amanecería. Las colinas ya se recortaban bajo un cielo azulado, preámbulo a lo que ya conocía. Se acercaba la hora y el sargento de guardia pronto pasó por su lado azuzándoles con su voz ronca y áspera para ponerse en pie, apagar las hogueras y prestarse a lo inevitable: la guerra.
Tanto él como sus compañeros apuraron al máximo las copas de licor que les arrancase las esquirlas de frío y miedo alojadas dentro de ellos y revisaron su equipo, asegurándose de que los correajes y cota de malla estaban correctamente ajustados. El cielo se aclaraba muy deprisa y el Enemigo se había vuelto visible al otro lado del campo de batalla en que se había convertido la llanura. Era el momento de gloria y dolor; de gritos y choque de metal; de muerte y supervivencia.
Se cruzaron miradas de nerviosismo y aguardaron algunos minutos. El Sol ya era una presencia que les bañaba con su luz y calor, y dos petimetres de elegante y ridícula vestimenta abrieron las cortinas de la tienda para permitir el paso al Rey y sus ministros. La Reina, sin la menor sonrisa, cerraba la comitiva que tomó su lugar en el centro del Ejército desplegado.
Aguardaron en silencio algún tiempo, quizás para dar tiempo a que cada uno formulase para sí sus últimas plegarias hasta que el Rey, con las facciones tensas bajo su poblada barba granate, desenvainó su espada hasta señalar con ella el cielo. Imitándole, la Infantería descubrió sus espadas y los jinetes se vieron obligados a apaciguar sus nerviosas monturas. Uno, dos, hasta diez tuvieron tiempo de contar. La batalla era ya inminente y los corazones de cada uno de los hombres allí reclamados latían a toda presión. Ningún enviado había recibido contestación a las ofertas de paz. Las ofensas exigían sangre y de su color se habría de pintar la tierra a sus pies.
Con la bajada de la espada de Rey la Infantería se lanzó a la carga hacia el enemigo. Todos al unísono, todos a la vez, la línea de soldados de a pie hizo brotar un ronco grito de furia desde lo más hondo de sus entrañas mientras, a través de las aberturas rectangulares de su yelmo, fijaban sus ojos en uno de los cientos de soldados enemigos que se dirigían hacia ellos. Recordaban vagamente el apoyo de la Caballería y los Arqueros, pero allí y ahora, en aquel preciso momento, todo se desvanecía salvo la figura de un soldado vestido con los colores del Enemigo que se precipitaba precisamente hacia él. Su grito cobró fuerza hasta quedar afónico. Sostuvo con ambas manos su espada, alzó los codos por encima de su hombro izquierdo y descargó el arma que se estrelló en la del contrario, quedando ambos detenidos momentáneamente.
Detrás de cada uno de ellos, sus respectivos Ejércitos efectuaban sus primeros movimientos.