27 abril 2007

SU NOMBRE ES ELENA


Recientemente me despierto con una ilusión y ánimo que creí olvidados. Mis días se han vuelto duros, largos y tediosos, pero nada de eso me importa porque, con el atardecer, con la moribunda despedida del Sol que se remolona en estas tardes de primavera, he encontrado un lugar secreto en la que creía una Isla sin secretos.
Sucedió por casualidad. Vino a mí con un quedo “Hola” y, en pocos minutos, me sentí suyo.
Es un hada y su nombre es Elena. Eso fue casi lo primero que me dijo. La encontré a la orilla de un riachuelo, arrodillada junto a su cauce sobre un manto de margaritas, inquieta por momentos e incapaz de permanecer en la misma postura cinco segundos seguidos. Despertó mi curiosidad y, aún en la lejanía en que no podía distinguir sus rasgos, no dudé en acercarme.
No tardé mucho en reconocer aquella esencia maravillosa que guardaba bajo un dulce rostro, de mirada tímida, de cabellera ora rubia, ora castaño, de sonrisa pícara y deliciosa cuando se mordisquea el labio inferior y parece ensanchar mi corazón como rara vez me ha sucedido en mi estrepitosa vida. Sentado a su lado me la encuentro cada día, siempre al anochecer, y disfruto con sus canturreos sin sentido, con sus silencios misteriosos, con sus explosiones de risas cuando le gasto una broma y con su manía de juguetear con un mechón de su cabello cuando los nervios la vencen.
Yo, pese a tenerla frente a mí, siento y reconozco la larga distancia que aún nos separa. No en vano es un hada, y esas criaturas faéricas rara vez se dejan alcanzar por un mero humano como yo que no soy sino un viajero errante que ha perdido su hogar. Y es que no son pocas las veces en que ha desaparecido de mi lado repentinamente, sin darme tiempo a decirle adiós. Las hadas son así.
Pero, pese ello, pese sentir el impulso temerario, aunque comprensible de ponerme en pie y atravesar el espacio inmenso que nos separa, obligo a mis piernas a permanecer inmóviles, pues es demasiado lo que he encontrado y sería terrible perderlo. Aunque no sea más que una visión, una fantasía que permanecerá en un rincón de mi alma para descubrirla por la noche y que me permita conciliar los más bellos sueños, merecen la pena aquellos encuentros.
Al mirarla y al escucharla, al bromear o al contarle mi día, descubro que hay algo más latente dentro de mí, algo que empieza a aflorar y que temo reconocer.Ahora ya es tarde y el Sol se ha marchado. Es muy pronto todavía, pero queda menos. Sí, sí, no tardará, me digo ilusionado. Mis ojos brillan y esbozo una dulce sonrisa. Después de todo, mi hada, mi Elena, pronto aparecerá.

26 abril 2007

EL PAPEL


En mis manos sostengo un papel que, llevado por la rabia, la impotencia, el dolor, la tristeza, estrangulo con mis dedos hasta blanquearlos. Estoy en una plaza, y es la plaza más solitaria del mundo, donde una intensa lluvia moja el suelo bajo mis pies y donde el Sol parece una luz mortecina.
Separo ambas manos y observo aquel papel que pronto parece tener unas alas que despliega para volar. Alzo los brazos hacia arriba y pido a Dios que lo empuje hacia el cielo, allí donde no me pueda hacer más daño, pero Él no me escucha y cae muerto junto mis zapatos.
Meto la mano en un bolsillo de mi chaqueta, y rozo con las yemas un pesado bulto metálico. Mis labios se deforman en una grotesca sonrisa…

DESPERTAR


Me despierto demasiado pronto como para volver a dormirme, y demasiado tarde como para arrastrar aún sueño. Finjo que intento dormir, pero no sé mentirme y pronto me rindo y me incorporo lentamente, procurando no despertarla. A juzgar por la ligera luz que se cuela por los resquicios de la ventana, deben estar amaneciendo. Podría torcer el cuello para comprobar la hora en mi despertador, pero la verdad es que me da igual. Me limito a apoyar la cabeza sobre mi mano y continuar observándola.
Está preciosa. No, no la puedo ver bien, pero no importa. A pesar de la escasa luz presente que tan sólo perfila un rápido esbozo de su silueta, podría describirla perfectamente. Siempre duerme boca abajo, con el rostro hundido en la almohada, agarrando con fuerza las sábanas como quien teme ingenuamente que pudieran robárselas. Por la noche, su rostro se viste de una dulzura especial, propia de quien encierra un corazón de bondad y entrega sin igual.
Pasa no sé cuanto tiempo, pero, por lo que fuera, llega un instante en que su sopor se debilita, hinca ambas manos en el colchón y despega la cara de la almohada, mirándome a través de dos finas líneas que resultan ser sus ojos.
–¿Qué pasa? –me dice arrastrando las palabras en un torpe susurro.
–Nada, cariño, duérmete –respondo inclinándome hacia ella lo justo para besarle la frente. Ella apenas titubea. Separa ambos brazos a la vez y se deja caer bruscamente de nuevo sobre la cama.Y yo, a su lado, continúo mirándola. Y cuidándola. Y sonriendo.

FRÍO


Es la peor sensación que existe. No hay nada igual, nada tan cruento, tan penetrante, que muerde tus huesos hasta corroer la médula y avanza hasta el resto de tu ser. El frío nunca te abandona, nunca mengua; sólo crece.
Muchos nunca llegan a conocerlo. ¡Afortunados ellos! Pero para los más desgraciados se convierte en nuestra segunda sombra, esa que percibimos con el rabillo del ojo y que permanece agazapada, quieta. Algunos días logramos olvidar que existe, pero no podemos confiarnos, pues no es sino una estratagema suya. Es muy astuto. La crueldad es así, astuta.
Y hoy es uno de esos días del peor frío que hay, del más dañino, pero no se puede remediar. Ninguna pared lo retiene y ninguna manta lo aparta; no hay fuego que lo queme, ni alcohol que lo silencie. Antes de que amanezca, el frío habrá sumado otra victoria.
Lo más triste es pensar que muchos creerán que hablo del tiempo invernal.

CAE LA NOCHE


De algún modo, acude aquella expresión a mi cabeza: “Cae la noche, cae la noche”.
La tormenta se ha desatado como la ira de Dios y yo permanezco inmóvil sobre la terraza del ático bajo un oscuro cielo quebrado por los relámpagos, resistiendo el crudo frío que deforma mis huesos y arruga mi carne. Alzo la vista y dejo que la intensa lluvia funda las lágrimas y limpie la sangre de mis manos.
Y aún repito para mí: “cae la noche, cae la noche sobre la ciudad dormida”.

ABDUCCIÓN


Sucedió hace algunos meses y, aún hoy, al echar la vista atrás, tiemblo al rememorarlo. Mis amigos se ríen; mi familia no me cree; mis compañeros del trabajo me tachan de loco y cualquier desconocido a quien se lo cuento se limita a soltar una sonrisa compasiva. Pero se equivocan. Todos ellos. Porque aquello sucedió. Tal como yo lo recuerdo, sucedió. ¿El qué?
Mi secuestro por los extraterrestres.
Era una noche cerrada, sin Luna, y bajo una espesa capa de nubes que cubría el cielo amenazando una próxima tormenta. Yo, que acababa de salir del chalet donde había acudido a la despedida de soltero de mi buen amigo Diego, conducía mi coche por la carretera secundaria con destino a mi casa cuando apareció, como surgido de la nada, un extraño vehículo metálico que se situó detrás de mí. De su lado superior asomaban un par de focos luminosos que no tardaron en cegarme, saltando de un tono azul a otro rojo. Quise apretar el acelerador para huir de allí pero, en lugar de lograrlo, el coche se detuvo en seco, golpeándome contra el volante. Mantuve el pie sobre el acelerador, pero, lejos de moverse, siguió frenado por completo. Quizás con su extraña tecnología habían atacado mi coche para impedir que el motor se pusiera en marcha porque, por mucho que le daba al pedal del medio, las ruedas parecían ancladas al asfalto.
Mi miedo no hacía sino crecer. En aquel momento no sabía qué estaba pasando. Apenas tenía una noción clara de la realidad y, desde luego, no podía siquiera imaginar qué me iba a suceder. De la nave espacial, de la cual apenas veía un fragmento a través de mi espejo retrovisor, descendieron dos figuras que avanzaron en mi dirección.
Eran dos humanoides, gigantescos creo yo. Tenían dos piernas robustas de color oscuro y un cuerpo superior blanquecino. Uno de ellos alzó su brazo y de su mano brotó una luz blanca que me dio en la cara. Quise apartarme, escapar de ellos, pero estaba cercado. Su compañero se había apostado en la puerta del copiloto y nunca me dejaría salir de allí. Cuando el primero de ellos habló, escuché una voz grave y extraña, deforme. Quería saber quién era, cómo me llamaba. Que le enseñara los papeles con los que los humanos nos identificábamos. Aquel tono de voz ruda casi me perforó el oído y yo traté de cubrirme las orejas con las manos, pero no me dejaron en paz. Introdujo un brazo a través de la ventanilla y me zarandeó, instándome a que saliera del coche. Yo me negué y me resistí, pero pronto acudió en su ayuda el otro gigantesco extraterrestre y entre ambos, me sacaron afuera.
En algún momento me debieron inyectar alguna sustancia, porque a mí me era imposible ponerme en pie o, siquiera, mover un brazo con soltura. Me sentía como si mis nervios hubieran sido sesgados internamente, como una marioneta sin hilos que tropezaba y cuando logré decirles algo a pesar de mi lengua pastosa, ellos me ignoraron, fingiendo que no me podían entender.
Uno de ellos me sujetó como pudo mientras el otro me registró los bolsillos en busca de los objetos que los terráqueos solíamos llevar encima. Me quitó el monedero, las llaves, mi paquete de tabaco y mi cartera. Con aquellos trofeos, se dirigió a su nave espacial blanca, con una línea azul horizontal a su lado, posada en tierra a no mucha distancia de mi coche, y habló con algún tipo de transmisor con su base alienígena. Hablaron en su jerga incomprensible y después le dijo alguna cosa a su compañero. Éste me miró largamente y luego, me empujó hasta lograr meterme en su nave. Me hicieron pasar a través de una puerta y quedé encerrado en una pequeña celda cercado por unas ventanas acristaladas por varios lados y una pared metálica perforada que me dejaba ver a los dos pilotos de la nave. Ellos se sentaron delante de mí y pusieron en marcha la nave que, por espacio de un rato, avanzó lentamente siguiendo la carretera.
A esas alturas, yo ya estaba desfallecido. El mareo me había restado todas mis fuerzas y mi debilidad era total. Intenté por todos los medios hacerme entender pero fue inútil. La cabeza me daba vueltas, todo lo que me rodeaba era ya un cuadro difuso y no tardé en caer agotado y dormido en el asiento.
Recuerdo que desperté varias veces, con vagas imágenes de seres rodeándome, yendo y viniendo, con voces extrañas, con manoseos encima de mí, ser llevado en una camilla hacia algún lugar y poco más. Mi siguiente recuerdo claro es despertándome ya en un hospital, de vuelta al mundo de los terrestres y desconociendo para qué me habían secuestrado.
Esa es mi historia, una que nadie va a creer, lo sé, pero real al fin y al cabo.