14 mayo 2008

¿RECUERDAS?


Seguro que sí, porque no puedes haberlo olvidado, Susana. Llegamos a la casa rural un viernes por la noche cuando la lluvia enfriada por el viento nos calaba hasta los huesos. Nuestros zapatos pronto quedaron cubiertos por una pesada capa de barro pero los dos, siempre sin soltarnos de la mano, abrimos la puerta de madera y prácticamente nos arrojamos a su interior. Riéndonos y temblando, todo a una, buscamos el interruptor de la luz, pero me detuviste a tiempo para besarme amparada en la oscuridad.

Diez minutos después estábamos frente a frente, mirándonos embobados mientras, a nuestro costado, el fuego de la chimenea hacía crepitar los leños. Hubiera querido decirte alguna cosa, pero la emoción me vencía y no lograba moverme. Simplemente dejé que pasara el tiempo, porque aquel momento quería congelarlo en una bola de cristal y guardarlo para siempre. No necesitaba más, porque todo lo tenía. Y todo lo eras tú. ¿Verdad que lo recuerdas?

Y si me dices que no, no te apures, Susana. Dame tiempo y haré realidad este recuerdo.

07 mayo 2008

EL REGALO


Derrotado en el sofá, mantengo la barbilla clavada en mi pecho y la mirada en el suelo. Las punteras de mis pies no se han movido, como nada dentro de mí. Sólo dejo pasar el tiempo, todo el del mundo, mientras me abrigo con el silencio de mi casa vacía.

A través de una puerta entreabierta, observo con el rabillo del ojo el paquete que descansa sobre una cómoda. Mis yemas acarician el papel de colores con que fue cuidadosamente envuelto y escucho el garabateo de un bolígrafo que escribió una emocionada nota en una tarjeta. Allí está mi regalo, y estará por siempre.

Pero el teléfono no suena, y la puerta de la calle no se abre. Palidezco y dejo pasar el tiempo. Sólo me restan energías para preguntarme: “¿Qué hacer con un regalo que ya no es para nadie?”.