
Sucedió hace algunos meses y, aún hoy, al echar la vista atrás, tiemblo al rememorarlo. Mis amigos se ríen; mi familia no me cree; mis compañeros del trabajo me tachan de loco y cualquier desconocido a quien se lo cuento se limita a soltar una sonrisa compasiva. Pero se equivocan. Todos ellos. Porque aquello sucedió. Tal como yo lo recuerdo, sucedió. ¿El qué?
Mi secuestro por los extraterrestres.
Era una noche cerrada, sin Luna, y bajo una espesa capa de nubes que cubría el cielo amenazando una próxima tormenta. Yo, que acababa de salir del chalet donde había acudido a la despedida de soltero de mi buen amigo Diego, conducía mi coche por la carretera secundaria con destino a mi casa cuando apareció, como surgido de la nada, un extraño vehículo metálico que se situó detrás de mí. De su lado superior asomaban un par de focos luminosos que no tardaron en cegarme, saltando de un tono azul a otro rojo. Quise apretar el acelerador para huir de allí pero, en lugar de lograrlo, el coche se detuvo en seco, golpeándome contra el volante. Mantuve el pie sobre el acelerador, pero, lejos de moverse, siguió frenado por completo. Quizás con su extraña tecnología habían atacado mi coche para impedir que el motor se pusiera en marcha porque, por mucho que le daba al pedal del medio, las ruedas parecían ancladas al asfalto.
Mi miedo no hacía sino crecer. En aquel momento no sabía qué estaba pasando. Apenas tenía una noción clara de la realidad y, desde luego, no podía siquiera imaginar qué me iba a suceder. De la nave espacial, de la cual apenas veía un fragmento a través de mi espejo retrovisor, descendieron dos figuras que avanzaron en mi dirección.
Eran dos humanoides, gigantescos creo yo. Tenían dos piernas robustas de color oscuro y un cuerpo superior blanquecino. Uno de ellos alzó su brazo y de su mano brotó una luz blanca que me dio en la cara. Quise apartarme, escapar de ellos, pero estaba cercado. Su compañero se había apostado en la puerta del copiloto y nunca me dejaría salir de allí. Cuando el primero de ellos habló, escuché una voz grave y extraña, deforme. Quería saber quién era, cómo me llamaba. Que le enseñara los papeles con los que los humanos nos identificábamos. Aquel tono de voz ruda casi me perforó el oído y yo traté de cubrirme las orejas con las manos, pero no me dejaron en paz. Introdujo un brazo a través de la ventanilla y me zarandeó, instándome a que saliera del coche. Yo me negué y me resistí, pero pronto acudió en su ayuda el otro gigantesco extraterrestre y entre ambos, me sacaron afuera.
En algún momento me debieron inyectar alguna sustancia, porque a mí me era imposible ponerme en pie o, siquiera, mover un brazo con soltura. Me sentía como si mis nervios hubieran sido sesgados internamente, como una marioneta sin hilos que tropezaba y cuando logré decirles algo a pesar de mi lengua pastosa, ellos me ignoraron, fingiendo que no me podían entender.
Uno de ellos me sujetó como pudo mientras el otro me registró los bolsillos en busca de los objetos que los terráqueos solíamos llevar encima. Me quitó el monedero, las llaves, mi paquete de tabaco y mi cartera. Con aquellos trofeos, se dirigió a su nave espacial blanca, con una línea azul horizontal a su lado, posada en tierra a no mucha distancia de mi coche, y habló con algún tipo de transmisor con su base alienígena. Hablaron en su jerga incomprensible y después le dijo alguna cosa a su compañero. Éste me miró largamente y luego, me empujó hasta lograr meterme en su nave. Me hicieron pasar a través de una puerta y quedé encerrado en una pequeña celda cercado por unas ventanas acristaladas por varios lados y una pared metálica perforada que me dejaba ver a los dos pilotos de la nave. Ellos se sentaron delante de mí y pusieron en marcha la nave que, por espacio de un rato, avanzó lentamente siguiendo la carretera.
A esas alturas, yo ya estaba desfallecido. El mareo me había restado todas mis fuerzas y mi debilidad era total. Intenté por todos los medios hacerme entender pero fue inútil. La cabeza me daba vueltas, todo lo que me rodeaba era ya un cuadro difuso y no tardé en caer agotado y dormido en el asiento.
Recuerdo que desperté varias veces, con vagas imágenes de seres rodeándome, yendo y viniendo, con voces extrañas, con manoseos encima de mí, ser llevado en una camilla hacia algún lugar y poco más. Mi siguiente recuerdo claro es despertándome ya en un hospital, de vuelta al mundo de los terrestres y desconociendo para qué me habían secuestrado.
Esa es mi historia, una que nadie va a creer, lo sé, pero real al fin y al cabo.
Mi secuestro por los extraterrestres.
Era una noche cerrada, sin Luna, y bajo una espesa capa de nubes que cubría el cielo amenazando una próxima tormenta. Yo, que acababa de salir del chalet donde había acudido a la despedida de soltero de mi buen amigo Diego, conducía mi coche por la carretera secundaria con destino a mi casa cuando apareció, como surgido de la nada, un extraño vehículo metálico que se situó detrás de mí. De su lado superior asomaban un par de focos luminosos que no tardaron en cegarme, saltando de un tono azul a otro rojo. Quise apretar el acelerador para huir de allí pero, en lugar de lograrlo, el coche se detuvo en seco, golpeándome contra el volante. Mantuve el pie sobre el acelerador, pero, lejos de moverse, siguió frenado por completo. Quizás con su extraña tecnología habían atacado mi coche para impedir que el motor se pusiera en marcha porque, por mucho que le daba al pedal del medio, las ruedas parecían ancladas al asfalto.
Mi miedo no hacía sino crecer. En aquel momento no sabía qué estaba pasando. Apenas tenía una noción clara de la realidad y, desde luego, no podía siquiera imaginar qué me iba a suceder. De la nave espacial, de la cual apenas veía un fragmento a través de mi espejo retrovisor, descendieron dos figuras que avanzaron en mi dirección.
Eran dos humanoides, gigantescos creo yo. Tenían dos piernas robustas de color oscuro y un cuerpo superior blanquecino. Uno de ellos alzó su brazo y de su mano brotó una luz blanca que me dio en la cara. Quise apartarme, escapar de ellos, pero estaba cercado. Su compañero se había apostado en la puerta del copiloto y nunca me dejaría salir de allí. Cuando el primero de ellos habló, escuché una voz grave y extraña, deforme. Quería saber quién era, cómo me llamaba. Que le enseñara los papeles con los que los humanos nos identificábamos. Aquel tono de voz ruda casi me perforó el oído y yo traté de cubrirme las orejas con las manos, pero no me dejaron en paz. Introdujo un brazo a través de la ventanilla y me zarandeó, instándome a que saliera del coche. Yo me negué y me resistí, pero pronto acudió en su ayuda el otro gigantesco extraterrestre y entre ambos, me sacaron afuera.
En algún momento me debieron inyectar alguna sustancia, porque a mí me era imposible ponerme en pie o, siquiera, mover un brazo con soltura. Me sentía como si mis nervios hubieran sido sesgados internamente, como una marioneta sin hilos que tropezaba y cuando logré decirles algo a pesar de mi lengua pastosa, ellos me ignoraron, fingiendo que no me podían entender.
Uno de ellos me sujetó como pudo mientras el otro me registró los bolsillos en busca de los objetos que los terráqueos solíamos llevar encima. Me quitó el monedero, las llaves, mi paquete de tabaco y mi cartera. Con aquellos trofeos, se dirigió a su nave espacial blanca, con una línea azul horizontal a su lado, posada en tierra a no mucha distancia de mi coche, y habló con algún tipo de transmisor con su base alienígena. Hablaron en su jerga incomprensible y después le dijo alguna cosa a su compañero. Éste me miró largamente y luego, me empujó hasta lograr meterme en su nave. Me hicieron pasar a través de una puerta y quedé encerrado en una pequeña celda cercado por unas ventanas acristaladas por varios lados y una pared metálica perforada que me dejaba ver a los dos pilotos de la nave. Ellos se sentaron delante de mí y pusieron en marcha la nave que, por espacio de un rato, avanzó lentamente siguiendo la carretera.
A esas alturas, yo ya estaba desfallecido. El mareo me había restado todas mis fuerzas y mi debilidad era total. Intenté por todos los medios hacerme entender pero fue inútil. La cabeza me daba vueltas, todo lo que me rodeaba era ya un cuadro difuso y no tardé en caer agotado y dormido en el asiento.
Recuerdo que desperté varias veces, con vagas imágenes de seres rodeándome, yendo y viniendo, con voces extrañas, con manoseos encima de mí, ser llevado en una camilla hacia algún lugar y poco más. Mi siguiente recuerdo claro es despertándome ya en un hospital, de vuelta al mundo de los terrestres y desconociendo para qué me habían secuestrado.
Esa es mi historia, una que nadie va a creer, lo sé, pero real al fin y al cabo.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada