25 octubre 2007

SER UNA MOSCA


–Quisiera ser una mosca –deseé con todas mis fuerzas.
Igual que la que estaba observando con hipnótica atención. Seguí con mis ojos su vuelo zumbón mientras el insecto buscaba comida.
Procuré no hacer ningún movimiento brusco para evitar espantar el objeto de mi estudio, limitándome a desplazar la cabeza con lentitud sin perderlo de vista. Cuando se cansó de volar en zigzag descendió y se posó en mi brazo, que había dejado descansando sobre la pequeña mesa frente a la que estaba sentado. Sentí un ligero cosquilleo cuando caminó sobre mi piel y yo me incliné hacia delante para no perder detalle de su forma.
Era realmente vomitivo. Cuanto más cerca lo contemplaba, más asqueroso me parecía. Dos ojos rojizos inflamados, cruzados de un millar de cuadrículas, sobre aquello que fuera su boca o nariz o lo que tuvieran los insectos. Tenía dos alas membranosas sobre un cuerpo oscuro y danzaba sobre sus finísimas patitas de igual color. Ya cuando vivía con mi padre en el campo los insectos siempre se me antojaron repugnantes a más no poder.
Y, aún con todo, quise por encima de todo ser una mosca.
Antes siquiera de pensarlo, lancé mi brazo derecho hacia delante y, de un certero zarpazo, atrapé la mosca entre los dedos de la mano. Convertí mi palma en las paredes de una prisión donde escuché el zumbido irritado del insecto, buscando aterrorizado un hueco, por ínfimo que fuera, por donde escapar. Sonreí satisfecho al percibir en mi piel sus vanos intentos de huida.
Me puse en pie y me asomé por la ventana. Afuera el cielo estaba despejado y soplaba una brisa suave de primavera que acarició mi rostro. Estiré mi brazo y saqué el brazo al exterior, abriendo la mano seguidamente.
Durante los pocos segundos en que fue visible, seguí el vuelo de la mosca mientras se alejaba de allí.
Yo, agarrado a los barrotes de mi celda hasta dejar los nudillos blancos, anhelé fervientemente ser una mosca.