25 diciembre 2006

ADIOS, SILVIA


La puerta del helicóptero se cerró con un seco ruido que me hizo estremecer. A mi izquierda tenía la ventanilla y, a través del cristal sucio, crucé una mirada con Silvia, cruzada de brazos y sin revelar emoción alguna en su rostro.
Me mantuve petrificado en mi asiento raído, sosteniendo entre mis manos el subfusil como si quisiera estrangularlo mientras el rotor del helicóptero militar cobraba vida y las aspas giraban a gran velocidad. En breves momentos, mi unidad iniciaría el ascenso para alejarnos de allí rumbo a nuestro nuevo destino.
Más allá, cada vez más lejos de mi lado, Silvia se convertía en una figura de piedra que gritaba sin articular palabra y me maldecía sin derramar lágrima alguna.
Apoyé la palma de mi mano en el cristal y ella, a pesar del riesgo, alzó disimuladamente la suya, en un último gesto de despedida que nos sabría a amargor por el resto de nuestras vidas.
El helicóptero alcanzó altura y Silvia se volvió un pequeño punto en mitad del claro. La isla menguó y pronto fue engullida por un océano de un intenso azul que la emborronaría hasta hacerla desaparecer.
Hubiera querido reclinarme en mi asiento y cerrar los ojos para descansar al fin, pero sabía que, de hacerlo, ella regresaría y toda mi falsa fortaleza se vendría abajo.

04 diciembre 2006

EL HÉROE


La cena resultó deliciosa. Thomas había procurado rechazarla cortésmente, embargado por los halagos de los que era agasajado sin que se sintiera merecedor de ello, pero tuvo que aceptarla y dar buena cuenta de la misma.
Primero le obsequiaron con una estancia, humilde pero limpia y cuidada en aquella enorme ciudadela fortificada que apenas conocía pese el largo tiempo que llevaba allí; luego las visitas de hombres y mujeres siempre perturbados por él. Por más que intentó explicarse, nadie parecía entenderle o siquiera creerle. Finalmente, ya resignado a que aquellas atenciones se sucederían quisiera o no, les dejó hacer, cumpliendo con lo que le pedían sin intentar contrariarles.
Con la muerte de los monstruos Thomas se había convertido en el héroe de aquel reino. Los plebeyos se mostraban huidizos ante él, y los cortesanos embargados por la emoción apenas contenida. ¿Cómo explicarles que sólo cumplió con su deber?
Ahora, finalmente, tras meses de ajetreadas idas y venidas, finalmente iba a llegar el momento más temido: querían convertirle en rey. ¡En rey, nada menos! ¡Pero si no había hecho nada! No lo merecía. Pero eso les daba igual. Parecía ser la ley en aquel humilde pueblo y ya no se sentía con fuerzas para resistir una vez más.
Aceptó los agasajos, las ceremonias previas y, por último, aquella suntuosa cena a la que seguiría la coronación misma. Vestido con los ropajes apropiados, fue acompañado a lo largo de un pasillo interminable por una escolta privada y precedido por un Hombre de Fe que recitaba entre murmullos salmos y plegarias para que sus deidades le proporcionaran sabiduría y paciencia.
La sala resultó más pequeña de lo que esperaba, pero lo agradeció. Pocas personas –probablemente escogidas entre los millares que se habían congregado en el exterior de la ciudadela para hacer vigília por él– fueron los privilegiados testigos de la ceremonia.
–Sólo cumplí con mi deber. Nada más –dijo en voz baja, como buscando una esperanza para escapar de aquello que en absoluto merecía. Una vez más, sus palabras cayeron en oídos sordos y Thomas se sentó en un trono enjoyado levantado sobre un pequeño pedestal. Rendido ante lo inevitable, dejó que el alcalde de la ciudadela colocase sobre su cabeza una corona de plata en forma de casco. Sus palabras las pronunció con la dignidad y seriedad que su cargo le obligaban, pero, incluso así, era evidente que la emoción le sobrepasaba:
–Por las leyes federales y bajo mi testimonio y el de los aquí presentes, Thomas Boons, es declarado culpable de ocho asesinatos y condenado a la muerte.
Para Thomas, el momento de la coronación fue como un shock eléctrico que recorriera su cuerpo.