
De algún modo, acude aquella expresión a mi cabeza: “Cae la noche, cae la noche”.
La tormenta se ha desatado como la ira de Dios y yo permanezco inmóvil sobre la terraza del ático bajo un oscuro cielo quebrado por los relámpagos, resistiendo el crudo frío que deforma mis huesos y arruga mi carne. Alzo la vista y dejo que la intensa lluvia funda las lágrimas y limpie la sangre de mis manos.
Y aún repito para mí: “cae la noche, cae la noche sobre la ciudad dormida”.
La tormenta se ha desatado como la ira de Dios y yo permanezco inmóvil sobre la terraza del ático bajo un oscuro cielo quebrado por los relámpagos, resistiendo el crudo frío que deforma mis huesos y arruga mi carne. Alzo la vista y dejo que la intensa lluvia funda las lágrimas y limpie la sangre de mis manos.
Y aún repito para mí: “cae la noche, cae la noche sobre la ciudad dormida”.
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