25 julio 2007

ROTURA


Al mirarle sus padres, apenas le reconocieron. Aguardaba de pie, junto a la puerta. El pelo oscuro, arremolinado; la barba rala; las manos a un lado, casi muertas.
–¡Cariño, qué…!
Pero nada dijo. Los miró como por última vez con aquellos ojos empapados de tristeza. Bajo la luz amarillenta de una casa ya vieja cuando nació, escapó de sus padres porque no soportaba verlos, porque se derruía y no podía llorar.
El otoño era especialmente crudo y el viento atravesó su gabardina. Las hojas secas crujieron mientras perdía a su paso jirones de su alma. La angustia desgarraba sus entrañas y sentía asfixiarse de su casa, de su calle, de su barrio. Sobre su cabeza, los edificios se hundían cubriendo el mundo de una espesa niebla gris. Era el maldito testigo de un final donde le era vetado intervenir.
Cuando el Sol daba sus últimos coletazos de luz, se encontró sobre el antiguo puente de piedra. Muy abajo, el agua del cauce crecido discurría con una quietud tranquilizadora.
No tardó en convertirse en un peso muerto que abría los brazos mientras alimentaba el caudal del río con sus primeras lágrimas.