
Recientemente me despierto con una ilusión y ánimo que creí olvidados. Mis días se han vuelto duros, largos y tediosos, pero nada de eso me importa porque, con el atardecer, con la moribunda despedida del Sol que se remolona en estas tardes de primavera, he encontrado un lugar secreto en la que creía una Isla sin secretos.
Sucedió por casualidad. Vino a mí con un quedo “Hola” y, en pocos minutos, me sentí suyo.
Es un hada y su nombre es Elena. Eso fue casi lo primero que me dijo. La encontré a la orilla de un riachuelo, arrodillada junto a su cauce sobre un manto de margaritas, inquieta por momentos e incapaz de permanecer en la misma postura cinco segundos seguidos. Despertó mi curiosidad y, aún en la lejanía en que no podía distinguir sus rasgos, no dudé en acercarme.
No tardé mucho en reconocer aquella esencia maravillosa que guardaba bajo un dulce rostro, de mirada tímida, de cabellera ora rubia, ora castaño, de sonrisa pícara y deliciosa cuando se mordisquea el labio inferior y parece ensanchar mi corazón como rara vez me ha sucedido en mi estrepitosa vida. Sentado a su lado me la encuentro cada día, siempre al anochecer, y disfruto con sus canturreos sin sentido, con sus silencios misteriosos, con sus explosiones de risas cuando le gasto una broma y con su manía de juguetear con un mechón de su cabello cuando los nervios la vencen.
Yo, pese a tenerla frente a mí, siento y reconozco la larga distancia que aún nos separa. No en vano es un hada, y esas criaturas faéricas rara vez se dejan alcanzar por un mero humano como yo que no soy sino un viajero errante que ha perdido su hogar. Y es que no son pocas las veces en que ha desaparecido de mi lado repentinamente, sin darme tiempo a decirle adiós. Las hadas son así.
Pero, pese ello, pese sentir el impulso temerario, aunque comprensible de ponerme en pie y atravesar el espacio inmenso que nos separa, obligo a mis piernas a permanecer inmóviles, pues es demasiado lo que he encontrado y sería terrible perderlo. Aunque no sea más que una visión, una fantasía que permanecerá en un rincón de mi alma para descubrirla por la noche y que me permita conciliar los más bellos sueños, merecen la pena aquellos encuentros.
Al mirarla y al escucharla, al bromear o al contarle mi día, descubro que hay algo más latente dentro de mí, algo que empieza a aflorar y que temo reconocer.Ahora ya es tarde y el Sol se ha marchado. Es muy pronto todavía, pero queda menos. Sí, sí, no tardará, me digo ilusionado. Mis ojos brillan y esbozo una dulce sonrisa. Después de todo, mi hada, mi Elena, pronto aparecerá.
Sucedió por casualidad. Vino a mí con un quedo “Hola” y, en pocos minutos, me sentí suyo.
Es un hada y su nombre es Elena. Eso fue casi lo primero que me dijo. La encontré a la orilla de un riachuelo, arrodillada junto a su cauce sobre un manto de margaritas, inquieta por momentos e incapaz de permanecer en la misma postura cinco segundos seguidos. Despertó mi curiosidad y, aún en la lejanía en que no podía distinguir sus rasgos, no dudé en acercarme.
No tardé mucho en reconocer aquella esencia maravillosa que guardaba bajo un dulce rostro, de mirada tímida, de cabellera ora rubia, ora castaño, de sonrisa pícara y deliciosa cuando se mordisquea el labio inferior y parece ensanchar mi corazón como rara vez me ha sucedido en mi estrepitosa vida. Sentado a su lado me la encuentro cada día, siempre al anochecer, y disfruto con sus canturreos sin sentido, con sus silencios misteriosos, con sus explosiones de risas cuando le gasto una broma y con su manía de juguetear con un mechón de su cabello cuando los nervios la vencen.
Yo, pese a tenerla frente a mí, siento y reconozco la larga distancia que aún nos separa. No en vano es un hada, y esas criaturas faéricas rara vez se dejan alcanzar por un mero humano como yo que no soy sino un viajero errante que ha perdido su hogar. Y es que no son pocas las veces en que ha desaparecido de mi lado repentinamente, sin darme tiempo a decirle adiós. Las hadas son así.
Pero, pese ello, pese sentir el impulso temerario, aunque comprensible de ponerme en pie y atravesar el espacio inmenso que nos separa, obligo a mis piernas a permanecer inmóviles, pues es demasiado lo que he encontrado y sería terrible perderlo. Aunque no sea más que una visión, una fantasía que permanecerá en un rincón de mi alma para descubrirla por la noche y que me permita conciliar los más bellos sueños, merecen la pena aquellos encuentros.
Al mirarla y al escucharla, al bromear o al contarle mi día, descubro que hay algo más latente dentro de mí, algo que empieza a aflorar y que temo reconocer.Ahora ya es tarde y el Sol se ha marchado. Es muy pronto todavía, pero queda menos. Sí, sí, no tardará, me digo ilusionado. Mis ojos brillan y esbozo una dulce sonrisa. Después de todo, mi hada, mi Elena, pronto aparecerá.




