02 abril 2008

PRISAS


Paz se llevó por enésima vez la mano al bolso, recordando tardíamente que se había dejado el móvil en casa, como casi siempre. De pie junto la parada de autobuses oteaba el final de la calle en busca de algo que se retrasaba y aquella espera era un comezón que se había apoderado de sus entrañas, ascendido por su espalda y acogotar su mente. Dijo algo para sí –una palabra muy fea de reproducir!– y giró sobre sus pasos. Se sentó en el banco, se levantó, se alejó unos pasos, regresó, se sentó de nuevo y al final se puso de pie apoyada sobre un pie.

Hacía muy buen día, un precioso sábado de primavera, pero ella ni siquiera podría recordar el año en el que se encontraba. Ni le importaba. Tan sólo tenía cabeza para buscar la forma de calmar sus inquietos pies, para pensar en cómo dejar de morderse el labio inferior y en aguardar a que…. ¿Ahora? Se había girado al escuchar un motor cercano, pero no, tampoco era el momento. Aún tocaba esperar más, pero, ¿Cuánto más, por Dios?

No soportaba la espera. La ansiedad se la comía por entero y su piel era una capa de escozor que cubría un corazón de incertidumbre. Vamos, vamos, ¡vamos!, se repetía sin cesar hasta convertirse en una obsesión.

Estaba rebuscando en su bolso una vez más, cuando al fin llegó. ¡Por fín! Un autobús de línea había doblado por una esquina y se enfilaba hacia ella. Su ánimo desbordante se tornó en álgido temor cuando dudó del número que mostraba en el frontal, pero pronto se confirmaría sus ardientes deseos y no pudo evitar sonreír abiertamente. ¡Sí, por fin!

El autobús tardó una eternidad en llegar a la parada y, apenas se detuvo con un resoplido de las puertas deslizantes, Paz entró a trompicones sin apenas percatarse de que atropellaba a su paso a una mujer mayor. Subió de un salto, pagó el billete olvidándose de recogerlo y se dirigió al asiento más cercano a la salida. Ya quedaba poco, pensaba. Un poco menos. De su bolso extrajo una carta escrita a mano –que le hubiera sido imposible olvidarla–, tentada de sacarla de su ajado sobre, pero no lo hizo. Sólo miró el remitente y, de nuevo mordiéndose el labio inferior para controlar aquellas emociones que la desbordaban, aguardó quieta. Subió el resto de pasajeros, las puertas se cerraron y, por último, el autobús se puso en línea empujándola ligeramente hacia su respaldo.

Sonriendo de felicidad se dijo:

–¡Ya queda poco, ya queda poco!