29 septiembre 2007

MISERIA



El niño alzó por un momento la mirada del plato y miró en torno suyo. Los demás ya habían terminado de cenar hacía rato y él se había remoloneado más de la cuenta porque no le gustaban las sobras del día anterior. Aburrido, observó la sala–comedor donde se encontraba junto a su familia. De algún modo, lo que contemplaba era su vida.
Vio a su madre, recostada sobre un viejo sofá remendando por enésima vez un pantalón descosido, afanándose para que el apaño resistiese unos meses más.
Su padre se había quedado adormilado mientras miraba la tele, un viejo armatoste que distorsionaba la imagen por el lado inferior de la pantalla y que cada mes iba a peor.
Su hermano pequeño se hallaba tirado en el suelo, leyendo el que un día fuera un libro suyo del colegio y que adolecía de tachaduras, dibujos y arrugas por todas partes.
–Mamá –la llamó apoyando la mejilla en una mano anclada en la mesa.
–¿Sí, cariño? –ella giró la cabeza y le dedicó una gentil sonrisa.
–¿Vivimos en la miseria?
La buena mujer arqueó las cejas por un instante, confusa por la pregunta, pero pronto se rehizo, amplió su sonrisa y respondió con sencillez:
–No, cielo mío. Sólo en la pobreza.
De nuevo el niño miró en torno suyo, pero todo le parecía distinto. Ahora comprendía.
Aquella era una casa pequeña, pero era su casa. Más allá de las paredes de ladrillo mal tapadas por pintura desconchaba, quedaba la soledad de la calle, el frío de la lluvia, y el miedo a la oscuridad.
Y su madre no tenía sólo un remendado pantalón entre las manos, sino todo el cariño que una mujer y una madre rebosaba para los suyos, a los que nunca evitaba su dedicación.
Y su padre no sólo dormitaba, sino que era un padre que estaba ahí siempre, que le tenía a su lado, día y noche, en invierno y en verano, para enseñarle, para cuidarle, para ayudarle a crecer.
Y su hermano no era un desdichado que debía utilizar los restos dejados por él, sino un afortunado que iba al colegio cada día y disfrutaba con ello.
Y aún más: ni ordenador, ni televisión de plasma, ni sofás de cuero, ni viajes por el mediterráneo. Nada de eso tenían, porque todo eso se había reemplazado por juegos de cartas con sus padres, con paseos en bicicleta por el parque y por la realidad de haber crecido en el seno de una familia unida, integrada, fundida.
No, él no conocía la miseria y nunca la conocería. Pero su madre también se equivocaba.
Tampoco vivían en la pobreza.

“No es más rico quién más tiene, sino quién menos necesita”. Anónimo.